Andrés Canedo / Bolivia.
Claro, porque él era hombre, y a pesar de los libros leídos y escritos, algo de machismo todavía flotaba en el aire de la ciudad. Por eso para él era más fácil dárselas de atrevido, de audaz. Y ella, aunque secretamente deseaba lo mismo que él, porque tenía marido al que amaba y estaba de viaje, le dijo “no seas loco”, mientras retiraba su mano que él le tenía aferrada. Y ahí estaban, en ese café de la Monseñor Rivero, en aquel atardecer cálido de Santa Cruz de la Sierra. “Tienes razón”, le respondió él, y agregó: “Lo decía en broma”.
Es que él, Pedro, le había dicho un momento antes: “¿Por qué no salimos de aquí y nos vamos a hacer el amor?”. Ella, Susana, aunque aferrada a su conciencia, sentía acelerarse su corazón y hervir su sangre. Recuerdos, como de imágenes que pasaban arrastradas por el viento le mostraban escenas del pasado, de ella y él desnudos y enredados, como un ovillo de lana con que jugó el gato, en la cama de él, amándose sin prejuicios ni remordimientos. “Es que sigues siendo la mujer más hermosa del mundo”, le dijo él, mientras la recorría con la mirada desde el rostro de ángel caído por casualidad en la tierra, pasando por las partes del cuerpo infernalmente deseables, las que le permitía ver la mesa donde estaban los dos pocillos de café ya consumidos, y bajando la vista hasta los pies de Susana, impúdicamente ostentados por unas sandalias casi de aire. “Y tus pies, son más hermosos que los de Gradiva, que los revolucionariamente bellos de La Regenta”. Ella acusó el golpe. En largas y distintas tardes de sexo, antes o después de hacer el amor, habían leído la novela de Leopoldo Alas. “Esos pies, son tus pies”, le había dicho cuando leyeron ese fragmento de la obra, y abandonando por un momento la lectura, le tomó uno de los pies con la mano, se lo llevó a la boca y lo besó. “Sí, La Regenta”, dijo ella para escapar del instante en que empezó a sentir una dulce sensación en la parte baja del vientre y en la encrucijada de sus piernas.
Se habían encontrado, después de tres años sin verse, cuando ella salió de su departamento, a comprar algo, en un almacén cercano, para prepararse la cena. Él la vio, le dijo “¡Susana!”. Ella lo reconoció enseguida, y se abrazaron con ternura, con fraternidad, ahí en la vereda del segundo anillo, frente a la Salle. Durante el abrazo ella reconoció el aroma de su cuerpo, aquel en el que no intervienen los perfumes, sino la sustancia de la propia humanidad. Pero al soltarse, él le dijo, “Hueles maravillosamente, igual que siempre”. Ella le respondió, “Vos también”.
Conversaron. Ella aceptó tomar un café por ahí cerca. Y aunque estaban muy próximos él hizo parar un taxi para ir a la Monseñor Rivero. Dentro del auto, él la miró con enorme intensidad, la abrazó y ella se soltó del abrazo porque, aunque se sintió durante unos segundos deliciosamente bien, se acordó de que estaba casada. Entonces, no se opuso a que él le tomara las manos. Ya en el café, ella supo que él había venido de La Paz, a buscar un local para la presentación de su nuevo libro, que él le regalaría un ejemplar, que declaraba que en el país en que vivían el escribir “de verdad”, era una de las profesiones que recorrían inexorablemente la ruta del hambre, que se había alojado en un AirBNB, por ahí cerca. Él se enteró de que ella ya no pintaba, que se había convencido de que no tenía el talento suficiente, que se había casado dos años antes, que su marido era un gran tipo, alegre, positivo, que se dedicaba a los negocios lo que les permitía un buen vivir, que el hombre ahora estaba de viaje y que regresaría al día siguiente, en el primer avión desde Cochabamba. Cuando ella le inquirió si se había casado, él le respondió que no, pero que tenía una especie de compañera, que estaba bien, aunque no era un dechado de maravillas, y agregó; “Nadie ha habido como tú, como tú que me abandonaste”. “No te abandoné, simplemente pensé que lo nuestro, aunque bello, no conducía a nada”. Y sacándolo con coraje, de lo más hondo de sí misma, añadió: “Nunca he dejado de pensar en vos. En las noches, cuando a veces me cuesta dormir, tu imagen se me aparece”. “Yo siempre te llevo conmigo. Incluso suele suceder, cuando estoy haciendo el amor con Carla, mi compañera, hay unos instantes en los que te me apareces y que me dicen que contigo era diferente, que contigo era más”. “Bueno, pero así son las cosas, esas son las cartas que nos tocaron y con ellas debemos jugar”, dijo ella. “Pero yo siempre he creído que uno le puede hacer unas pequeñas trampas al destino”, respondió él.
