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El vidente     

Oscar Seidel Morales

A los cuarenta años, Eurípides Retamozo se encontraba en el momento más triste y solitario de su vida. La muerte de su madre Alfonsina le había dejado un vacío imposible de llenar. Ella se había empeñado durante su larga existencia en alejar a su hijo del contacto con toda mujer que, no fuera ella misma. Esa obsesión, llevada con un total éxito a los hechos, había convertido al pobre Eurípides en un espécimen peculiar: tan agraciado y culto como analfabeto en las artes del amor. A una edad en que sus compañeros de colegio ya estaban casados o había ennoviado varias veces, Eurípides permanecía vergonzosamente virgen. La muerte lo había librado del yugo de su progenitora, pero no sabía cómo comenzar siquiera una relación con el sexo opuesto. No era que el pobre no sintiera el llamado de la carne: lo sentía. Prueba de ello, eran las largas noches de desvelo imaginando la compañía de una mujer a su lado.

Había probado sumarse al baile de música tropical, una tradición que el pueblo mantenía desde sus orígenes, y que se realizaba los viernes por la noche en la sede del club de futbol. Pero, no sabía bailar, y su timidez le jugaba en contra a la hora de entablar cualquier conversación. Así que, no pasaba de calentar sillas por horas viendo como los demás armaban y desarmaban sus parejas a metros de él. Un día, pensó que tal vez unos tragos de ron le dieran un valor que sobrio no tenía, pero la experiencia acabó de la peor forma: en la enfermería del puesto de salud militar. Abatido, Eurípides acabó por encerrarse en su casa pensando que de allí sólo saldría en carroza fúnebre.

 Hasta que una casualidad le cambiaría la vida: de compras en el supermercado, se topó con Doña Herminia, una mujer del pueblo que había sido amiga de su madre, quien lo interpeló acerca de su estado de ánimo. Y él, con la guardia baja, le confesó crudamente lo que le estaba pasando:

    — Doña, no sé cómo conseguir una mujer.

Esa inesperada muestra de sinceridad conmovió a la mujer que se mostró dispuesta a ayudarlo:

     Querido, le dijo, tengo una solución a tu problema. Escúchame bien: antes de salir del pueblo, hay una casa amarilla con un portón de madera de dos puertas, una de ellas tiene tallada la imagen de un sol, y la otra, de la luna. Allí vive una persona mágica: se hace llamar Radagaz, y bajo su influjo yo sé que se han conformado muchas parejas. Él dará solución a tu problema, hijo.

Las palabras de la mujer insuflaron ánimo al corazón destrozado de Eurípides. Sin perder tiempo se montó en el viejo Ford que perteneció a su padre y se dirigió a la casa indicada. Cuando la puerta se abrió, apareció ante él, un hombre de mediana edad, alto, con una cara pálida y ojerosa, cuerpo flaco y andar cansino, que vestía una túnica dorada con toques rojos oscuros y un raro turbante blanco.

     —¿Qué buscas aquí? preguntó el hombre.

     — Me manda Doña Herminia, señor.

El hombre lo detalló un rato, y luego lo invitó a pasar a una sala cuidadosamente decorada con muebles de estilo y cuadros renacentistas que impresionaron a Eurípides. Caminaron juntos hasta una cortina de terciopelo rojo que les cerraba el paso y que Radagaz apartó cansinamente, para dejar a la vista lo que era su lugar de adivinación: un pequeño rectángulo enmarcado por cortinas y que tenía por todo mobiliario dos pequeñas sillas y una mesa cuadrada que en el centro portaba una enorme bola de cristal.

     — Me imagino que habrá venido a que le solucione algún problema, así que siéntese y cuénteme todo, dijo el vidente.

Sintiéndose sin ninguna represión por primera vez en su vida, Eurípides se confesó de manea descarnada. El desahogo duró una hora en la cual el vidente escuchó sin emitir palabra. Cuando, tras lanzar un largo suspiro, el hombre concluyó su exposición, Radagaz se echó para atrás acariciando su larga barba. Y tras unos minutos de reflexión, que a Eurípides le parecieron horas, el vidente reaccionó con entusiasmo inesperado.

    —¡Creo tener la solución!, dijo acercando su rostro a la bola de cristal. Pero, es ella quien me lo confirmará.

Entonces, con unas energías renovadas, los ojos encendidos del vidente se concentraron en el interior de la bola de cristal, donde millares de láminas brillantes danzaban sin cesar.

    — Has llegado en el momento justo, mi querido Eurípides. ¡La veo! ¡La veo! Es la mujer de tu vida.

Entusiasmado y expectante Eurípides no podía dejar de frotarse las manos.

    — Es rubia y tiene un lunar debajo de la mejilla izquierda.

    — Maestro, ¿Qué debo hacer?

    — Sigue mi consejo: esta noche vas a Abedul, un bar que queda sobre la ruta, a las diez. Ella estará allí.

    —¿Seguro, Maestro?

    —¡Seguro! Te sientas a su lado y de inmediato la invitas con un Martini seco.

    — Pero…

    — Pero, nada. Has lo que te digo. Ella te lo aceptará. Usarás una camisa blanca y te rociarás con el perfume que ahora yo te voy a dar. Antes que suene la medianoche, Eurípides, ella se enamorará de ti y sabrás lo que es el amor de una mujer. Sigue mis instrucciones al pie de la letra y esto sucederá. Yo sé por qué te lo digo.

