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Amalia Cordero: la escritura como casa, como río, como herida que canta

Inmediaciones

Hay escritoras que narran el mundo. Y hay otras, como Amalia Cordero, que lo susurran. Escritora cubana de relatos, ensayos y microrrelatos, su obra es un tejido de memorias, silencios, gatos, ríos, mujeres, pérdidas y ternuras. En sus textos, la vida no se narra: se respira. Se recuerda. Se cuida.

Desde Cuba, entre libros, afectos y resistencias cotidianas, Amalia ha construido una voz que no grita, pero permanece. Una voz que no busca el centro, pero lo transforma. Esta entrevista no pretende desmenuzar su obra, sino acompañarla. Sentarnos con ella en su casa de palabras, mirar por su ventana, y escuchar cómo su vida se filtra en cada línea que escribe.

La entrevista realizada por Inmediaciones no pretende desmenuzar su obra, sino acompañarla. Sentarnos con ella en su casa de palabras, mirar por su ventana y escuchar cómo su vida se filtra en cada línea que escribe. Es un encuentro con la intimidad de una autora que, desde la sutileza, ha logrado que su literatura se convierta en un espacio de permanencia y resistencia.

Entrevista sin red

1. Amalia, si tuviera que contar su vida sin fechas ni lugares, solo con imágenes, olores o sonidos, ¿cómo comenzaría ese relato?

Junto a una laguna rodeada de vegas tabacaleras  donde de noche se expande  el aroma del tabaco seco,  vine al mundo. En mi andar penetré a una hermosa selva virgen con helechos milenarios que ascienden  empinadas laderas.  En sus pies atravesé ríos mansos que bañan limpios monolitos. De nuevo en otras montañas experimenté la misma  humedad mañanera, el olor  a hierba recién lavada  por el rocío y el canto de aves  que nos identifican. Al tiempo me esperaba el mar con su inmensidad y el salitre que impregnaba mis poros.  Me acompañaron en el trayecto los libros y el bullicio de niños a los que contagié mis pensamientos y les abrí senderos para su vida desde campos de limoneros salpicados de azahares. 

2. ¿Qué recuerdos guarda de su niñez? ¿Qué cosas la hacían soñar entonces, y qué de todo eso sigue latiendo en su escritura hoy?

Recuerdo que mi hogar fue mi primera escuela. Todo lo que me ha abierto puertas lo traigo guardado desde allí. Mis padres destacaron por ser cuidadosos colaboradores de los maestros, celosos de la disciplina y los mejores hábitos de orden,  respeto y educación, en la escuela y en las relaciones con vecinos y familiares. En medio de aquel ambiente fue permanente  la insistencia de que la opción de vida era estudiar y que el magisterio sería mi mejor oportunidad. Entonces, aunque el futuro se mostraba incierto, se fue acunando en mí  una mística de buscar caminos más allá del horizonte. Soñaba que sería maestra  como las que a diario admiré por su ética y en mis sueños estaba la decisión de que mi futuro no sería el de mi madre y mis vecinas como amas de casa.

De aquellos aprendizajes bien guardados en mis pensamientos y en mi   conducta llegan las ideas que desarrollo en anécdotas y van marcando el andar por los caminos  que dejo escritos en mis cuartillas.

3. En muchos de sus textos hay una presencia constante de lo íntimo: la casa, los gatos, los silencios, los recuerdos. ¿Escribir es una forma de cuidar lo que no queremos que se pierda?

Es cierto, me he apropiado de lo que me ha rodeado y de sucesos que he vivido. En ellos  vislumbro lo que ha tenido valores para generar los bríos  que me alientan y mi memoria es  mi principal fuente que genera otros  recuerdos que aparecen en mis escritos. Ahí  los dejo guardados y continuarán aún, cuando no esté. La voz que va conmigo  y me trae reflexiones es la que dejo en los silencios de mis historias, los lectores descifrarán los mensajes. Son cuerdas que vibran con melodía de violín, quedan flotando y desprenden otras para no apagarse. Quizás en muchos he sido protagonista o los he vivido a través de mis padres, mis abuelos, mis hijos o vecinos.  En mi vida he reservado un lugar donde caben todos.

