José Pablo Juárez
Postrado en una silla de ruedas por el peso de los años, recuerdo mi pasado como un noble soldado. En este cuarto, sumergido en una profunda soledad, solo me acompañan los recuerdos. Vivo en una paz absoluta, pero añoro la angustia de las balas. En estas cuatro paredes habita un vacío enorme, como si fuera un náufrago en el espacio; aquí se añora todo, pero sobre todo, la posibilidad de la muerte.
¿Qué es la patria?, me pregunto ahora que he perdido la movilidad de mis piernas y no me queda nada. ¿Es un país, su gente, su gobierno, o solo un grupo de políticos moviendo hilos para volverse más ricos a costa de nuestra miseria? Allá afuera, el mundo sigue igual: la gente camina con una careta de felicidad para ocultar su pobreza, y los políticos se mantienen en la cumbre, igual de ricos, igual de miserables.
Los sueños son la energía vital de la juventud, y a mí me los consumió la patria. Se lo llevó todo, dejando a su paso este cascarón postrado en una silla. Por eso, antes de partir, quisiera descifrar qué es esa patria por la que di la vida.
A veces salgo al patio de la vecindad donde habito. Los niños me rodean al verme; buscan mi compañía y me piden, con ojos cargados de inocencia, que les cuente una historia de aquel noble soldado que esquivaba balas y rescataba hermanos entre las ambulancias de guerra. Yo, mirándolos, les contaba las cosas así:
«Un día, justo al amanecer, el batallón enemigo nos tomó por sorpresa. Estallaron las primeras bombas y el caos se desató. Corrimos a ponernos nuestros trajes de combate e inmediatamente repelimos el ataque. Fue una batalla densa, cuerpo a cuerpo en mitad de la selva donde acampábamos; una de las más crueles y sanguinarias que guardo en la memoria. No había cuartel, solo la naturaleza implacable y nosotros, intentando ganar un pedazo de tierra en nombre de la patria. Teníamos que demostrar que éramos mejores. Y así fue: derribamos a la mayoría de sus dos mil soldados, y los pocos que quedaron tuvieron que emprender la retirada. Fue una noche grandiosa, gloriosa, donde las fuerzas nos alcanzaron incluso para festejar la victoria con alcohol y cerveza».
La sensación que me producían las miradas de esos niños no tenía comparación. Me veían como a un héroe, un escudo viviente que defendía la nación. Al terminar el relato, se marchaban corriendo a jugar, transformados ellos mismos en soldados, en grandes y valientes defensores.
Pero el juego terminaba y la realidad volvía a su sitio. Yo me quedaba solo otra vez, y el silencio me obligaba a pensar en lo que estaba mal. Si realmente era un héroe, ¿por qué me encontraba abandonado, amarrado a esta silla?
Pensaba en los ojos de los niños mientras les repetía la palabra «gloria». Aquello no se parecía en nada al horror que verdaderamente viví: el horror de matar por el simple hecho de matar, de ver los ojos de otro ser humano apagarse frente a mí, de saber que, en otra tierra lejana, una familia lloraría una muerte provocada por mis manos. Me carcomía pensar en ese traje de héroe que ellos me ponían —o que yo mismo me colocaba para no mirar mi reflejo—; un traje brillante, sí, pero confeccionado a base de mentiras.
Miré de reojo la mesa de noche, donde descansaba la carta que me había llegado esa mañana. Venía acompañada de unos cuantos pesos; una pensión miserable que apenas alcanzaba para pagar el alquiler de este cuarto húmedo.
No pude evitar pensar en mi general, aquel que se llevó los laureles y la gloria de nuestras bajas, y que ahora vive en una zona exclusiva de la capital. Pensé también en el entonces presidente, el hombre que desde la comodidad de un escritorio maquilló esa guerra, convirtiendo a un pueblo hermano en el enemigo perfecto a través de discursos falsos. Hoy, ese mismo hombre disfruta de su vejez en una costosa mansión en Cancún, rodeado de lujos y de su familia.
La ironía me quemaba por dentro. Nos dijeron que marchábamos para combatir la injusticia social, pero si se supone que ganamos, ¿por qué somos nosotros, los soldados de a pie, los que más la padecemos?
Mientras el eco de las risas de los niños se apagaba en el patio, una certeza amarga se instaló en mi pecho. Nos usaron como carne de cañón para proteger los privilegios de unos cuantos. Con los puños apretados sobre el metal frío de mi silla, llegué a un pensamiento que en mis años de juventud habría parecido una traición, pero que hoy es mi única verdad: tal vez habría más justicia, tal vez habría más igualdad en esta tierra, si hubiéramos perdido la guerra.