De inmediato, el vidente desapareció tras el cortinado para reaparecer con un pequeño frasco de perfume en su mano.

     — Tal lo prometido, dijo entregándoselo.

Eurípides lo tomó con cuidado y acompañó a Radagaz hasta la puerta.

     — Maestro, ¿Cuánto le debo por su consejo?

     — Nada. Si tienes éxito, yo recibiré mi paga que me sacará de un lío que tengo.

Esa noche, Eurípides se vistió con su mejor traje y una camisa blanca, como le había ordenado el vidente, y por supuesto se perfumó de manera abundante. Frente al espejo se corrigió el peinado con raya al costado, y antes de abrir la puerta se persignó.                                                                                                             Abedul, el bar señalado por Radagaz, era una construcción baja sin ventanas, con una sola puerta que estaba custodiada por un hombre gigantesco de rasgos parecidos a un simio. Era la hora señalada y luego de pedir un permiso innecesario, Eurípides ingresó en la penumbra que cubría todo el lugar y tropezando con las mesas se dirigió hasta la barra.                                                            Un metro antes de llegar, vio la espalda desnuda de una mujer rubia que estaba sentada con las piernas cruzadas. Para cerciorarse de que fuera la correcta, buscó una mesa libre cerca de ella y se sentó para observarla. La mujer estaba vestida con un largo vestido negro que se apretaba contra su cuerpo remarcando unas curvas generosas. Eurípides deseó con todas sus fuerzas que ella fuera la indicada, y cuando la rubia movió su cara hacia un costado para encender un cigarrillo y la luz del fósforo iluminó el lunar que sobresalía debajo de la mejilla, lanzó un ahogado grito de júbilo. Pero, la cercanía con su futura amada no hizo más que incrementarle los nervios: más de una vez amagó levantarse, para luego dejarse caer sobre la silla. La mujer también parecía inquieta: cada dos minutos consultaba su reloj como esperando a alguien, mientras bajaba un trago de un

color rojo intenso. Cuando la copa se vació, Eurípides vio una oportunidad, se llenó de valor y se levantó para sentarse al lado de la mujer.

     —¿Quiere un Martini seco? propuso con voz temblorosa.

La mujer que no había registrado su presencia, entonces, se voltio sorprendida, sin percatarse de la camisa blanca ni del perfume que se había untado, y Eurípides pudo apreciar su bello rostro a centímetros de distancia. Mientras, la mujer meditaba su respuesta.

     — Acepto, finalmente contestó – La verdad es que tanto esperé lo que nunca llegó, no merezco quedarme sola esta noche, y por lo que veo, tú tampoco – ¿Cómo te llamas? –

     — Eurípides, señora.

La respuesta le robó una sonrisa a la mujer.

     — Señorita, Eurípides. Y me llamo Cassandra, pero me llaman Cassie. Cambiemos el Martini por champaña y brindemos por esta noche.

Eurípides asintió y con un gesto llamó al barman. Cuando acabaron la tercera copa, Cassandra tomó a Eurípides del cuello y lo acercó a su boca para asestarle un beso profundo, y luego dijo:

     — Ya es hora de que nos vayamos. ¿Mi casa o tu casa?

Ante las dudas de Eurípides, Cassie acabó por tomarlo de un brazo y llevándolo a rastras, agregó: mi casa.

Luego de ocho horas intensas e indescriptibles, Eurípides se puso de pie junto a la cama. Las piernas le temblaban de forma involuntaria.

     — ¿Cómo? ¿Ya te vas? – preguntó Cassandra, a quien él presumía dormida.

     — Sí, tengo algo que hacer.

-Bueno, amor, pero, esta noche nos encontramos en Abedul. Cambia de loción que me trae recuerdos ingratos.

     — Sí, esta noche nos encontramos.

Que hermosa suena esa palabra en su boca, pensó Eurípides, que increíble que sea dirigida a mí.

La mecánica del encuentro se repitió al día siguiente: la barra del bar, un par de tragos y luego la carrera frenética de ambos para vivir una noche plena de lujuria y placer. Cassie no sabía de límites y Eurípides vivía un curso acelerado del Kama Sutra. El encuentro se repetiría al día siguiente, y al otro, y al otro. La rubia era insaciable y no aceptaba ni un descanso. Pronto, Eurípides comenzó a consumirse por la exigencia desmedida de la mujer, al punto de empezar a temer por su salud. Estaba descremado.

Luego de una larga noche, en donde la mujer parecía poseída por un demonio, Eurípides acabó huyendo por una ventana, y tras hacer una escala en su casa, decidió ir en busca de la ayuda de Radagaz.                                                                      No le costó mucho ubicar la particular casa amarilla, pero, al acercarse notó con sorpresa que sus dos puertas estaban entreabiertas. Respetuoso como era, dudó en entrar y hasta hizo sonar las manos y silbar un par de veces en busca de respuesta antes de hacerlo. La casa estaba sumida en una total oscuridad, tanteó el interruptor de la luz en la pared y luego de encontrarlo fue encendido. Para su sorpresa, la casa estaba totalmente vacía: muebles, cuadros y cortinas habían desaparecido, con la sola excepción de una pequeña mesa que había quedado solitaria ubicada en el centro del salón. Cuando avanzó, Eurípides pudor ver que sobre ella lo aguardaba un portarretrato con una foto de Cassandra abrazada al vidente. A un costado, un pequeño papel escrito a mano, decía simplemente: Gracias por tu paga, ella ya me olvidó. Firmado: Radagaz.                                                                     

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