Los resultados de las elecciones subnacionales dejan claro que el proceso de reconfiguración de las estructuras políticas postmasistas ha ingresado en una fase de concreción.
Es difícil saber cuánto tiempo requiere una cristalización definitiva del nuevo sistema político; empero, la certeza que nos deja es que las piezas claves de la política están cambiando. Probablemente el hecho de que Luis Fernando Camacho haya sido sobrepasado por un liderazgo que no emerge de las luchas callejeras y los espasmos de un valor casi heroico, sea una señal muy clara de que las formas de hacer política y apropiar y la crisis económica han desplazado sus expectativas hacia la certidumbre técnica y la modernidad globalizada.
En contraste, el ascenso de JP Velasco al primer lugar de las preferencias responde a la transformación de la lucha política a través de las nuevas tecnologías de la información y la presencia de un ciudadano ajeno a todo artificio político o ideológico.
Velasco no es simplemente un «político joven»; es el representante de un nuevo sujeto social que encarna la simplicidad del ciudadano de a pie y la complejidad de las tecnologías modernas. Su discurso desprovisto de las cargas ideológicas apela a una modernidad que busca soluciones rápidas, transparentes y, sobre todo, desvinculadas del trauma del conflicto civil.
Sociológicamente, Velasco captura el «voto aspiracional» de una ciudadanía que desea pertenecer a un mundo globalizado y eficiente, alejándose del estigma de la Bolivia conflictiva y bloqueada, y, en el mediano plazo, a un sistema político que se parece más a la infocracia de Byung Chul Han que al liberalismo económico clásico asociado a Adam Smith.
Por otro lado, el posicionamiento de Otto Richter en un sorpresivo segundo lugar revela una dinámica de resistencia identitaria sumamente interesante. En un contexto de incertidumbre y frente al fin de las ideologías clásicas, por lo general surgen figuras que proyectan aplomo y convicción más allá de cualquier discurso o narrativa propiamente política, mas aún si encarnan una dosis de pasión localista pronunciada.
Richter, desde su trinchera falangista, no ofrece una novedad técnica, sino una certeza moral y un orden jerárquico que resuena en sectores que se sienten amenazados por la disolución de los valores tradicionales, la inestabilidad política y la fatuidad de propuestas que, a falta de innovaciones, quedan centradas en la propia figura del candidato.
Su ascenso muestra que una parte considerable del electorado puede optar por una derecha moderna y disciplinada, renovando la figura del “camba” desde una perspectiva localista.
Lo que resulta de este laberinto al que nos han llevado nuestros votos, es que el sistema de partidos y liderazgos en Bolivia está sufriendo una profunda metamorfosis. Estamos ante la consolidación de una sociedad civil que empieza a privilegiar la funcionalidad sobre el heroísmo;, la praxis sobre el discurso y la modernidad virtual frente a la burocracia reciclada, lo que habla del inicio de un tiempo en el que la política se juega más en las pantallas que en el cabildo.