4. Usted ha dicho que la vida está hecha de retazos. ¿Qué retazos la acompañan siempre, incluso cuando no escribe?

Leyendo la obra de Homero Carvallo Oliva descubrí su máxima que en dimensión de verso es una concisa  sentencia: El mundo está hecho de retazos. Llevado a mi vida es envoltura que recoge años, meses, días, momentos,  instantes  que he vivido en distinto lugares y responsabilidades combinadas con las condiciones como hija, esposa, madre, vecina  o maestra y profesora.  Esos retazos  alimentan mis deseos de vivir, de continuar escribiendo, creando, a pesar de los años. Ellos constituyen mi esencia, mi razón de ser.

 5. ¿Cómo es un día suyo en Cuba? No el día de la escritora, sino el de la mujer que camina, que cocina, que escucha, que observa. ¿Dónde empieza la escritura en ese día?

Mi mundo se ha vuelto complejo. En mi entorno familiar hace alrededor de veinte años que atiendo a mi hermana discapacitada. El manejo de las labores hogareñas está montado sobre electricidad: esta es la mejor compañera, pero cuando no está, es una enemiga que rompe todas las reglas y lleva a cambios de estrategias. Realmente  no hay programación definida de horarios para los apagones ni anuncio de la duración. De entrada eso provoca un desequilibrio emocional aún, habiendo utilizado técnicas de relajación o buscando soluciones alternativas para el manejo del hogar. Mi día comienza desde la noche anterior cuando pienso en el menú de mañana. Entonces dejo en remojo los frijoles, el arroz escogido y la ropa dentro de la lavadora. Dejo un bombillo encendido sobre mi cama para enterarme cuando llega. La luz repentina me despierta. Ahí voy, conecto mis equipos y vuelvo a acostarme a veces regreso al sueño, otras no. Cuando me levanto continúo el proceso en el fogón de gas licuado que por demás hay que ahorrarlo para las emergencias como ciclones o colapso energético o cuando la electricidad demora más de veinticuatro  horas. Y tener en cuenta que la asignación de este combustible por el estado que es de dos balitas al año en  este dos mil veinticinco aún no me han llegado la primera y la que uso se compró a un elevado precio.  Estas incidencias que vivo son temas de conversación permanentes del que llega y no consiguió la vianda que necesitaba o el salario no le alcanza para acceder a lo imprescindible para el sustento. Todos estos inconvenientes  para una parte de la población son más acuciantes, para otros, generan emociones e inconformidades que si alguien no las se expresa abiertamente, asoman en la tristeza de sus rostros.

    Mientras mis actividades se realizan a un ritmo más lento que el normal, late en mi cerebro la necesidad de  encontrar un espacio para continuar el tema del que estoy escribiendo.  Entonces lleva un ejercicio mental de aceptación de la realidad y convencerme de que no puedo perder el hilo de la concentración porque a veces cuando más inspirada estoy, alguien me llama. De regreso a la página es reiniciar el proceso de aislamiento personal  aunque esté rodeada de personas. La escritura ese día no tiene un horario predeterminado. Puede ser un rato en la mañana, a veces en la tarde y otras en la noche. Su horario es deslizante de acuerdo con las condiciones a los imprevistos que deba enfrentarme

6. ¿Qué papel ha jugado la costa en su vida? ¿Qué le ha enseñado el mar sobre la espera, el movimiento, el silencio?

El día que conocí el mar aprendí algo para toda la vida. Una parte de la playa era para los ricos. A nosotros unos niños guajiritos nos tocó la zona de las piedras con muy poca arena: La sociedad se me mostró como es, dividida en clases.

     Mi otra oportunidad con el mar ocurrió cuando vivíamos en la casa de los suegros. Se nos presentó la oportunidad de una escuela donde nos prestarían una vivienda si íbamos a trabajar allí.  La  escuela estaba ubicada en Playa Girón, en la costa sur  de Matanzas, donde  el mar, casi siempre es muy sereno por ser una bahía.  Fue mi primera ocasión de vivir cerca del mar y la disfruté.  Allí Impartía Geografía con perfil afín a la especialidad  de los  alumnos que se preparaban para ser marineros. Sus prácticas navegando los nutrieron de experiencias y contribuyeron a que pudiéramos intercambiar sobre los secretos y mensajes del mar, más allá de accidentes costeros o localizaciones. Cada atardecer fue mi rutina caminar por la costa, justo donde llegan las olas para que bañaran mis pies.  Fue un ritual tratando de aquietar mis  inquietudes  sobre si ese lugar sería definitivo o la vida nos tendría otras sorpresas. Seguir  el movimiento de las olas en su ir y venir y la marea, que inevitable, como sube, baja en su momento y por libre que sea no llega antes ni después,  lograron gestar sensación de espera y aquella, fue un espera fértil.

