Miguel Alfonso Ávila
Las elecciones presidenciales de Colombia de 2026 celebraron su primera vuelta el pasado 31 de mayo, con el único objetivo de elegir a los mandatarios que dirigirán al país durante el crítico periodo 2026-2030. Los resultados marcaron un punto de inflexión definitivo: los candidatos con mayor respaldo popular fueron Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, aunque ninguno alcanzó la mayoría necesaria para sentenciar la contienda en esta etapa. Por ello, el próximo 21 de junio los colombianos están convocados nuevamente a las urnas para decidir, en una crucial segunda vuelta, quién tomará definitivamente las riendas de la nación.
Más allá de la frialdad de las cifras, este resultado proyecta el inicio de una nueva etapa en la que parece que, finalmente, el país se despedirá del modelo populista y de las ideas que ha representado el gobierno saliente de Gustavo Petro. El desempeño de Abelardo de la Espriella —quien avanza a la etapa definitiva incluso enfrentando la enorme influencia y el respaldo que el aparato estatal intentó ejercer hasta el último minuto— no es un hecho aislado. Se trata de un acontecimiento de inmensa trascendencia, no solo para el futuro inmediato de los colombianos, sino también para el rumbo geopolítico de toda nuestra América Latina.
Para comprender la verdadera magnitud de lo que hoy se juega en las urnas, es imperativo revisar la historia reciente de la región y entender de dónde provienen los hilos de este modelo de control social. La matriz ideológica de estos gobiernos populistas encuentra su raíz y su primer gran laboratorio en la ahora destruida Cuba. Aquella isla, que pasó de la promesa revolucionaria a la miseria institucionalizada, sirvió como el faro autoritario que más tarde lograría expandir su influencia por todo el continente.
Este engranaje expansivo cobró fuerza internacional gracias a la creación del Foro de São Paulo, una plataforma diseñada tras la caída del bloque soviético para reoxigenar a la izquierda radical de la región. Bajo la batuta estratégica del sindicalista y líder populista Luiz Inácio Lula da Silva, y en constante sintonía con las directrices ideológicas de la Internacional Socialista, este bloque articuló una agenda orientada a debilitar las democracias liberales desde adentro, replicando el dogma caribeño en naciones con instituciones vulnerables.
El fenómeno del populismo en nuestra América, impulsado por esa agenda trasnochada, ha causado estragos profundos y heridas que tardan décadas en sanar. No es una teoría de café o un debate abstracto; es una realidad palpable en el vecindario. Lo vemos en el espejo de Argentina, que tras años de excesos fiscales, emisión descontrolada y discursos divisivos que pauperizaron a la clase media, quedó sumida en una crisis económica histórica de la que apenas intenta despertar. También en Ecuador y Bolivia, naciones que han transitado por constantes turbulencias institucionales, fragilidad democrática y una asfixiante polarización social a causa de liderazgos mesiánicos que anteponieron el dogma a la gestión responsable.
El drama se intensifica al mirar hacia Venezuela, una nación devastada por un régimen que destruyó por completo el aparato productivo, pulverizó la moneda y provocó el mayor éxodo humanitario de la historia reciente de la región; o en Nicaragua, un pueblo que todavía se encuentra bajo el yugo opresor de la familia Ortega, donde la disidencia es perseguida y la democracia y los derechos humanos han sido desmantelados por completo. Colombia estuvo a punto de consolidarse en esa misma línea de declive, pero el despertar ciudadano y la madurez del electorado parecen estar frenando un naufragio que muchos daban por inevitable.
Lo que el pueblo colombiano ha expresado en las urnas es una señal contundente: la ciudadanía ha tomado plena conciencia de las consecuencias de aquellas políticas que, bajo atractivas promesas de cambio y justicia social, terminaron generando incertidumbre económica, una profunda división civil, debilidad institucional y el constante resquebrajamiento de las libertades individuales. Durante estos años, millones de personas han visto cómo sus expectativas de progreso se desvanecían en el aire. Las familias han tenido que luchar contra una inflación asfixiante que mermó de forma drástica el poder adquisitivo del hogar, mientras los campesinos y productores se quedaron sin garantías reales de seguridad para trabajar la tierra, quedando a merced de una delincuencia reactivada en los territorios. En paralelo, los empresarios e inversores se vieron frenados por una burocracia hostil y una alarmante inseguridad jurídica que ahuyentó los capitales extranjeros y locales, al tiempo que los trabajadores atestiguaron cómo el Estado crecía de forma hipertrófica e ineficiente mientras la calidad de vida real disminuía de forma alarmante. En definitiva, se impuso una visión ideológica completamente alejada de la realidad, que priorizó la confrontación sobre la solución y el control político sobre el bienestar común.
El respaldo obtenido por la propuesta que lidera Abelardo de la Espriella refleja el deseo mayoritario de volver a poner en el centro de la discusión nacional valores esenciales que jamás debieron abandonarse: la democracia como sistema de convivencia, la seguridad como un derecho fundamental e innegociable, el crecimiento económico sostenible que verdaderamente genere empleo formal, la libertad en todas sus expresiones y el respeto absoluto a la propiedad privada y al imperio de la ley. Su paso a la segunda vuelta, logrado a pesar de la gigantesca maquinaria oficialista y de los intentos del gobierno por mantener el control del relato a través de medios públicos y subsidios clientelares, demuestra una verdad irrefutable: la voluntad popular y el deseo de libertad están por encima de cualquier proyecto que intente perpetuarse o imponer un modelo único de sociedad.
Para nuestra región, este proceso electoral en Colombia adquiere un significado geopolítico de primer orden. El país colombiano ha sido históricamente un ancla de estabilidad democrática en el continente. Si una nación tan importante, estratégica y resiliente muestra hoy el camino de la recuperación institucional y el retorno a políticas sensatas, responsables y pro-mercado, se enviará un poderoso mensaje de esperanza a todos los pueblos hispanoamericanos que hoy buscan estabilidad y desarrollo. Este resultado es la prueba fehaciente de que el avance del autoritarismo ideológico no es irreversible y de que las sociedades tienen la capacidad de corregir el rumbo cuando ven amenazado su futuro, manteniéndose lejos de las cadenas del populismo autoritario.
Hoy Colombia está más cerca de recuperar esa dignidad nacional que no se regala con discursos incendiarios, sino que se construye con trabajo honrado, con instituciones fuertes que nos protegen a todos por igual, con respeto a la diferencia y con la certeza de que el poder pertenece al pueblo y se ejerce solo para su beneficio. La segunda vuelta del próximo 21 de junio no es una elección ordinaria más; es la oportunidad histórica para sanar las heridas que han dividido al país y consolidar un futuro donde todos los colombianos puedan vivir en paz, con seguridad jurídica y con la posibilidad real de progresar. El primer paso ya está dado. Ahora corresponde a los colombianos ratificar en las urnas que el deseo de libertad es definitivo, diciendo un adiós rotundo al pasado para avanzar con determinación hacia el país que realmente merecen.