Cuando salieron del café, él le pidió que lo acompañe un momento a su alojamiento, que allí le entregaría y le dedicaría uno de sus libros. Ella aceptó, y aunque tuvo la sensación de que tal vez se estaba metiendo en una trampa, el llamado de su cuerpo era más intenso que el de su conciencia, era más dulce y se expresaba en el ardor que sintió en su vulva, en la amenaza de humedad que percibió en ella. Llegaron, él abrió, ella pretendió quedarse afuera. “Traeme el libro”, le dijo. Él la tomó del brazo mientras le decía, “Entra, que no te voy a comer”. Susana pensó en irse, incluso giró hacia la salida, pero la emoción suele ser más fuerte que la razón. Entró. Era un buen cuarto con la cama un poco revuelta, con elementos para cocinar, con otra puerta que probablemente era el baño. Se quedó de pie junto a la cama, mientras él sacaba un libro y escribía una dedicatoria, en una pequeña mesita que era parte del amoblado. El libro tenía una tapa abstracta, pero el título era, El sueño inagotable de ti. “Es que hablo mucho de ti, le dijo, aunque tu nombre ahí no es Susana”. La dedicatoria, simplemente decía, “Aquí o allá, hoy o ayer, en todo lugar y siempre, un homenaje”. Ella se emocionó al leerlo. Se miraron a los ojos. Besarse ya fue solo una consecuencia. Los labios, las lenguas, las salivas, el fluido que a ella le corrió por los muslos, el sentir la virilidad de él pegada a su vientre, como queriendo abrirse paso a través de su vestido liviano y pequeño. Luego las manos de él acariciándole los pechos; luego las manos de ella tocando el bulto en el pantalón de él. Después, las manos de él subiéndole la ropa y acariciándole los muslos; luego las manos de ella quitándose la prenda y mostrando todo el esplendor de su cuerpo. Y él que se retira un poco para mirarla, para deleitarse con aquella visión mientras se va quitando la camisa. Y caer en la cama, y hacer el amor sin urgencias ni ferocidad, suavemente, sintiendo, sintiendo, empeñando las almas en cada movimiento. Y volverlo a hacer, dos, tres veces, mientras la noche se va desgranando en gozo, en alegría, en amor. Él le dijo que nunca dejaría de amarla, ella le preguntó y se preguntó, por qué nunca podía dejar de pensar en él.
A las seis de la mañana empezaba a alumbrar el día y comenzaron a vestirse. “Tengo que ir a casa y vos vas al aeropuerto. De todas maneras, estas son las cartas que nos tocaron y con ellas debemos jugar. Fue como vivir el sueño de la felicidad. Gracias, Pedro. Nunca lo olvidaré”. “Yo ya tengo esta noche tatuada en mi alma. Tendré que aprender a vivir con ella”. Se abrazaron. La ternura relumbraba entre ellos. Se besaron las mejillas. “Adiós amor”. “Adiós, mi vida”.