. Entonces el mar y mi deambular por la costa junto a mis dos hijos pequeños, fuimos protagonistas en el acto de lograr mi paz espiritual: se disiparon aquellos ruidos que me atormentaban, gané en paciencia, la que el mar tiene.   Fue mi consuelo hacerme a la idea de que pueden venir tropiezos, dificultades, momentos difíciles, inseguridades y como los residuos que se descubren en la marea baja, en mi interior resuenan pasiones como las fuerzas del fondo marino que volverán a su lugar, cuando él regrese, a su tiempo. Ese tiempo ineludible aprendí a valorarlo  en cada paseo diario y en mi convivencia a su lado. Fueron tres años inolvidables de continua renovación de mis energías mientras el movimiento eterno de su inmensidad arrullaba mis noches con su silencio sonoro y el latido permanente de las aguas que en su silencio guarda trinos de vida que invaden como el salitre. A los tres años  trasladaron la escuela para otra provincia y así llegó mi casa propia, aunque lejos del mar que siempre llevo conmigo.

7. En su obra hay una ternura que no es ingenua, sino resistente. ¿Cómo se escribe desde la ternura sin caer en la nostalgia vacía? ¿Cómo se defiende la dulzura en un mundo que a veces la desprecia?

Mis vivencias y lo que ha quedado en mi memoria, viven como el agua de un pozo. Me asomo a su brocal y ahí están envueltas en la transparencia del amor. Mi mirada absorbe la esencia de los que conozco, personas que han luchado por sus sueños, los que han sufrido por no lograrlos, parientes que con sus acciones quisieron que disfrutara momentos felices. Del mundo anoto lo que repudio y me horroriza. De mi país lo que vivo inmersa en él. De todas las circunstancias he aprendido algo y me han redimido de posibles culpas, ¿Cómo no amarlas? Por eso en mis escritos quedan las emociones  que invaden mis sentidos de alegrías o me han estremecido por pérdidas. Las reservas no tienen lugar en el mundo que me he creado y defiendo  el  espacio de la nostalgia como el refugio para  que cada recuerdo regrese bienvenido sin posibilidad  de que caiga en el olvido. 

    He leído testimonios de grandes escritores que han sufrido a veces que se desprecia su obra.  Algunos, con los que coincido, afirman que cada escritor tiene sus lectores. Es que esa es la vida con su libertad para elegir. En una oportunidad  mi criticaron en relación con el estilo que se evidencia en mis obras. Al principio me afectó bastante. Acepté y reflexioné: ¿Cómo escribo sin que deje testimonio de lo que me dolió, de mis arrepentimientos, de los olores que me marcaron y han sido brújula? ¿Cómo escribo si sólo describo el bosque y no menciono el olor a la hierba húmeda o cómo me atraen las aves que trinan dentro de ellos? Entonces me repuse. Creo que me fortalecí defendiendo las páginas que he escrito sin llevarlas a tinta porque mi mirada fue para aprender de aquel incidente y me dije: Es mi estilo, son mis emociones, mi mirada íntima y personal a lo que guardo de mi larga vida estrenada en muchos lugares y responsabilidades, es huella testimonial de mi paso por la Tierra. Después  continué escribiendo. Sin embargo,  es mi preferencia que alguien, varios,  lean mis textos.  Estudio las sugerencias, cuestión que me ha dado resultado y rectifico lo que sea necesario. Escribo para eso, alguien me leerá y ahí estaré con el lector.

8. ¿Qué le duele cuando escribe? ¿Y qué le sana?

 Tengo el librero en el paso intermedio de mi casa donde él es ineludible  porque lo rozo en cada cruce. Atesoro muy buenos libros escogidos por mi o regalados y hay muchos que aún no he podido tener. Ahí comienza mi dolor. Tantos libros al alcance de mi mano y que no me va a alcanzar el tiempo para  leerlos.

    Me duele el poco tiempo que puedo dedicar a escribir sobre apuntes que guardo en libretas, ideas en mi cabeza y sucesos que ocurren a diario en el mundo a los que repudio aunque  no pueda remediarlos. Cuando los llevó  a una hoja, la imagino una trinchera desde la que lanzo un disparo con la intención de que su llamado sea sanador. Guardo textos, ya convertidos en libros, que esperan una revisión y una novela en curso, además de tantas ofertas de concursos pendientes.

