Verónica Ormachea Gutiérrez
Cuando tenía 10 años, mi familia llegó a Bolivia y mis padres me inscribieron al Loreto College. Era un colegio privado de monjas católicas canadienses que se iniciaba en La Paz. No usábamos uniformes; sólo un delantal blanco igual al de las alumnas de los colegios fiscales.
En 1968, las monjas, se adscribieron al Concilio Vaticano II y a la Conferencia de Medellín de la que nació en Latinoamérica la Teología de la Liberación que optaba por una iglesia para los pobres.
Las hermanas del Loreto redactaron un manuscrito en el que el colegio comprometía su participación en el proceso de desarrollo y transformación de las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas en Bolivia, basado en la Conferencia de Medellín. Un documento más político que educativo y religioso.
Las hermanas compraron un pequeño palecete neoclásico del siglo XIX en la elegante avenida Arce que había pertenecido a la familia Sanjines Goitia. Allí impartían clases y vivían en el tercer piso.
Becaron a contadas niñas de escasos recursos y aceptaron a muchachas de familias de medianos y altos ingresos que resultaron ser la mayoría. Lo correcto, considerando su ideología, hubiera sido crear un colegio para niñas de familias pobres y ofrecer una educación gratuita. Pero no fue así. Ellas tenían un claro objetivo de concientización política principalmente a las estudiantes de clases acomodadas.
Cuando tenía catorce años, invitaron a quienes quisieran, a trabajar como voluntarias en obras sociales. Asimismo, a asistir a conferencias y talleres. Yo tomé uno de cine dictado por el sacerdote jesuita Luis Espinal.
En las charlas, las monjas hablaban de las desigualdades sociales y económicas que existían en Bolivia; de la injusta situación en que vivían los mineros; de la necesidad de integrar a los indígenas pobres a la sociedad y darles educación y salud; de condenar la discriminación racial; de que había que entregar la tierra a quien la trabaja; y sobre el éxito de la revolución cubana, entre otros.
También teníamos encuentros con jóvenes de colegios estatales y visitábamos orfanatos.
Las religiosas estaban en estrecho contacto con los sacerdotes de la Compañía de Jesús, que dirigían el colegio San Calixto. Compartíamos con los jóvenes las Comunidades de Vida Cristiana donde nacieron amistades y amores.
Nuestros amigos iban a Caluyo, una población en el altiplano donde iban a hacer labor social con los indígenas con quienes compartían, comían y jugaban fútbol. Incluso llevaban tarros de pintura y juntos pintaban sus paupérrimas viviendas.
También iban a Tarila, ubicado en Puente Villa, en sur Yungas. Era una casa en cuyos jardines acampaban. Ocasión donde el clero los adoctrinaba en temas religiosos.
Uno de mis hermanos decidió ser de izquierda y cura. Usaba melena, poncho, una chuspa de aguayo para cargar sus libros y forró la pared de su habitación con estampillas de santos que le regalaban los sacerdotes.
Las religiosas, de forma paralela al proceso interno de educación, sutilmente utilizaban el evangelio para concientizarnos los cual ignorábamos porque estábamos entrando a la adolescencia.
—¿Qué tal la clase de religión? —me preguntó mi madre en esos días.
—Rezamos por los guerrilleros.
—¿Qué? —y se le saltaron los ojos.
—Sí, mamá. Los que se unieron al Che Guevara.
—¿Y rezan también por el Che?
—Por todos.
—¿No te das cuenta que ellos matan para imponer el comunismo? ¿Que ni siquiera son católicos?
—No nos han dicho eso.
—Por supuesto que no se los van a decir.
—¿Y que más hacen?
—Bueno… nos dan la hora de religión para hacer tareas para así poder ir en las tardes a hacer el trabajo social, que tú sabes. Las “sisters” dicen que nuestro cristianismo debe ser activo.
—¡Estas monjas hechas las santas, son el engendro del demonio, no de Dios! —gritó— ¡Te prohíbo que vayas en las tardes a esas actividades del colegio! ¡Monjas comunistas, desgraciadas están lavando el cerebro a nuestras hijas para que sean de izquierda!
