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Los dueños del fútbol

La injerencia de la política en el fútbol no es algo nuevo. Siempre fue negativa, siempre dañó al fútbol y a los valores que éste representa.

En noviembre de 1973, Pinochet ordenó que el partido de repechaje de la selección chilena frente a la rusa se juegue en el Estadio Nacional de Santiago, que en esos días funcionaba también como presidio y centro de torturas de la dictadura. El equipo de la URSS se negó a jugar en ese escenario, y como la FIFA no aceptó el cambio de sede, el equipo chileno se presentó al partido y marcó un gol sin rival alguno.

Antes, en 1934, Mussolini designó personalmente a los árbitros que actuarían en los partidos de la selección italiana. Salieron campeones, claro.

En 1978, el dictador argentino Videla “visitó” el vestuario peruano, donde –según los más moderados– apeló a la “hermandad latinoamericana” para que Perú perdiese ante Argentina, permitiendo así que la albiceleste lograra clasificar a la final del torneo. Argentina necesitaba ganar por cuatro goles de diferencia, y ganó por seis ante Ramón Quiroga, arquero argentino naturalizado peruano, que hasta ese momento había sido uno de los mejores del torneo.

Existen más casos similares a los mencionados, pero ya bastante lejanos en el tiempo, lo que permitía creer que esas malas prácticas habían quedado atrás.

Hasta ahora, cuando el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, decidieron revitalizar los casos de manipulación/corrupción en el fútbol.

Lo sorprendente es que esta vez ni lo disimularon. Trump declara muy orondo que llamó a Infantino para decirle que una decisión arbitral le pareció injusta, y que debería ser anulada… y el genuflexo Infantino obedece sin chistar, con un argumento traído de los cabellos, que ni vale la pena mencionar. El resultado es que a un jugador estadounidense expulsado se le permitió jugar el siguiente partido. Imposible ocultar lo obvio, la trampa. Huelga decir que se sienta un precedente nefasto. Y la humillante complacencia de Infantino sugiere que responde a lealtades mayores a las inherentes a su cargo, que se hipotecaron los intereses del fútbol, y que se está utilizando este deporte para beneficiar a unos pocos.

¿Que el fútbol siempre fue un gran negocio? Quizás no siempre, pero claramente sí en las últimas décadas. Y eso no es malo per se, pero sí llega a serlo, y mucho, cuando los equilibrios se rompen, cuando se pierde de vista que quienes hacen que este sea un buen negocio somos los aficionados, los que en última instancia vemos los partidos en televisión, pagando suscripciones y no cambiando el canal en los cooling breaks, somos también quienes compramos las camisetas de nuestros equipos, nos asociamos a los clubes de nuestra preferencia; pagamos boletos de bus o avión cuando podemos permitírnoslo, para ver algún partido; escuchamos la radio en que se transmiten los partidos; compramos los periódicos y revistas que escriben sobre fútbol… la lista puede hacerse mucho más larga, pero no es necesario. Queda claro que los hinchas somos el mercado, ese mercado que cada vez recibe menos por lo mucho que da, y eso es algo que deberían tener muy claro los que de ese mercado usufructúan.

Gianni… no creas que tú y tus secuaces son los dueños del fútbol. Son apenas sus administradores. Y están haciendo un trabajo mediocre.

Trump dice, al ser entrevistado, que “llamó a la FIFA” para que quiten el castigo automático de (al menos) un partido a Folarin Balogun, el goleador estadounidense. Añade que el árbitro “fue horrible” y que era terrible que tuviera tanto poder. Si el presidente que día a día pisotea los mecanismos que podrían evitar el abuso de poder en una democracia, se queja de que el árbitro tenga poder en el campo de juego, algo anda mal. “Miré a su pasado” añade, refiriéndose al árbitro, para afirmar luego “que no es muy bueno”. ¿No resulta acaso risible que justamente Trump hable de “pasados no muy buenos” sin siquiera sonrojarse por el vergonzoso camino que lo llevó donde hoy se encuentra?

Esos antecedentes hicieron que el partido EE.UU. vs. Bélgica fuese distinto a los anteriores, que tenga una carga adicional, una rabia contenida frente a tan grosera prepotencia.

“Nos golpearon el orgullo en los escritorios” dijo Courtois, el portero belga. Lo recuperaron en la cancha, felizmente, y con creces, ganando por cuatro a uno. Y festejaron el triunfo imitando el ridículo baile que Trump muestra en casi todos sus eventos. Yo lo disfruté por primera vez, junto al festejo belga.

En algún momento pensé –ingenuo de mí– que, en un acto de caballerosidad deportiva, Pochettino, DT de EE.UU. y exfutbolista él mismo, podría no incluir en la alineación a Balogun, el jugador expulsado de EE.UU., en un mudo acto de protesta frente al claro abuso cometido. Ingenuo de mí.

¿No hay nadie, entonces, dentro del propio fútbol, que pueda manifestarse frente a esta obvia manipulación de las reglas del deporte que a tantos nos apasiona?, me pregunté. Y recordé a un DT que hace unos años, en la liga inglesa, ante una jugada perfecta, por su coordinación y belleza estética, decía “wow” (lo puede leer en sus labios, a través de la televisión); segundos después, la jugada terminaba en un golazo, ante el cual técnico mencionado movía la cabeza afirmativamente, sonriendo. Parecía muy contento. Yo creo que sí lo estaba. Ese DT era Jürgen Klopp… y el gol mencionado, el que aplaudía, lo acababa de sufrir su propio equipo.

Esa es la grandeza que no podrán entender jamás quienes creen saber de fútbol, pero entienden apenas de negocios, y algo (poco) de política.

Busqué en internet si Klopp había emitido alguna opinión respecto al vergonzoso actuar de la FIFA. Y sí, lo hizo. De manera clara y contundente: “Este deporte no es de ellos, es nuestro”, dijo. Huelga aclarar quiénes son “ellos”, y quiénes somos “nosotros”.

La Federación belga de fútbol y la UEFA ya acusaron a Infantino por presunta interferencia política en el torneo organizado por la FIFA. Legisladores del parlamento europeo solicitaron investigar a Infantino y su relación con Trump. Parece que Infantino subestimó la reacción del mundo futbolero. Buenas noticias. Ojalá se castigue toda irregularidad que hubiese sido cometida.

Trump, a tiempo de confesar –orgulloso– su intromisión en el campeonato mundial de fútbol, a través del tan complaciente Infantino, dijo que no sabía, hasta ese día, el significado de una tarjeta roja.

Parece que ya lo aprendió. Qué bueno.

Así podrá reconocerla, cuando la mano del votante estadounidense se la muestre.                                                                             

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