Pablo Cingolani
En las oquedades de los Andes
Emergen sin iguales tapices de musgos
Estallan con su verdor, tan potente
Que tus ojos se magnetizan
Y no piden sino otra cosa: que
No dejes de mirarlos y
Acariciarlos con plenitud
¡Son tan bellos!
Una isla de vegetal hermosura[1]
En medio del paisaje agreste, decidido
Ese que labran la piedra y el tiempo
Que la raspa y la raspa
Y vuelve todo irreal…
Esa virtud invencible
Que atesoran las quebradas
Pero he ahí, el musgo
Que humilde en su coraje, y silencioso, se está
Latiendo entre la vida y la muerte
De los abismos, las grietas
Que amenazan cerrarse y devorarte…
La incesante geología
Que no perdona nunca
Salvo a la valiente osadía de los musgos
Por eso, simplemente
Les canto a su gracia
A su galanura
A su belleza efímera
A su implacable decisión de existir
Aferrados a la piedra, a su destino
Brotando, brotando siempre
Volviendo siempre a los 17[2]
Porque “el sol está
No es de papel, es de verdad”[3]
Igual que ellos
Igual que los Andes
Igual que los musgos.
[1] Parafraseo a José María Arguedas
[2] Brotando y volviendo siempre a la gran Violeta Parra
[3] Charly García: Cuando comenzamos a nacer (Vida, Sui Generis, 1972)