José Pablo Juárez
En otro tiempo, fui un hombre distinto. Caminaba por las calles, sentía el peso real de mis pasos y disfrutaba de la luz del sol. Pero un ee día la vida me arrinconó: me arrebató el amor y, después, a mis seres queridos. Cuando miré hacia afuera y no vi nada, decidí cerrarle la puerta al mundo. Siempre pensé que la soledad era una compañera fiel; al menos hasta el día en que vi filtrarse por debajo de la puerta un polvo oscuro, semejante a una nube cargada de estrellas.
Poco a poco, aquella nebulosa se apoderó de la casa, luego de mi entorno y, finalmente, de mí. Era una presencia embriagadora, un trance que hechizaba y adormecía los sentidos; fue así como empecé a percibir la realidad como si fuera un sueño. En ese letargo, el tiempo dejó de existir. Permanecía de pie en mi propio hogar, atrapado en una ensoñación donde todo era vívido y palpable. Algunas visiones parecían recuerdos auténticos; otras eran laberintos donde mi mente se perdía, proyectando anhelos absurdos: alcanzar el éxito, ganar un premio. A veces sentía que mi cuerpo flotaba, suspendido, y me quedaba estático, habitando el limbo. La mente juega con las horas hasta disolverlas; nos entretiene para que no descubramos lo que se oculta detrás de las paredes.
Las alucinaciones se volvieron tan reales que, de pronto, te vi a ti. Me sumerjo en un fragmento rescatado del tiempo, en el instante exacto en que platicábamos sentados a la mesa. Retomamos la misma charla, volvemos a sonreír. En ese espacio el tiempo no cuenta, es verdad… pero ¿qué importa el tiempo cuando por fin se está donde se quiere estar? Pude sentir el café que tanto compartíamos, notar cómo quemaba mis labios y percibir que su calor sobresalía por encima de su dulzura.
De repente, rompiste a llorar. Con los ojos inundados de lágrimas, me dijiste: «Ya no puedo más, he soportado esto por mucho tiempo. Te amo, pero el tiempo entre nosotros son espinas». Entonces te levantaste, saliste y volviste a cerrar la puerta.
Todo se nubló de nuevo. Regresé a flotar en ese polvo de estrellas que adormece la mente, con una pregunta resonando en el vacío: ¿volverás?
Por las noches, me recostaba con una profunda inquietud. Al cerrar los ojos, mis sueños se poblaban de medusas transparentes que flotaban pegadas al techo, nadando en círculos como si la oscuridad fuera su propio océano; un océano denso que terminaba filtrándose en mis pulmones hasta asfixiarme. Me levantaba de golpe, buscando aire, y me asomaba a la ventana. Mientras yo sufría en mitad de aquella penumbra, afuera el mundo dormía con una calma indiferente.
Por momentos, la nebulosa se abría y dejaba grietas por donde se filtraba la realidad. Pero esa realidad era aún peor: a través de las fisuras, lo único que alcanzaba a ver era una casa completamente sola, y a mí, sumergido en ella. Esa imagen era desgarradora. Por eso prefería hundirme de nuevo en el polvo de estrellas, permitiendo que la oscuridad me drogara con sus delirios. Prefería perder la razón construyendo imperios de la nada o ganando fortunas ficticias, antes que habitar el vacío. No quedaba más que esperar, suspendido en un lugar donde el tiempo se negaba a avanzar. En esta nube oscura uno se muere de nada o se mata de todo; realmente no duele nada.
Ya no sé qué me lastima más: si esta soledad devoradora o la incertidumbre de saber si cruzarás de nuevo esa puerta. Tengo miedo… miedo de dejar de esperarte, de despertar un día, abrir la puerta y simplemente mirar el sol.
Murmuraba esto frente al espejo. Mi rostro parecía el de un extraño: demacrado, como si no hubiera dormido en siglos ni probado bocado; una mirada profundamente cansada, doblegada por un peso invisible pero descomunal. Ahí, en el cristal, pude ver al fin la realidad, tal vez el vestigio de todo el tiempo transcurrido. Pero contemplar la verdad no traía nada bueno: era mejor habitar la fantasía, era preferible huir de nuevo hacia la oscuridad.
Sin embargo, al intentar alejarme, ocurrió algo terrible: una mitad de mí se quedó fija, observando la cruda realidad en el espejo, mientras la otra tiraba con fuerza para refugiarse en el delirio. Ambas partes se jalaron mutuamente en una lucha ciega, hasta que el espejo cayó y se estrelló contra el suelo, partiéndome exactamente por la mitad. Con un ojo, una mano y un pie de cada lado, las dos mitades yacían inmóviles sobre la tierra. Me vi allí, quebrado en dos. Entonces, una de mis mitades se levantó, tomó de la mano a la otra y tiró de ella para arrastrarla de vuelta a la nebulosa; pero la mitad restante se aferraba a los restos del cristal, como si aún intentara encontrar una realidad que me salvara.
Finalmente, la primera mitad ganó la batalla y arrastró a su contraparte hasta la cama. Tendrían que dormir. Allí, sobre las sábanas, una mitad se abrazó a la otra. Qué tortura la de aquella noche… tener que dormir con un solo ojo cerrado.