    Cada día trato de sentarme a escribir, a veces interrupciones en las que pierdo minutos que son horas y me atrasan, pero me sana revisar un texto que escribí hace tiempo y comenzar uno nuevo. Escribir es una terapia que me alimenta. Frente  a una página en blanco su mundo me absorbe y se ha convertido en una necesidad.

9. ¿Qué significa para usted ser una escritora cubana hoy? ¿Qué le da la isla y qué le exige?

 Hace años escribo, pero mis obras viven en el anonimato con que me viste el fatalismo geográfico de vivir en un municipio, al sur de una provincia, o puede ser que mis obras no  han superado la varilla de lo que se exige en los concursos en los que he participado. Como he venido explicando escribo sobre hechos que he vivido o me han tocado de cerca, costumbres dentro de las que me formé, los procesos dentro de los que estudié  y trabajé. Como río manso va fluyendo el devenir de los tiempos, voy contando parte de la historia de mi país en la segunda mitad del siglo XX y la primera mitad del XXl. Cuento desde un sentimiento de compromiso revestido con la transparencia del agua de un manantial que brota espontánea porque narro lo que me ha rozado la piel y lo que mis ojos han visto como una simple ciudadana.

La isla me exige la defensa de mi arraigo  a las raíces con las que ella me  ata Por su misma condición  geográfica, de ser un punto en medio del  Mar Caribe me ofrece una naturaleza con muchos valores endémicos y un pueblo con una idiosincrasia muy particular que condiciona hábitos que nos identifican en cualquier lugar del mundo y una historia de luchas con símbolos que inspiran arraigados al concepto de defender la independencia, De mi isla tengo la particularidad de haber vivido el inicio y desarrollo de un proceso político, social y económico de cambios donde a períodos de bonanza y esperanzas cifradas en el futuro, que se auguraba mejor, han sucedido tiempos en descenso donde se manifiestan marcadas diferencias sociales y opiniones polarizadas. Lo que sucede  en mi país, si sale bien,  me alegra, lo que no está bien, me duele porque aquí tengo mis raíces que alimentan la espiritualidad y constituyen  mi identidad  formada dentro de  las luces y sombras de su historia. Creo que lo vivido  me exige transparencia, equilibrio y opinión propia. Otras generaciones conocerán cómo sucedieron los hechos  y con las diferentes opiniones que les lleguen  podrán evaluar. Ese  será un proceso de largos años. Mi grano de arena estará ahí.

. 10. En textos como Silencios llenos de trinos o Desde las aguas del Guaíba, hay una musicalidad que acompaña la memoria. ¿Qué papel juega el ritmo, la pausa, el susurro en su forma de narrar?

 Mis primeros escritos, que fueron empíricos, parecían la composición de un niño de cuarto grado; puras descripciones o sucesiones de hechos. En un excelente taller donde inicié con personas muy preparadas, no me hablaron de ritmo, pero sí de emociones, de tener en cuenta olores, colores, miedos. Que introdujera comparaciones para darles vida y me repetían, escribe con el corazón. A medida que escribía en aquel entrenamiento fui realizando incorporaciones. Comencé a leer más despacio e imaginarme, como quien mira una película, las escenas de las tramas. Y así fui frenando  mi carrera. Mi ritmo rápido de los primeros tiempos fue disminuyendo y dio paso a la recreación, a un ritmo más lento, pero me permitió introducir pausas, derivar hacia otras imágenes del presente o el pasado del protagonista  y mis propias vivencias. La intención es que el lector descubra el mensaje de los silencios que dejo encubiertos en metáforas y elipsis. Creo que  la acción de escudriñar para  encontrar la belleza en lo que observo y tratar de expresar con mis palabras lo sutil, lo frágil e imaginar el ″eco de lo invisible″, es lo que logra ese susurro que el lector puede descubrir.

11. ¿Qué mujeres la han formado, no solo como escritora, sino como persona? ¿Qué herencias lleva en la espalda y en la voz?

¿Y qué es la vida sino un proceso evolutivo? Es un continuo roce social e intercambio de culturas diferentes y costumbres arraigadas, que se involucran. Se moldea la personalidad  en ese medio donde hay personas que influyen más que otras. Mi madre es protagonista en mi vida desde su preocupación y atención a mi formación y la atención específica al aprendizaje. Ella y mi padre eran asiduos lectores. Fue un hábito que absorbí. De ella fue decisivo el ejercicio de la confianza que me depositó, como apoyo, en la elección del sendero que asumí para mi futuro.