Yo quedé seca. Como el Che era mi ídolo, tenía escondida en mi cartera una foto suya con su boina que recorté del periódico. Era el hombre más buscado en Bolivia, pero a mí no me importaba. Yo lo admiraba porque quería que no haya pobreza y que todos seamos iguales.
Mis hermanos y yo tocábamos la guitarra y aprendí todas las canciones de protesta. Sabíamos las letras de memoria. Pero cuando mis padres se acercaban, de inmediato tocábamos las de los Beatles.
A escondidas cantábamos las de Benjo Cruz, las del grupo chileno Quilapayún, las de Violeta Parra, Piero, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune y otros.
Ahora que escribo esta nota, recuerdo un fragmento del cantautor Benjo Cruz, un hombre consecuente, que dio su vida por su causa. Compuso La preguntita.
Otra vez yo pregunté:
—Tata, ¿qué es lo que sabe de Dios?
Me miró con ojos serios y nada me respondió.
—Mi padre murió en las minas sin curas ni protección. Olor a sangre minera tiene el oro del patrón.
Tras la radical prohibición de mis padres, dejé de ir a los encuentros en las tardes.
Sin embargo, leía los periódicos y escuchaba sin falta la radio. Aún no había llegado la televisión.
La situación en Bolivia ardía. La guerrilla liderada por el Che y piloteada desde Cuba estaba en pleno auge. El Che tenía la misión, desde el corazón de América, de difundir la Teoría del Foco.
A pesar de que el Che tenía la experiencia de la revolución cubana, comandaba el improvisado Ejército de Liberación Nacional (ELN) contra los soldados de la Fuerza Armadas de Bolivia en Ñancahuazú, ubicado en la selva del sudeste de nuestro país. Morían como moscas. El Che observaba que los afiliados bolivianos no tenían la garra de sus compatriotas cubanos. Las circunstancias políticas eran muy distintas.
La derecha estaba aterrorizada por temor a que se expanda el comunismo ya que la Guerra Fría estaba vigente y sin vestigios de que llegue a su fin. Temían por la lucha de clases.
Lo que me daba pena era que por quienes yo seguía rezando estaban siendo asesinados y muchos hijos de amigos y parientes nuestros, estaban sumándose a las filas de la guerrilla, entre ellos el entrañable líder Maco Gutiérrez.
¿Morir o matar por una ideología? Debía ser muy poderosa, pensaba yo. Pero al mismo tiempo reflexionaba que Jesús había promulgado el cristianismo a través de la palabra, no de las armas, y que su credo perduraba durante dos mil años. Estaba confundida.
La estrategia guerrillera fue un error desde el inicio. Los cubanos y bolivianos creyeron que como en la Sierra Maestra, podían pilotear la guerrilla desde la selva y esconderse en ella. Se encontraron, sin embargo, asediados por una naturaleza adversa, la escasez de alimentos, la malaria, y los militares apoyados por el gobierno estadounidense. Una guerra desigual. Y lo que es más grave. Los indígenas de la zona eran guaraníes, apenas hablaban español y poco o nada les interesaba ni comprendían la ideología comunista.
Otra hubiera sido la historia si concientizaban a los mineros cuyo promedio de vida en los socavones era de treinta y tres años. Probablemente allí hubiesen encontrado respuesta.
Finalmente, en 1967 el médico argentino — cubano Ernesto Che Guevara cayó preso y el gobierno del General Barrientos lo ejecutó. Cuando vi la foto de su cadáver en el periódico, no sé por qué me imaginé que así sería Jesucristo.
Éste sigue siendo uno de los referentes míticos de la historia contemporánea. Su figura suele relacionarse con Bolivia.
A pesar del asesinato del Che, los ánimos no calmaron. Mis padres se sintieron traicionados por las monjas comunistas de las que decían que ocultaban a los guerrilleros en el colegio. Y, convocaron a una reunión de padres de familia en nuestra casa.
Luego de largas discusiones seis familias de mi curso decidieron sacarnos del colegio y nos inscribieron en el colegio Saint Andrew´s.
Yo pregunté por el profesor de religión. Me contaron que era el seminarista Néstor Paz Zamora. Una amiga me comentó con lágrimas en los ojos: “Se fue a una nueva guerrilla, a la de Teoponte… murió de hambre…”.