Los eventos recientes, caracterizados por la movilización indígena desde el norte amazónico y la realización de un cabildo inusitadamente concurrido no parecen ser incidentes aislados. Tengo la impresión de que son un desesperado grito por construir nuevos mecanismos de representación y participación que el gobierno ha descuidado desde el inicio de su gestión.
Para comprender este fenómeno es imperativo partir de la premisa de que Bolivia ha experimentado el cierre del ciclo histórico iniciado con la Revolución Nacional de 1952. Este cierre comporta el colapso de los mecanismos tradicionales de representación y participación que desde mediados del siglo XX estuvieron a cargo de los partidos.
Esas organizaciones políticas que hoy llamamos “tradicionales y obsoletas”, que como en todo el mundo occidental capitalista hicieron crisis y tienden a desaparecer o reinventarse. En el devenir de estos acontecimientos, la crisis de los partidos se llevó por delante las ideologías y hoy tenemos una clase política emergente de jóvenes, hombres y mujeres, actuando prácticamente en el vacío; de alguna manera librados a su propia suerte.
La efectividad de la gerencia política hasta finales del siglo XX estribaba en que todos los actos estatales o institucionales se inscriban en una estrategia claramente definida con un norte claramente establecido, con objetivos y metas definidas.
Esa claridad del accionar político lo diseñaban sus instituciones, de manera que un diputado sabía lo que tenía que hacer porque el partido o la institución lo habían determinado como parte de un plan de gobierno orientado a fines concretos.
Los mejores diputados o representantes en cualquier nivel del Estado eran los que mejor cumplían los mandatos partidarios.
Esa figura es hoy en día muy precaria; no existe con propiedad el marco referencial y el encadenamiento institucional que acabamos de esbozar porque todo gira en algo tan difuso como los “taxi partidos”, que son muy buenos negocios, pero no tienen en absoluto nada de instituciones políticas.
A estas alturas podríamos decir que la política no ha cambiado, sigue siendo la de siempre; lo que ha cambiado es la estructura en que se sustentaba y los dispositivos que la hacían posible.
La consecuencia es obvia: tenemos jóvenes políticos sin el respaldo de ninguna base estructural, sin ideología y seguramente desesperados por hacer patria en medio de la nada.
Lo que sí ha cambiado son las organizaciones e instituciones políticas. Han dejado de ser mecanismos de representación y se han transformado en cheques al descubierto. En el buen lenguaje comercial podríamos decir que la política se ha monetizado.
Lo grave de todo esto es que sucede en un momento de inflexión histórica en que experimentamos el fin de una época y la urgencia de construir otra. Ese imperativo. Hoy, en manos de los ciudadanos y no de los partidos, supone una disposición social y política muy amplia; unos amplios márgenes de consenso, una comprensión cabal de lo importante y definitorio del momento y, sobre todo, la certeza de que lo que hoy hagamos diseñará la Bolivia de nuestros hijos y de nuestros nietos.
Renzo Abruzzese es sociólogo.