 Cuando estuve lejos, estudiando, mi madre me acompañó todo el tiempo a través de sus cartas. Al responderlas ya yo estaba escribiendo mis preocupaciones, mis logros y avances. De ahí viene mi adicción con las cartas que tan celosamente ella guardo. Al paso del tiempo son mis diarios de aquella época.

 Muchas mujeres han sido mi espejo. Atrapo algunos nombres que las representan a todas. De mi país Dulce María Loynaz, Carilda Oliver Labra, Damarys Calderón. Yolanda C. Brito Álvarez y Tania Piñeiro Cordero, mi hija,  han sido mis lectoras Alfa y mis correctoras más cercanas. A través de las redes sociales me he relacionado con importantes escritoras a las que sigo y admiro, son mis referentes para inspirarme y rectificar lo que escribo. Leo sus publicaciones que utilizo como material de estudio. De la obra de ellas he escrito reseñas con las que he profundizado en sus obras. Debo destacar mi admiración por el estilo en la obra de la Premio Nobel Hang Kang y la española María Carmen Hinojal.

A mi espalda llevo como un noble legado lo que admiro de los libros que he leído, los pronunciamientos y las experiencias de otros escritores. Mi voz da vida y presencia a los que como yo hemos venido de abajo, de las capas humildes esas que  para lograr buena cosecha hay que labrar duro la tierra. Esa ha sido mi cosecha: lograr los sueños que me he ido proponiendo aunque algunos no han podido ser.

12. ¿Qué le gustaría que sintiera alguien que la lee por primera vez? ¿Y qué le gustaría que recordara quien la ha leído muchas veces?

Me gustaría,  que quien me lee por primera vez,  a medida que lee, se vaya imaginando la trama y con su imaginación activa se  emocione y pueda  descubrir que los libros son el espejo de la vida y disfrute  la belleza intrínseca en cada historia.

     Quiero que quien me ha leído muchas veces me recuerde como una escritora que entregó su corazón y vibró al ritmo de la vida de la naturaleza y la sociedad, que dejó en retazos su propias vivencias, pero testimonio al fin de la continuidad de su tiempo y su época y que su misión estuvo centrada en contar historias.

13. ¿Qué palabras la sostienen cuando todo parece desordenarse? ¿Tiene alguna palabra amuleto, alguna frase que la acompaña como un abrigo?

He tenido momentos en los que en realidad he sentido que todo se derrumba a mi alrededor. Detrás del impacto que he esperado o me ha sorprendido, espero que las aguas tomen su nivel para pensar o buscar una solución.  Sí, traigo conmigo un amuleto en una frase que copié de mi padre y me ha dado seguridad y confianza: Pienso y me repito, ¡Siempre escampa! y después espero…

14. ¿Qué sueños la acompañan hoy? ¿Hay alguno que aún no se ha atrevido a escribir?

Hoy me acompañan varios sueños. Como todo escritor, poder publicar mis libros que están pendientes de volver por ellos a un proceso de revisión. Concluir mi novela, preparar un libro de  haikús para lo que tengo que estudiar mucho. Siempre hay retazos guardados. El tiempo dirá la última palabra.

15. ¿Qué pregunta le gustaría que le hicieran y nunca le han hecho? ¿Y qué respuesta le gustaría poder dar, aunque aún no la tenga?

Esta es mi primera entrevista sobre mis intimidades como escritora. Las preguntas han tocado los aspectos que me han llevado a una autovaloración de mi vida y mi pequeña obra. Me han satisfecho las preguntas. Comencé a escribir mis primeros microrrelatos por una propuesta que me hizo @José Zelaya, escritor hondureño, cuando aún era un estudiante universitario y a quien conocí en las redes. Cuando publiqué algunos hubo amistades que me preguntaron si los había escrito yo. Aquellas incógnitas me llevaron a una pregunta que nadie me ha formulado, pero sobre  la que yo reflexioné: ¿Por qué empecé a escribir tan tarde?

