Extractivismo cognitivo en la Era Wetware
Márcia Batista Ramos
No se trata de una transformación futura ni de un dilema teórico. La humanidad ya está siendo usada. No es una exageración: es una condición que se instala sin declararse, que opera sin presentarse como ruptura y que avanza precisamente porque aún puede ser confundida con continuidad. No es una advertencia. Es un proceso en curso.
No estamos ante una transformación futura ni frente a un dilema teórico, porque la humanidad ya está siendo usada no como metáfora sino como condición operativa en la que la atención se extrae, la memoria se modela y la emoción se modula dentro de sistemas que han convertido la experiencia en recurso, de modo que aquello que durante siglos llamamos interioridad ha dejado de pertenecernos por completo y comienza a integrarse en una lógica de explotación que ya no necesita imponerse por la fuerza, sino que se infiltra como funcionamiento, como hábito, como entorno, y así instala una forma de extractivismo cognitivo que no solo reorganiza lo que pensamos, sino las condiciones mismas desde las cuales pensar todavía parece posible.
Llamo latifundio cognitivo a este proceso porque no es una metáfora, sino la continuidad de una historia conocida: si antes se cercaban tierras, hoy se cercan percepciones; si antes se extraían recursos naturales, ahora se extraen patrones neuronales. Y, como en toda forma de extractivismo, el Sur Global vuelve a operar como campo de experimentación y desposesión.
Por eso no basta con encuadrar la Era Wetware como un “debate ético” o una preocupación sobre el futuro. Ese lenguaje, aparentemente prudente, desplaza el problema hacia un terreno donde todo puede ser discutido y nada necesita ser interrumpido. Lo que está en juego no es una relación cambiante entre humanos y tecnología, sino la reorganización de lo viviente bajo una lógica de eficiencia que decide qué formas de experiencia cuentan, cuáles se optimizan y cuáles se descartan. La pregunta ya no es qué significa ser humano en este contexto, sino qué tipo de humanidad resulta funcional y cuál deja de serlo. Y esa no es una cuestión teórica: es una operación en curso que define, sin anunciarlo, las condiciones mismas de existencia.
Y toda operación que decide quién cuenta y quién no, es, inevitablemente, política. Este enfoque obliga a abandonar la pregunta por el “buen uso” de la tecnología y a enfrentar otra más incómoda: cómo dejar de ser usados.