Andrés Canedo / Bolivia
Los cisnes bailan y mueren en el ballet. Hay, que yo sepa, dos grandes compositores para mostrarnos los cisnes moribundos: Camille Saint Saens, La muerte del cisne; Peter Tchaikovsky, El lago de los cisnes. Para La muerte del cisne, la maravillosa, la única, Ana Pavlova, frágil, casi incapacitada de niña, que a fuerza de pasión desarrolló su cuerpo y sus energías de prima ballerina, y también la otra excepcional, bella, perfecta en cada movimiento, Maya Plisetskaia, “artista del pueblo de la Unión Soviética”. El lago de los cisnes, es otra historia, aunque también con muerte al final de la mujer cisne Odette (El cisne blanco, la buena) porque cree que el príncipe Sigfrido la ha traicionado con Odile, el cisne negro, hija del perverso Robhart, todo lo cual es un enredo preparado por el cruel Robhart. Odette. que sabe que es mujer, se arroja al lago, perdiendo así su posibilidad de dejar de ser cisne y volver a ser mujer gracias al príncipe que deberá liberarla del hechizo. El príncipe la sigue en el mismo afán, también se mata en el lago. Grandes bailarinas de todos los tiempos han hecho los roles de Odette y Odile. que generalmente los interpreta una sola bailarina: Pavlova, Plisetskaia, Galina Ulanova, Olga Spessisteva
Yo no tengo nada que ver con el ballet, salvo el amor que ese arte me produce, y que digo que es el más expresivo de todas las artes, lo que me llevó, gracias a la amistad con la maestra Melba Zárate, a hacer de Regente de Escenario de algunos ballets, Giselle, por ejemplo. Es que yo me pasaba horas cada día, viendo las clases de las bailarinas. Soñando, soñando. Claro, me enamoré perdidamente de algunas y amé a unas pocas. De puro colado, participaba en las reuniones en la casa del Embajador de Portugal (cuya mujer había sido bailarina), a las que asistía el cuerpo de baile del ballet de La Paz, y que cuando había una lectura, en voz alta, relacionada con la danza, me encargaban hacerla a mí, por mi condición de actor. Allí, a mi lado, siempre había unos muslos cautivantes, casi desnudos por la minifalda de cuero, de una bailarina de la que no pude evitar enamorarme. Por lo demás, deliré con que mi hija Adriana estudiara ballet y que haya bailado algunas obras tanto en Santa Cruz, como en Brasil. Pero claro, ella hace un doctorado en biología molecular y celular, y el ballet, que ama y que hace, es el resultado de su impulso, de la necesidad de brindarle espacios a su alma. Eso explica, por ejemplo, que la última vez que fuimos a Buenos Aires, con urgencia sacamos entradas en el Colón, para ver El Corsario. Antes, yo en La Paz, joven, audaz, locamente apasionado por ese arte, cuando confiando en mi cuerpo entrenado de actor, pretendí hacer “el mago” en Petrouska de Stravinsky, apenas el primer día de realizar ejercicios de barra, suaves, me dejaron casi de cama y entendí que ese personaje estaba muy lejos de mis posibilidades. O cuando me hice amigo de Paula Hinton (la bailarina dramática más famosa de Europa) e hice, para ella, una nota en una revista paceña y participé de la locura colectiva en el Teatro Municipal de La Paz, cuando al grito desesperado de ella en plena danza, al enloquecerse en el manicomio en que fue encerrada, en Devoradores de la Oscuridad (coreografía de Walter Gore), todo el público comenzó a gritar con el mismo sentimiento, con el mismo horror, en una función inolvidable y demencial, talvez única en la historia de la danza en este planeta. O años después, con Kathia Salazar y las Dragadanza, aquí en Santa Cruz, a cuyos ensayos iba casi todos los días y, en la celebración de uno de los aniversarios del grupo, me pidieron que creara y leyera un texto que acompañara a la danza y así lo hice, con teatro lleno. Claro, también incorporé danza en algunas de mis obras teatrales, con la ayuda, siempre, de la maestra Zárate. Así sucedió con el tango en El Animador (Santana) o el vals en La boda de los pequeño-burgueses (Brecht). También, en la telenovela Larga Distancia, aporté para que se hiciera en el teatro, una escena de danza contemporánea. Todo eso era quizá mi sueño de una loca metamorfosis, que me transformara de actor tan apegado a la tierra, en bailarín que pudiera enredarse en los cielos con la esencia de todas las cosas.
Volviendo al ballet mismo, a Pávlova en La muerte del cisne, es un trabajo de enorme expresividad, en el que, sobre la base de una incesante labor de puntas de pie, son los brazos los que van haciendo la narración del final. Los brazos, alas de cisne, al principio todavía pueden esbozar movimientos de vuelo, luego, esa coordinación se va perdiendo, para terminar en la caída de cisne y el plegado final de una de las alas, que cubre a la bailarina, que inhibe la visión de la muerte. Pero claro, la muerte está presente, hemos visto y sentido todo el proceso. La artista, además, ha transmitido toda su emoción: es un cisne que sufre, que muere. Pávlova asume, cree, siente eso, y eso se transmite al público. Y eso, más allá de la técnica, se hace desde el puro sentir, como los actores trabajando con los dictados de Stanislavsky.
Emociona pensar que la plástica, la belleza y la perfección de los movimientos obtenidos del dominio de la técnica antes de volverse arte (técnica + emoción), han sido fruto de múltiples horas de tortura y de instantes de frustración.
El ballet, claro, no es sólo clásico, las coreografías han ido evolucionando: romántico, neoclásico, contemporáneo. Los movimientos cambian, se hacen más libres, el vestuario cambia, los pies pueden estar desnudos. Por ejemplo, ver Spartaco, con música de Khachaturian, interpretado por la bellísima María Vinogradova e Ivan Vassiliev. Allí vemos la espera al hombre que está en la lucha por la libertad de los humildes, su llegada y encuentro con su mujer, la ternura y la pasión, el hacer el amor como forma absoluta de entrega, y finalmente la angustia de la partida del héroe y el presentimiento de la muerte. Y todavía, más de los tiempos actuales, en Le Parc de Preljocaj, los cuerpos se encuentran, se palpan, se reconocen, se desean, y habrá el beso más maravilloso de la historia del arte que dura minutos, pues, a pesar de las evoluciones de la danza, las bocas de la mujer y el hombre no se separan, pues buscan, y tal vez encuentran, la eternidad.
Arte puro, arte en su máxima expresión. Arte, tan vasto y tan poco accesible. La palabra misma que lo designa encierra un pequeño misterio: en singular, es masculino, el arte; en plural, femenino, las artes. Cada uno, pintor, escultor, escritor, bailarín… en su pequeño dominio, lucha por acceder a dominarlo, a desentrañarlo, a develar su maravillosa verdad para lo cual, debe empeñar enormes dosis de amor. Amor- Arte. Aquí estamos, en el sueño y en la vigilia, en ese intento que nunca se agota.