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La república de los ríos, crónica, novela o territorio híbrido

Carlos Decker-Molina

Editorial Torre de Papel, Santa Cruz de la Sierra

El narrador: Cachuela Esperanza.
Pero no como escenario: como conciencia. Como ciudad que habla.

¿Crónica? ¿Novela? ¿Novela histórica?

El personaje central: el caucho.
Personajes secundarios: los reyes del caucho, los pueblos indígenas —mojeños, cayubabas, canichanas— y los extranjeros que llegaron desde Europa atraídos por la siringa.

Desde sus primeras páginas, la obra se impone como un manifiesto contra el olvido y contra el centralismo boliviano que redujo el imaginario nacional a lo altiplánico, minero e indígena andino, dejando en los márgenes la complejidad amazónica. Ese ha sido, durante décadas, uno de los errores más persistentes de la enseñanza escolar: la fragmentación del país.

Se respira humedad en estas páginas. El lector termina empapado por los ríos amazónicos, pero también por la memoria de un proyecto civilizatorio que quiso ser imperio y terminó siendo ruina, relato, eco literario.

Recuerdo una conversación entre escritores bolivianos en la Feria del Libro de Gotemburgo. Liliana Colanzi preguntó qué libros habían sido decisivos en nuestras vidas. Las respuestas, casi sin excepción, remitían a la Bolivia occidental. Yo olvidé mencionar Borrachera verde de Raúl Botelho Gosálvez. Aún hoy me incomoda ese olvido, porque la pregunta de Liliana no era inocente, indagaba cuán integrados éramos realmente.

La novela de Carvalho Oliva responde, sin proclamas, a esa pregunta: la integración de Bolivia —si es que alguna vez ocurre— probablemente la estén construyendo los escritores, no los políticos.

Sobre el género: una frontera inestable

Conviene detenerse un momento en las definiciones, no para encasillar la obra, sino para comprender su desplazamiento.

La novela, en su acepción clásica, es una narración extensa en prosa que desarrolla una historia ficticia o verosímil, con personajes, conflictos y una estructura compleja.
La crónica, en cambio, es una narración de hechos reales con vocación documental, aunque abierta a la interpretación.

Pero estas distinciones se vuelven insuficientes.

Mijaíl Bajtín – ruso – definía la novela como un género abierto, en permanente transformación, capaz de incorporar múltiples voces y registros —la polifonía—. Esa definición parece hecha a medida para este libro.

Lo que importa aquí no es decidir si estamos ante una novela o una crónica, sino reconocer su posición estética y es un territorio híbrido donde la historiografía, la memoria y la ficción se entrelazan.

La ciudad como narrador

La república de los ríos es, en esencia, una novela de enunciación desplazada: el narrador no es un individuo, sino un espacio urbano que adquiere conciencia narrativa.

No habla la historia, habla la ciudad que la ha vivido.

Y al hablar, la transforma.
Lo ocurrido deja de ser archivo y se convierte en relato vivo.

En este sentido, la obra se inscribe en una tradición literaria más amplia donde las ciudades no son simples escenarios, sino sujetos narrativos o entidades con memoria:

  • Open City de Teju Cole: Nueva York emerge como una conciencia difusa, filtrada por la deriva del narrador.
  • Manhattan Transfer de John Dos Pssos: la ciudad moderna como montaje de fragmentos y ritmos.
  • Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin, como torrente de lenguaje, ruido y experiencia urbana.
  • Pedro Páramo de Juan Rulfo: Comala, más que un pueblo, es una voz espectral que recuerda y murmura.
  • Dublineses de James Joyce: Dublín como conciencia paralizada que habla a través de sus habitantes.

En todas estas obras, como en la de Carvalho Oliva, la ciudad no es fondo sino forma.

La estructura y sus tensiones

Carvalho Oliva construye deliberadamente una hibridación de géneros que, por momentos, parece desbordarse, incluso fatigarse. Pero ese aparente exceso responde a su ambición: organizar el pasado —materia de la historiografía— e insuflarle una voz que lo reinterprete.

La estirpe de los Suárez —Gregorio, Pedro, Antonio, Rómulo, Nicanor— comparte protagonismo con otras figuras del auge cauchero, pero ninguno logra desplazar a la verdadera voz dominante: Cachuela Esperanza.

Ahí radica uno de los aciertos centrales del libro.

Frases, ideas, síntesis

La novela está atravesada por sentencias que condensan una visión del mundo:

  • “Donde hay riqueza florece la civilización, sin importar cuán inhóspito sea el territorio.”
  • “La envidia es estética: muerde, pero no come.”
  • “Apéese de la bestia de las buenas costumbres y hable como siempre lo ha hecho.”

Pero hay una que resume, quizá, una tensión profunda de la sociedad boliviana:

  • “Si Vaca Díez simbolizaba la solemnidad, Salvatierra representaba la eficacia.”

Bolivia tiene demasiadas solemnidades y pocos eficaces.

Lo que falta (y lo que vendrá)

Los pueblos indígenas —mojeños, cayubabas, canichanas— aparecen, pero no como sujetos plenos de enunciación. No son protagonistas ni siquiera secundarios en sentido estricto. Están ahí, pero en espera.

Tal vez esta novela no sea el punto de llegada, sino el anuncio de otros textos que narren la misma historia desde su propia voz.

Epílogo personal

Terminé de leer la novela una noche en Estocolmo, mientras caía una de las últimas nevadas del invierno. Cerré el libro y, por un instante, viajé mentalmente al Brasil para embarcarme en Manaos rumbo a Cachuela Esperanza.

Ese viaje —lo sé— ya no será posible.

Pero la literatura tiene esa forma extraña de restituir lo que la vida niega.

Gracias, Homero, por la travesía.

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