Christian Jiménez Kanahuaty
Hay sede vacante en el Estado de Bolivia. El gobierno está ausente y la presidente atraviesa su peor momento en la historia de la institución porque el presidente cual Hamlet vive a la sombra de su padre, pero no tiene sobre quién sobrar venganza.
La sombra del padre es pesada, porque los operadores políticos que le ayudaron a construirse como un político capas de decir que en su gobierno no hubo ningún muerto, son los que están tras la campaña electoral reciente, son también los políticos que en su momento asesoraron al padre para formular aquello del entronque histórico y construir la narrativa de la estabilidad macroeconómica y el control sobre la circulación interna de divisas.
Aquel peso referencial es suficiente para limitar la constitución de una identidad. Pensar que el padre no usó la violencia -sea cierto o no, existan datos que contradigan a esa sentencia o no, es secundario-, es usar aquello como ejemplo para la propia acción política. Si él no la uso, yo tampoco, y lo haré a nombre del diálogo y la concertación.
Pero la sociedad ha cambiado, el diálogo ya no funciona con el mismo esquema de hace diez o cinco años atrás. Para el diálogo no es suficiente tener un escenario no contaminado de condiciones histórica, tampoco disponer de un guion, mucho menos reclamar la mayor y más amplia participación de todos los sectores sociales: el diálogo ahora pasa por la posibilidad de pensar el diálogo como una herramienta de la política donde la política es el ejercicio de poner en escena una voluntad técnica de transformación institucional. Es la capacidad de construir un modelo teórico de país es una práctica constante de perfeccionamiento institucional. Aquí ya no es tiempo de prebendas o ejercicios clientelares. El diálogo en el siglo XXI reclama proyecto político: aquello que se quiere hacer en el corto, mediano y largo plazo. Y un programa político: las cuestiones cotidianas que harán que el proyecto se realice paulatina y simultáneamente en todos los frentes que necesitan atención: salud, caminos, educación, etc.
Sin embargo, el conflicto demuestra que existe una faceta del gobierno que no es sino la demarcación propia de la adolescencia de la vida. Un momento en que se busca la identidad a través de la prueba y el error. Una adolescencia en la cual lo que se desea no está construido porque aún existe el conflicto interno entre lo que se desea ser y lo que en verdad se es.
En este complicado proceso la identidad recorre muchos estadios, muchas facetas. Transita entre los extremos y mientras la vida interior se construye y reconstruye, sucede la vida exterior. En el caso de un adolescente esto es soportable porque los afectados por los cambios bruscos de comportamiento son los familiares y algunos amigos. La ausencia de una identidad compromete sólo al círculo más cercano.
Pero cuando el adolescente está en el poder y le toca gobernar, los que sufren las consecuencias de la falta de una identidad construida, es la población en su conjunto. Y la respuesta suele ser un shock o un desequilibrio que tiene a descender el estado de animo del adolescente. La falta de identidad es un problema social y afecta a muchas personas y trae consigo la depresión, la falta de determinación, el esperar que sea la vida la que resuelva los problemas por su propia dinámica en lugar de ser uno mismo quien tome las riendas de la vida y actúe conforme a una voluntad. Pero la falta de voluntad para realizar acciones es otro de los aditamentos de la falta de identidad. La lucha interna es tal que quien desea reaccionar siempre está en falta, porque lo que ocurre es que a falta de identidad sólida aparece el sensor interno que sólo castiga, limita y hace que se visualicen los peores escenarios, entonces queda la quietud, la inmovilidad. Es por ello que se siente a la persona sin identidad sólida, como débil, tibio, ausente.
Un gobierno es el reflejo de la personalidad de sus gobernantes, no de la sociedad, como siempre se ha manifestado. Las pulsiones no se pueden generalizar, pero sí institucionalizar. Y esto tiene que ver con el presente. Si la sociedad tuviera los gobernantes que se merece, el gobierno ya habría actuado, ya habría reaccionado con violencia o sin llegar a ella, en su debido momento, a pesar de que aquella actuación le hubiera cosechado el rechazo del pueblo. Rechazo que hubiera sido momentáneo si las propuestas hubieran solucionado la crisis económica e institucional.
En su lugar el gobierno y el gobernante desea ser querido, y en su afán de ser querido, terminó siendo odiado y rechazado. Justo por lo que él trataba de evitar. Pero la inacción es una forma de acción, y el mensaje es claro y contundente. Quien no hace nada, no es porque tiene miedo a herir susceptibilidades, es porque no sabe qué hacer. Y no sabe qué hacer porque no se conoce a sí mismo y mucho menos a su plan de acción gubernamental. Si no hay identidad, cómo se espera que haya un proyecto político, que es la emanación de un carácter y una visión de mundo.