Al día siguiente, tras un letargo que difícilmente podría llamarse sueño, desperté con una sorpresa: la nebulosa había hecho su trabajo. Se había filtrado entre las fisuras de la herida, soldando mis dos mitades. Volví a ser uno solo, pero a través de una amalgama extraña y endurecida que, en el fondo, me seguía dividiendo. Había recuperado la unidad, ¿pero a qué precio? Aquella sustancia me había unido de manera burda, sin que las partes coincidieran con precisión, aumentando mi volumen con su grotesca materia. Al levantarme de la cama, se suponía que debía ser un hombre completo; sin embargo, me descubrí como una figura descuadrada que cojeaba al andar. Era un ser mal hecho, un hombre construido a base de fracturas mal pegadas.
Dormir… dormir era lo único que me liberaba de ambas realidades. No sé cuánto tiempo estuve suspendido en el sueño, pero en el abandono de la casa empezaron a brotar las cucarachas. Yo las llamo mis amigas. Pretendo que vivan aquí conmigo; no deseo deshacerme de ellas porque comprendo que son parte del todo. Mientras me hundo en el letargo, ellas trepan por mi cuerpo y se quedan a dormir en mi cabeza. Son tantas. Las siento como un hormigueo constante cuando sus patas se agitan; tardan mucho en quedarse quietas y conciliar su propio sueño. Casi siempre soy yo quien se duerme primero, mientras ellas continúan su danza sobre mi frente. Corren libres en la penumbra y yo, desde mi trance, las observo. Anhelo que llegue el amanecer solo para sentirlas bajar, experimentando de nuevo ese cosquilleo recorriendo mis manos y mis pies a medida que descienden hacia el suelo.
Hubo un tiempo en que vivía en un planeta verdadero; un lugar con gravedad, donde las estaciones cambiaban y yo veía pasar la vida con la certeza de pertenecer a ella. Pero fui desterrado. Me abandonaron en este meteorito estéril que es mi casa, y aquí, detrás de las ventanas cerradas, nunca pasa nada. El silencio es absoluto.
Mientras el cuerpo me pesa como el plomo sobre la cama, me invade el terror más profundo de mi bitácora: tengo miedo de acostumbrarme a esto. Miedo de dejar de esperar que la puerta se abra, de claudicar y entregarme por completo a los brazos de esta soledad absoluta. Me aterra la idea de terminar enamorándome de este vacío, de mirar el polvo de estrellas en el techo y ya no reconocerlo… de ver las luces del mundo con una fría indiferencia. Tengo miedo de no volver a desear jamás la caricia de la lluvia, de perder la memoria de mi piel y ya no necesitar el calor del sol. Me da pánico enamorarme de este encierro y, en mitad de la bruma, olvidarme para siempre de que alguna vez tuve un planeta al cual volver.
Me estoy volviendo loco, amor. Cuando vuelvas, toca a la puerta con fuerza; de ser posible, derrúmbala con un beso. Grita mi nombre fuerte, pero que tu voz susurre en mi oído para saber que has regresado. Enciende las luces. Llévame contigo. Camina descalza, calca mis pasos. Antes del balcón, detente y contempla la luna; pero no la mires demasiado, que enamora. Vuelve a donde fuiste feliz y lleva mis restos contigo.
Me levanté de la cama descuadrado, pisando un concreto fragmentado como islotes. ¿Qué habremos hecho en otra vida para haber nacido fragmentados? En partes, como asfalto roto sobre un suelo inestable, donde los pedazos se separan con el tiempo y te abrazas a uno solo para no perderte mientras los demás se desvanecen. La gente te ve de pie en un islote y murmura: «Eso no es suelo firme». Y ahí floreces, sin alcanzar tus otras partes. Parado sobre la más frágil, aprendes a no pisarla tan fuerte para no desmoronarte. Habitar solo un islote del alma, a veces, cansa. Por eso lanzarse al vacío no es opción: hay que ir en busca de los fragmentos perdidos.
En un espasmo de lucidez maldita, me despojé de las ropas y caminé desnudo por la casa. Comprendía, con el terror de los náufragos, que me estaba perdiendo. Me arrastré hacia el viejo mueble de madera para rescatar del fondo de un cajón las oraciones escritas por mi madre, buscando el rastro de mis monstruos de la infancia. Pero al abrir la gaveta, la desolación fue total. Los manuscritos yacían como hojas secas en el fondo de un sepulcro. El nombre de Dios era solo tinta pálida sobre un papel vencido por el polvo de estrellas. Eran, en efecto, palabras muertas; solo hallé sus cadáveres gastados.
Con manos trémulas, saqué los cuerpos de papel y los deposité sobre el piso. Uno a uno, los arrastré a través de la penumbra hasta pisar la tierra fría del patio. Allí, bajo la mirada indiferente del cielo, alineé los restos en una hilera perfecta y macabra, como cuerpos mudos esperando su última morada. El viento de la nebulosa agitaba las hojas mientras mis dedos entumecidos buscaban una pala en la oscuridad del cobertizo. Iba a cavar la fosa definitiva.
