Carlos Decker-Molina
Durante décadas se creyó que la modernidad había conseguido, al menos en parte, separar la política de la teología. No de manera perfecta, por supuesto, pero sí lo suficiente como para que los Estados modernos aprendieran a convivir con una idea básica: La soberanía no debía depender de la fe y la guerra no podía justificarse en nombre de Dios. Esa promesa hoy se resquebraja.
La guerra en Oriente Medio vuelve a mostrar algo que muchos preferían no ver. No se trata solo de territorio, seguridad, petróleo, fronteras o hegemonía regional. También se libra en el plano de los relatos sagrados, de las identidades absolutas y de las legitimidades religiosas.
Cuando Benjamin Netanyahu insiste en negar la viabilidad de un Estado palestino, no habla solo como jefe de gobierno de una potencia militar, sino como dirigente de un proyecto nacional cada vez más atravesado por una idea excluyente del derecho histórico y religioso sobre la tierra.
En sentido opuesto, desde el campo chiita más radical, la desaparición de Israel sigue siendo imaginada como horizonte político y teológico. El conflicto deja entonces de ser negociable, porque lo absoluto no se negocia. Netanyahu declaró en 2025: “There will be no Palestinian state”, mientras el rechazo iraní a la legitimidad de Israel ha sido un rasgo estructural del discurso de la teocracia de Teherán durante décadas y sigue presente en el lenguaje de sus sectores más duros.
El punto más inquietante es cuando la política se sacraliza, el adversario deja de ser un rival y se convierte en hereje. Y cuando eso ocurre, la diplomacia ya no aparece como una salida honorable sino como una traición. El resultado es una regresión histórica. No exactamente una repetición de las Cruzadas medievales, porque el mundo de hoy es geopolíticamente más complejo, pero sí una nueva forma de guerra civilizatoria en la que los Estados movilizan símbolos religiosos para justificar proyectos de exclusión, expansión o aniquilación. La retórica deshumanizante contra los palestinos y los llamados a “erradicar” Gaza se han vuelto cada vez más visibles en sectores de la política israelí, al mismo tiempo que la confrontación con Irán ha adoptado un tono cada vez más existencial y mesiánico.
En Estados Unidos ocurre algo parecido. El trumpismo no es solo un fenómeno nacionalista está también sostenido por un fuerte componente religioso, especialmente por corrientes del cristianismo político que se conciben a sí mismas como guardianas de una civilización amenazada. El actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha hablado recientemente de “Christian foundations” y de la necesidad de restaurar una identidad cristiana y occidental en la vida pública estadounidense y en la de las américas. En actos públicos vinculó la agenda de Trump con la defensa de la fe y de los “Western values”. Ese lenguaje no es inocente porque desplaza la idea republicana de ciudadanía plural y la reemplaza por una definición cultural y religiosa de la nación.
Por eso la pregunta decisiva no es si estamos exactamente ante nuevas cruzadas, sino si estamos entrando en una época en la que la religión vuelve a ser utilizada como armadura de proyectos imperiales, nacionalistas y excluyentes. Mi impresión es que sí. No porque la religión haya vuelto espontáneamente al centro de la vida pública, sino porque las derechas contemporáneas la han reciclado como instrumento de movilización identitaria.
En Europa, por ejemplo, buena parte de la extrema derecha ya no defiende el cristianismo como fe, sino como frontera cultural contra el islam, la inmigración y el pluralismo. Estudios recientes sobre Europa occidental muestran que la islamofobia contemporánea se relaciona más con el nativismo y el autoritarismo que con la práctica religiosa cristiana en sí; es decir, “lo cristiano” funciona muchas veces como marca civilizatoria y política más que como convicción espiritual.
¿Y dónde queda la libertad de cultos? Queda debilitada. No necesariamente abolida en las constituciones, pero sí erosionada en la práctica por Estados y movimientos que jerarquizan unas creencias sobre otras y convierten la diferencia religiosa en sospecha política.
La laicidad, que fue una conquista histórica para proteger la convivencia, ha quedado arrinconada por discursos que mezclan nación, fe, identidad y seguridad. Lo laico no está muerto, pero está a la defensiva. Y, con la guerra en el medio oriente lleva las de perder.
El peligro es moral y estratégico.
Si Estados Unidos se deja arrastrar cada vez más por una visión religiosa del mundo, su capacidad de arbitraje global disminuirá aún más. Ninguna gran potencia puede pretender ordenar el sistema internacional en nombre de una fe sin agravar las resistencias, multiplicar los enemigos y profundizar la fragmentación. Un imperio religioso, o un imperio que habla en clave religiosa, no universaliza al contrario divide.
Oriente Medio puede ser, en ese sentido, el laboratorio del retroceso. Allí se juega no solo una guerra regional, sino una señal para el resto del mundo, es decir, la señal de que la secularización política ya no avanza, sino que retrocede; la señal de que la razón de Estado vuelve a buscar legitimidad en la trascendencia; la señal, en fin, de que el siglo XXI podría parecerse menos al mundo racional y laico que prometía la modernidad y más a una nueva edad de fanatismos cruzados.