Ahora que soy viejo, finalmente lo entiendo: comprendo por qué la juventud no gobierna el mundo.
Mi general tenía un nombre y una dirección en la capital; el presidente, un nombre y una casa en Cancún. Pero detrás de ellos no hay un rostro fijo, solo un mecanismo que cambia de nombre según el siglo y el mapa, y que necesita siempre la misma materia prima: un joven dispuesto a morir por algo que no puede tocar.
El Estado devora tus sueños; los introduce a la fuerza entre sus engranajes, los tortura y los deforma hasta que salen moldeados como los ideales de un gran tirano.
Y cuando digo «el Estado», no me refiero a la izquierda o a la derecha, al socialismo, al comunismo, al capitalismo o a un régimen religioso. Me refiero a todos ellos por igual, sin distinción. Todas las banderas se mueven de la misma forma, bajo la misma lógica implacable: alimentarse de la energía y la pureza de los jóvenes, consumirlos por completo, para después devolverlos al mundo convertidos en viejos inservibles, piezas descartables a la orden de un ser supremo.
Hoy sé que el Estado manipula a los jóvenes, pero a nadie trata con tanta crueldad como a nosotros, los soldados. Nos convierte en esclavos por voluntad propia. Tal vez el Estado es el que más nos arrebata: nos quita el derecho de volver a ver a nuestra familia, de poseer una casa, un patio, un potrero en el campo o unos cuantos animales. Nos despoja de nuestra humanidad hasta convertirnos en su propiedad. Mientras somos útiles, servimos como si fuéramos sillas o escritorios; objetos de oficina para sostener su estructura. Y después, cuando el tiempo o las balas nos quiebran, simplemente somos apilados en el cuarto de las cosas que ya no sirven.
A veces logro arrastrarme hasta la cama, intentando convencerme de que aquellos años de guerra sirvieron de algo, aunque solo haya sido para conservar la fuerza necesaria para arrastrarme y dormir sobre un colchón. Otras veces, el cansancio emocional me vence por completo y paso la noche entera postrado en la silla.
Qué tortura la mía. Viví mi juventud en un exterior de violencia implacable que ametrallaba mis sentidos; mis sentimientos, expuestos a la intemperie, fueron acuchillados una y otra vez. Hubo momentos en que mi propia mente cegó mi vista, incapaz de procesar el horror de lo que observaba. Y ahora, mi vejez la vivo en un interior vacío que, de igual manera, me sigue torturando; un vacío tan denso que me hace añorar la tortura real.
Cada noche me descubro discerniendo qué traje ponerme para dormir. Casi siempre termino por vestirme con el traje de héroe, porque es el único que me permite sobrevivir, aunque sobre su pecho tenga que colgar medallas de mentira, medallas de heroísmo, de la suave patria, del honor. Es una mentira que quedó tan calcada en mi memoria que necesito repetírmela todas las noches para no derrumbarme.
Sin embargo, la culpa me carcome cuando les cuento estas historias a los niños del patio y los veo jugar a ser soldados. Siento miedo. Es como si la mentira fuera una bacteria diseñada en mi propio cerebro para seguir contagiando a los demás.
¿Qué es la guerra? Si para mí nunca termina, tal vez es porque no es eso que todos perciben: tanques, soldados, balas y, al final, un ganador y un perdedor. Tal vez la guerra también lleva un disfraz como el mío. Se maquilla con el estruendo de los combates, pero no empieza ni termina ahí; no nace con un acto inhumano ni muere con el izamiento de una bandera blanca.
La guerra es la ambición del hombre y, por eso mismo, es eterna sobre la tierra. Ninguno de nosotros fue un objetivo real, como tampoco lo fue la lucha contra las injusticias; por eso la justicia jamás llega cuando los fusiles se apagan. Es la ambición la que sigue su curso invariable: se quita el disfraz de las balas y se pone el de la paz; luego, se viste con el de la justicia, pero, de igual manera, bajo cualquier tela, sigue asesinando.
Sería cruel pensar que la paz no existe. Pero la paz no puede ser esto: yo, postrado y sin piernas en esta silla de ruedas, dependiendo de la caridad para alimentarme, lejos de una granja con animales y de aquellos amaneceres. Esto no puede ser la paz por la que se busca ganar una guerra; esto no es paz, sino la victoria de la ambición solamente.