Las palabras no pueden morir de esa manera, sepultadas bajo el peso ciego de la tierra como si fuesen simples cuerpos corruptibles. Me negué a decretar su olvido. Por ello, con la pala hundida en el suelo y mi desnudez expuesta a la penumbra, tomé la firme determinación de escribirle un epitafio a cada uno de mis sentimientos mutilados; un decreto grabado en piedra que, en algún tiempo lejano, poseyera la fuerza exacta para devolverles la vida. Que descansen en su sepultura, sí, pero bajo un letargo condicionado; que mantengan latente la promesa de su retorno. Para asegurar ese milagro, en cada una de sus lápidas de papel vertí un soplo de mi propia esencia, dejando un fragmento de mi alma impregnado en la tinta.
Qué triste será el día en que ya no escriba oscuros poemas. Porque inevitablemente saldrá el sol, y yo habré terminado de sellar, de una vez por todas, los epitafios de mi mente. Cuando la última letra quede labrada sobre la tierra, ya no habrá más tumbas que cavar en este encierro, ni dolores que arrastrar hacia el fondo para enterrar. Entonces, desarmado y quieto, simplemente esperaré en la superficie, contemplando los surcos donde reposan mis conjuros mudos. Con un gesto definitivo, soltaré el cabo del dolor, rompiendo las amarras que me unían a la herida, y buscaré otras herramientas para reconstruir los días que me restan.
Sé muy bien lo que ocurrirá entonces: aquellos rezos y dolores dormidos volverán a mí portados por los primeros rayos del alba, flotando en la claridad como auténticas ánimas en pena. Se acercarán a mi cuerpo remendado y, con la suavidad imperceptible de un susurro, cada uno borrará su propio epitafio, reconciliándose con el aire. Y allí dentro, en el fondo de este templo hecho de fracturas mal pegadas, mis pérdidas celebrarán, por fin, su dolorosa y luminosa resurrección.
Así, en la inmensidad hostil del patio, a solas con mis sentimientos muertos, fui enterrándolos uno a uno. Cojeando entre la densa bruma, abriendo la tierra con una torpeza que me dolía en el cuerpo, depositaba cada cadáver de papel mientras les rezaba una última oración desgarrada. Ahí se quedaron, sepultados en lo profundo, custodiando el último aliento de mi ser. Yo, en cambio, me quedé más solo que nunca. Despojado de todo, derrotado y desnudo, contemplé los surcos de mi obra justo cuando la madrugada comenzaba a extinguirse. Con las fuerzas rotas, arrastré mi figura descuadrada de vuelta al interior de la casa.
Sentado en la penumbra de la sala, me amaneció. De pronto, un filo herido de luz rasgó la oscuridad de la estancia, proyectándose a través del cristal. Con un esfuerzo supremo de mis músculos de plomo, me puse en pie y descorrí la cortina. Afuera, el misterio de la vida seguía su curso: contemplé un mundo en movimiento, hombres y mujeres corriendo detrás de sus propios destinos, habitando la cotidianidad de sus días. Y allí estaba yo, varado en la frontera de esa nebulosa maldita donde nacen y mueren los astros, pero experimentando, por primera vez en siglos, un deseo ardiente y limpio: las ganas incontenibles de volver a habitar mi planeta.
Caminé con paso firme hacia la entrada. Sostuve la manija, giré el cerrojo y abrí la puerta de par en par. En ese instante, la nebulosa exhaló su último aliento dentro de la casa; brotó hacia el exterior con su cargamento de polvo de estrellas, medusas oscuras y hormigueos mudos, elevándose majestuosa hacia el azul del cielo hasta disolverse en la atmósfera. Había vencido al embrujo. Había logrado limpiarme las entrañas. Al mirar el horizonte sin la bruma del ayer, respiré el aire puro de la mañana con una certeza que me devolvió la paz: ya no espero nada, ya no espero a nadie. El destierro había terminado.
Me vestí de prisa, tomando las primeras prendas que encontré, sin elegirlas para nadie, despojado ya de cualquier vanidad o mirada ajena. Entonces, empuñé la escoba y comencé a barrer con una determinación que no me pertenecía horas atrás. Tendí la cama con pulcritud, estirando las sábanas para que permanezcan intactas y desiertas por el resto de los tiempos. Me acerqué al comedor y subí las sillas sobre la mesa, clausurando las charlas fantasma y los cafés del ayer.
Limpié los ventanales con obsesiva claridad y arranqué las cortinas de cuajo, permitiendo que el sol entrara a raudales a desinfectar el abandono. Ante la violenta entrada de la luz, mis amigas las cucarachas se marcharon en silencio, y yo me encargué de desterrar cada rincón oscuro donde antes habitaban las arañas. Con el último trapo, borré mis propias huellas del piso, eliminando el rastro del hombre que cojeaba en la penumbra.
Por último, caminé hacia el interruptor general, corté la corriente eléctrica de la casa y salí al porche. Me detuve un instante a mirar la inmensidad del cielo limpio y, antes de marcharme para siempre hacia mi planeta, cerré la puerta.