Porque esta es otra de las dimensiones que faltan cuando se está desarrollando la identidad en un adolescente: no hay visión de mundo porque el mundo es algo desconocido ya que no se tienen las herramientas conceptuales y sensibles para percibirlo en su complejidad. Sin embargo, la visión de mundo no se construye de la noche a la mañana, es un proceso y por ello, lo que ocurre con un adolescente es que actúa como si el mundo fuera sólo aquello que conoce a la perfección, su familia, su escuela, su barrio. Y cuando algo sale mal, en lugar de comprender que existen cuestiones más grandes que su escuela, familia y barrio, piensa que el mundo está en su contra y que es una guerra personal.
El adolescente adolece de extrema sensibilidad. La sensibilidad le hace distorsionar la realidad pensándola como un efecto de su existencia. Al mundo no le gusto, por lo tanto, me sustraigo de él, o: al mundo no le gusto, entonces voy a pelar con él hasta gustarle. Las salidas siempre son por el desastre porque está desequilibrada la balanza que mide el juicio y la autopercepción.
Y cuando el gobernante está ausente por este recordatorio de la sombra paterna, y la necesidad de afirmarse en una identidad que jamás se pensó asumir, lo que existe en su ausencia. Y es entonces cuando la población actúa por sus propios medios. Recurriendo a enfrentamientos entre sí sin llegar a una guerra civil, pero resolviendo el conflicto desde la carencia y desde la gestión territorial autónoma.
La ausencia de un gobierno establece que los micro gobiernos se hagan cargo de la gestión territorial, económica y social. Con lo cual, una vez más, aquello que el gobierno no deseaba que ocurriera, ocurre por su falta de decisión. Los efectos inesperados de esta crisis, no es el vandalismo o las marchas o los cabildos y las resoluciones por sostener el conflicto. Tampoco la escasa determinación de los gobernantes y su constante improvisación como si tocaran una pieza de jazz que todo el tiempo improvisan porque no tiene cómo acabar y por ello, no gustará. Pero, el efecto verdadero de este conflicto, es la autogestión de la población y la recuperación de lazo social en ciertos sectores de la población que soportan la carencia con otras lógicas de apoyo. Y si bien es cierto que esto ocurre a una escala todavía menor y muy identificable a nivel territorial, la verdad es que las voces agoreras no esperaban que se llegara a este momento ya que predecían que la tercera semana ya habría un conflicto que terminaría en las armas y el derrocamiento del gobierno. No fue así y no lo será. Principalmente porque contrario a sus gobernantes, la sociedad sí alcanzó hace mucho su madurez social.
Y la madures social les indica que el suicidio no es una opción. Así, la sociedad camina por una dirección, mientras el gobierno está estancado buscando referentes a los cuales emular. Su falta de identidad durará todavía un tiempo. Porque se niega la realidad, no se la procesa. Si se la hubiera procesado, la identidad hubiera aflorado por la fuerza de la crisis, pero ya nos damos cuenta que la crisis no aceleró la madures de los gobernantes, sino que dilata del proceso de su crecimiento porque el gobierno y el gobernante se han vuelto reactivos a la crisis. Adolecen y encuentran placer en ello. Hay un goce que les convierte en las victimas de su propio crimen. Y como goce es satisfactorio porque los convierte en víctimas. Pero es el victimismo de la persona que se inmola dando siempre la otra mejilla, creyendo que, de ese modo -como adolescente que quiere caer bien porque es cortés, respetuoso-, despertará la piedad y el cuidado de los que se preocupan por él.
Y es que un gobernante no es Jesucristo porque no tendrá la capacidad de resucitar al tercer día. Y no se convertirá en santo de devoción ni se levantarán loas en su nombre. Un gobierno es el ejercicio político de un plan de gestión territorial de la economía. No hay nada más mundano, terrenal y efímero que eso. Y por ello la identidad es tan importante porque es la única forma en que una gestión tenga carácter y lineamientos concretos.
Finalmente, llega un momento en que la adolescencia termina. No por alcanzar cierta edad, sino porque se logró entender y comprender algo. Algo del mundo externo y algunas cosas del mundo interno. Pasan situaciones en el camino. Buenas, malas, regulares. Lo que constituye una identidad fuerte y determinada no es el tipo de cosas que se pasaron, sino, cómo se procesaron. Según cómo se hubieran procesado queda definida una identidad para transitar por la edad adulta.
Así que sí, esto terminará. La identidad caerá como un bloque de cemento o como una brisa de verano. Pero llega de una u otra manera según las decisiones que se tomen. La adolescencia es la forja de un carácter. Al gobierno le toca pensarse a sí mismos: convertirse en lo que le dicen que sea o ser lo que de verdad es, y actuar en consecuencia. Aceptar su destino y conducirlo del mejor modo, pero sin que ese destino esté mediatizado por el eco del pasado que se desea emular.