Luchamos contra la injusticia porque la padecíamos. Ganamos la guerra y la injusticia se quedó; solo cambió de dueño. La rueca de la historia giró, cambió de sitio a los hombres y puso en lo alto a aquellos que recuerdo morían de hambre conmigo. ¿Y cuándo vendrá la paz para nosotros, los supuestos vencedores? Nunca. Porque todo empezó el día en que acepté que estaba a sus órdenes, que ellos eran mis superiores y que debía sangrar por sus ideales y no por los míos. El día que entregué mi voluntad, me convertí en el arquitecto de mi propia celda.
De nada sirvió entregarles el mundo con mis manos, con mis piernas. Al final, bajo las leyes que ellos mismos impusieron, soy yo quien habita esta celda que es mi cuarto, atado a las órdenes de mis carceleros, anclado en el mapa que sus sueños ambiciosos crearon. Ellos ganaron la guerra y yo la perdí; hoy no soy más que su prisionero de guerra.
En otro amanecer, salí como siempre al patio y volví a ser rodeado por los niños. Me pedían, con esa insistencia hambrienta de mitos, que les contara otra de mis grandes aventuras. Esta vez les hablé de la ocasión en que invadimos un estado gobernado por la religión.
Les pinté la escena con los colores que ellos querían ver: les hablé de campanas que doblaban al vuelo bajo el fuego de nuestra artillería, de templos colosales de piedra que caían como castillos de naipes y de cómo nosotros, los soldados de la patria, marchábamos portando la luz de la razón y la libertad para derrocar a un tirano vestido de profeta. Les dije que habíamos ido a salvar a un pueblo cegado por la fe. Los niños aplaudieron, fascinados por la pirotecnia de mi relato, y corrieron a jugar a las cruzadas en los pasillos de la vecindad.
Pero el juego terminaba y la realidad volvía a su sitio.
Al quedarme solo, contemplando mis piernas muertas, la farsa de mi propia historia se abrió paso entre mis costillas. Recordé que los que defendían aquellos templos se arrojaban contra nuestras bayonetas con la misma sonrisa de gloria con la que nosotros marchábamos. Ellos lo hacían por su dios; nosotros, por nuestra bandera. Y al final, el resultado fue el mismo: sus jóvenes terminaron bajo la tierra y nosotros terminamos rotos, sosteniendo los mismos muros coloniales que ahora cambiaban de dueño.
Fue ahí donde comprendí que la izquierda, la derecha y la religión no son enemigos reales entre sí. Son los operarios de la misma máquina.
La verdad no es un decreto. Es una geometría de la sumisión.
Un triángulo perfecto cuyos vértices jamás se tocan, pero cuyas fuerzas opuestas te desgarran hacia sus extremos, dejándote inmovilizado en el centro. Sus lados, invisibles e infranqueables, encierran toda existencia posible, trazando los límites últimos de lo que puedes ser, desear y temer.
En el primer vértice, la izquierda ancla la Culpa. Un susurro dulce y corrosivo que te convence de que tu hambre es noble, tu techo con goteras es puro, y tu rencor hacia el que prospera es justicia divina. No golpea; acaricia. Te paraliza con la ternura venenosa de una madre tóxica, hasta que confundes las cadenas con un abrazo.
En el segundo vértice, la derecha hace girar el Deseo. Un ritmo mecánico e implacable que te hace correr tras un reflejo en el metal pulido, una sombra de estatus que siempre se aleja. Te define exclusivamente por lo que consumes y, en el mismo acto, te consume. Es una carrera sin fin sobre una rueda que llamas «progreso», y el único destino es el agotamiento.
En el tercer vértice, la religión aguarda con el Miedo. Un vacío ancestral que han llenado con el rostro iracundo de un dios y la promesa de un fuego eterno. Ante él, intercambias tu más preciado don —la capacidad de hacer preguntas— por un manual de respuestas prefabricadas. Es el trueque más antiguo: tu alma a cambio de un cuento que calme el terror a la oscuridad.
El horror no está en un vértice, sino en la figura completa. En la trampa geométrica que hacen estos tres puntos al unirse. No puedes escapar hacia uno sin ser arrastrado por la fuerza del opuesto. La culpa te lanza hacia el deseo de pureza; el deseo te hunde en el miedo a la pérdida; el miedo te empuja a la culpa por haber deseado. Es una ecuación cerrada. Una celda donde las paredes son espejos.
Y ahora, la verdad más profunda, la que yace bajo el valle donde enterraron a los que intentaron caminar sin mapa en aquella guerra: ver el mecanismo es quedar exiliado de él. Es la mirada más solitaria. Porque fuera del triángulo no hay comunidad que te acoja, ni certidumbre que te sostenga, ni un enemigo claro contra el que luchar.
Solo queda el silbido del viento en un valle vacío. Y la insoportable libertad.
