Franco Gamboa Rocabado
¿Son la maternidad, paternidad y el matrimonio con hijos, un conjunto de obstáculos estructurales e insalvables que conducen al fracaso personal? Un análisis reflexivo exige prudencia, especialmente cuando se discuten temas sensibles como la libertad individual y la realización profesional. Las declaraciones de Durby Blanco sobre la maternidad —presentada como una dificultad para cumplir los sueños profesionales de una mujer— abren un debate legítimo, pero también revelan algo más profundo: el modo en que el lenguaje deja escapar contenidos inconscientes que van más allá de la intención explícita de quien habla.
El lenguaje como síntoma del inconsciente
Una idea atribuida a la tradición psicoanalítica —particularmente a la lectura del psiquiatra francés Jacques Lacan — sostiene que “el lenguaje es el inconsciente del otro”. Es decir, cuando alguien habla, no solo transmite argumentos racionales, sino que también se filtran valores, tensiones internas y aspiraciones ocultas que la persona quizá no reconoce de manera consciente.
En este sentido, las palabras utilizadas para referirse a la maternidad como un lastre o impedimento, pueden interpretarse como algo más que una simple opinión sobre la organización de la vida profesional. Reflejan una visión cultural específica, la de una época que tiende a identificar el éxito con la “autonomía individual absoluta”, la disponibilidad total para el trabajo y la afirmación constante del propio yo. Sin embargo, el lenguaje que descalifica la maternidad suele decir más sobre las jerarquías simbólicas de la sociedad, que sobre la maternidad misma.
En muchas sociedades contemporáneas, el ideal del éxito se ha ido transformando. El modelo dominante ya no es, necesariamente, el de la persona que construye una familia y un proyecto colectivo, sino el de la figura autosuficiente, centrada en su trayectoria personal, su visibilidad pública y su capacidad de competir.
Dentro de ese imaginario cultural, aparece con frecuencia un nuevo símbolo: la persona joven que alcanza cargos de poder, proyecta seguridad absoluta y exhibe independencia frente a cualquier compromiso que limite su libertad individual.
Cuando alguien habla desde ese lugar —por ejemplo, subrayando que la maternidad “retrasa” o “dificulta” la realización personal— el discurso puede adquirir un tono que algunos perciben como “altanero o excesivamente afirmativo”. Pero, más que juzgar la personalidad de quien lo expresa, conviene preguntarse qué estructura cultural sostiene ese tipo de afirmaciones. El mensaje implícito puede resumirse así: “el éxito consiste en no depender de nadie” y no cargar con responsabilidades afectivas que limiten el ascenso personal.
El problema no radica en que una mujer decida no ser madre o priorizar su carrera; esa es una elección legítima dentro de una sociedad libre. El problema aparece cuando esa elección se convierte en una norma simbólica; es decir, cuando se transmite la idea donde la maternidad es una forma “inferior” de realización. Simultáneamente, y de manera inconsciente, muchas personas consideran a la familia (o a la posibilidad de fundarla), como una especie de “prisión invisible”, una “farsa” declarada legal para oprimir las relaciones desiguales entre el hombre y la mujer o, finalmente, el inconsciente rechazo a esclavizarse con los hijos, lo cual termina siendo un desprecio por la maternidad, considerada como una sentencia de muerte para el ego, que prefiere la libertad de elegir y la promoción del éxito individual.
Ese desplazamiento revela un rasgo más amplio de nuestra época; lo que muchos filósofos sociales describen como la expansión del “narcisismo cultural”. En este horizonte, la vida se orienta principalmente hacia la afirmación del yo, el reconocimiento público, la acumulación de logros individuales y la maximización del placer o la satisfacción personal. En este marco, la maternidad —y la paternidad— aparecen como proyectos incómodos, porque implican sacrificio, “responsabilidad prolongada” y una inversión afectiva que no siempre produce recompensas visibles o inmediatas.
El desafío ético de fundar una familia
Educar hijos, sostener vínculos familiares y transmitir valores entre generaciones, constituye una tarea profundamente compleja. Implica renunciar a una parte del tiempo personal, aceptar incertidumbres y construir una responsabilidad que dura décadas. Desde esta perspectiva, la maternidad no es simplemente un rol biológico, ni tampoco un obstáculo logístico. Puede entenderse como una de las experiencias éticas más exigentes que existen, porque obliga a pensar más allá de la propia gratificación inmediata.
Cuando el discurso público reduce la experiencia de fundar una familia a una simple traba para el éxito, algo importante se pierde: la comprensión donde la continuidad de la sociedad depende, justamente, de esas decisiones que no siempre son rentables en términos individuales.
Sería un error convertir a una figura pública en la única responsable de este debate. Las palabras de una persona pueden ser provocadoras, pero en realidad expresan una tendencia cultural mucho más amplia. Hoy, muchas sociedades enfrentan un fenómeno preocupante como la caída acelerada de las tasas de natalidad y fecundidad.
Países con economías avanzadas, sistemas educativos sofisticados y altos niveles de desarrollo tecnológico como Japón o Singapur, descubren ahora una paradoja donde el progreso material no garantiza la continuidad demográfica. De hecho, en muchos casos ocurre lo contrario. Cuando la lógica del éxito se vuelve radicalmente individualista, la formación de familias pasa a ser percibida como un costo excesivo.
La precaución necesaria
El debate sobre maternidad y realización profesional exige cautela. No se trata de imponer modelos de vida, ni de juzgar decisiones personales. Pero tampoco es prudente promover una narrativa cultural que convierta la maternidad en sinónimo de fracaso o limitación.
Una sociedad que pierde la capacidad de valorar la transmisión generacional, corre el riesgo de convertirse en algo distinto, en un espacio altamente competitivo, productivo y tecnológicamente eficiente, pero cada vez más frío, solitario y demográficamente frágil. El verdadero desafío contemporáneo no es elegir entre maternidad o realización profesional.
El desafío consiste en reimaginar las instituciones, el trabajo y la cultura para que ambas dimensiones puedan “coexistir” porque, al final, ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre el éxito individual. También necesita familias, vínculos y generaciones futuras que mantengan viva la continuidad humana. Las declaraciones de Durby Blanco no contribuyeron a nada; curiosamente, mostraron una absurda vanidad personal y una terrible ignorancia sobre los desafíos de la libertad individual en el siglo XXI.