A veces pienso que todo habría acabado si hubiéramos perdido la guerra. Tal vez si hubiera asesinado al general o al presidente… pero solo lo pienso como una salida a mi realidad. Adentro de mí hay algo que conoce la verdad: el triángulo no es una figura quieta; es un torbellino con tres caras, que jala todo y a todos hacia su centro, pero arriba de él no hay realmente nadie sentado en un trono a quien derrocar. No hay un presidente, un rey, un dictador, un dios o un demonio.
Si lo hubiera, les juro que me levantaría de esta silla para asesinarlo. Pero, en realidad, todos somos víctimas de este torbellino, el mismo presidente y el mismo general. Pronto llegará una ideología que levantará soldados de la tierra y los pondrá contra ellos, sufriendo la fuerza del mismo torbellino. Es como si la suma de nuestros deseos, miedos y ambiciones formara el torbellino. Después de todo, el ser humano crea estas ideologías siendo parte de la misma naturaleza que dice combatir.
Así paso los días: con una mente libre, pero con un cuerpo atado a una silla, recordando la guerra y el modo en que me atormenta. Aquel día en que tomamos la última ciudad, estaba llena de tesoros y mujeres hermosas. Todo lo tomamos contra su voluntad. Eran ya tantas las ciudades que habíamos tomado… Correr, recorrer el mundo, tanto anhelaba eso: ser un héroe que conquista. Con mi traje verde de soldado me veía así; todo habría sido gloria de no ser porque en esos lugares me veían como un asesino, como alguien que usaba el poder para tomar lo que quería.
Vi a una mujer hermosa y la seguí; tenía que ser mía, como todos los tesoros que llevábamos. Ella me vio y dejó que la siguiera, guiándome por un sendero que conocía mejor que yo. La guerra se había consumado, habíamos ganado toda la tierra, nosotros éramos el imperio. Así que la seguí por el campo, corriendo, sin ver más que su espalda alejándose entre los árboles, hasta que algo estalló bajo mis piernas. Solo vi desvanecerse el mundo, y lo siguiente que recuerdo es estar en esta silla. Nunca supe si ella conocía el camino, o si el camino la conocía a ella.
Siento amargura cuando veo que ya no queda nadie a quien combatir, nadie que sea el culpable de las desgracias que nos pasan, nadie a quien arrebatarle las cosas que nos faltan. La desgracia queda encerrada aquí, entre estas paredes que yo mismo construí; no les puse ventanas, pero sí una puerta estrecha. Construí esta silla para sentarme y después inmolé mis piernas.
Me gustaría gritar que soy consecuencia de la ambición de los demás, pero soy víctima de mí mismo. Alteré la realidad hasta que el despertar se convirtió en esto: el fin de la juventud, consumida por mi propia ambición como su único combustible.
Quisiera combatir y seguir cosechando, pero el recurso se ha terminado. Soy un prisionero de guerra, de mi propia guerra. La paz no llegará porque nunca la sembré. Vivo aún en la ambición, y tal vez ahora sea visible en la gangrena que sube por mis piernas, poco a poco desintegrándome. Soy un cascarón, y aun así no deja de acecharme. Perdí el miedo, perdí la culpa y quedé arrinconado en esta esquina del triángulo.
Salgo a la calle en mi silla; la gente me regala una moneda. A la gente le gustan los soldados, les gusta ese cuento del honor y la patria. No puedo predicarles la verdad, porque yo me sirvo de que esa mentira exista. Sembramos mentiras con balas y hoy recojo un fruto seco de ello.
Esta mañana, al despertar, vi colgando el traje de capitán de mi padre; aquel que dejó olvidado cuando yo era un niño y se fue para no volver. Nunca supe más de él. Siempre me esforcé por ser ese capitán que habitaba en mi memoria. Ahí estaba su uniforme viejo… Hoy, como pude, lo descolgué, me lo puse y salí al patio con su traje».
Salí al patio y enseguida los niños me rodearon; me gritaban: «¡Capitán, capitán!». Yo no pude pronunciar palabra. La felicidad, al final, es el ángulo en donde uno se pone el disfraz, y yo era feliz, o algo parecido. Me abrazaban y decían: «Capitán, cuéntenos una de sus historias», y yo les conté las más heroicas, aquellas donde salvé a la patria, lo más sagrado que existe. Los niños me escuchaban fascinados y luego se iban a jugar creyéndose heroicos soldados. Así me quedé, con el traje de mi padre encarnado en la piel.
Qué desdicha la de aquel hombre,
cuál será su pobre suerte;
quizá sea la de un cuento
que termine en la muerte.