En realidad, ante la posibilidad de que dedicara algo de tiempo a escribir, medité un buen tiempo en el que me rodeaba de obstáculos inverosímiles. Mi conclusión ha sido que me faltaba un empujoncito. Una tarde me encontré con un  periodista del pueblo que había ganado un premio nacional con un testimonio sobre su etapa como alfabetizador. Lo felicité y quise saber cómo había llegado hasta allí.  De pronto interrumpió algo que iba preguntarle y me dijo: Si tú fuiste alfabetizadora, si estudiaste en escuelas rústicas en la Sierra Maestra, si has trabajado en diferentes enseñanzas, en varias provincias, tienes un arsenal para escribir todas tus vivencias. Argumentó. Comienza a escribir tus recuerdos por alguno de los lugares  y acércate al Taller Literario de la Casa de Cultura. Lleva algo de lo que hayas escrito. Así lo hice.  Cuando había escrito unas veinte cuartillas, a mano, fui al taller el día señalado y allí aquel periodista y su esposa me recibieron, eran los asesores literarios del taller. En la primera revisión mi escrito se parecía más a mis planes de clases que a un texto literario. Revisaron sugirieron y yo tachaba, se quedó en diez cuartillas. Así entré en este mundo de la literatura. Después organicé mis horarios y continué asistiendo a mi primer taller.

Pero la reflexión no se quedó ahí. Desde que me gradué como maestra primaria,  pasaron décadas durante las cuales formé mi familia con dos hijos. En cursos dirigidos realicé estudios en dos especialidades. Trabajé en centros escolares con alumnos becados lo que implicaba horarios ocupados por encima de lo regulado laboralmente y con mi concepción respecto a lo que era cumplir con el deber, se me diluyeron días, meses y años. El espectro de mi mirada se concentraba en planes de clases y responsabilidades docentes con una estricta entrega de mi parte. Dentro de aquella vorágine dormía el tiempo que debí definir para mi crecimiento espiritual. Ahora pienso que comencé tarde a escribir, pero el mayor error hubiera sido no hacer el intento  de retomar lo que humanamente me corresponde. Así encontré este camino de las letras donde recreo el pasado y alumbro el futuro.

16. Si pudiera escribirle una carta a la Amalia niña, ¿qué le diría? ¿Y si pudiera escribirle una carta a la Amalia de dentro de veinte años?

Para Amalia niña:

    Amalia, aunque ha pasado mucho tiempo, quiero que revivamos tantos momentos que no se olvidan. El patio era el jardín de nuestro palacio. Llevábamos a mi hermana más pequeña que aún no caminaba suelta. Le ensenábamos el retoño nuevo o la frutica lograda en la plantica de manzana que papá cuidaba con tanto celo y que él trató de lograr en nuestro clima. Cuando descubrimos la primera exclamé: ¡Está viva, Amalia!  y aplaudimos. Mi hermanita tan pequeña no entendía lo que nosotras disfrutábamos,  pero se quedaba mirando y no me soltaba. Tú y yo fuimos su sostén. Hoy muy lejos de allí continúa tomada de mi mano.

    A dos pasos de nosotras  estaba un olivar, otro de los amores de la casa, precioso, con su copa redonda y aunque  no ha dado una aceituna, la amo porque siempre ha estado ahí y porque en todo el vecindario nadie tenía una como ella. Un día estuvimos muy tristes. Fue cuando  derribaran la palma real al lado del olivar. Sé que fue necesario para tender el servicio eléctrico a nuestra casa. No quise ver cuando la talaban, lloré escondida en el fondo del patio. Ahora te llevo conmigo para que veas cómo me maravillo al visitar zonas de bosques y me duele ver alguno derribado porque aquel recuerdo no ha dejado de dolerme.

    Y qué contarte de la escuela, la amaba. Cuando llovía asistían muy pocos niños, pero nosotras no podíamos faltar. Ese día la maestra se dedicaba a su  escaparate y yo la ayudaba porque lo dejaba muy bien ordenado y el olor de los libros de lectura me atraía. Eso aprendimos tú y yo y en la casa, recuerdas, mamá exigía que fuera así y aprendimos.

     No recuerdo que nos  regañaran. En aquel hogar nadie peleaba. Ellos decían lo que había que hacer y nosotras cumplíamos. Por eso resolvía sola mis tareas y  ayudaba en las labores. No te imaginas cómo me satisface que  disfrutaras cumplir los deberes escolares con tanto deseo e interés. Si cuando me fui a estudiar, lejos de la casa, la nostalgia de la distancia, fue menos dura, fue por eso.

    Y de los libros pues, continúan siendo mis amores. Quizás por ver a mi padre con sus manuales de carpintería me habitué a leerlos y aprendí mucho del oficio. Aún guardo mi primer libro de inglés, era del nivel primer grado. Lo trajo un estudiante de medicina que nos visitaba y me lo regaló. Era su primer libro también, había descubierto que me atraían los libros. Ellos continúan alimentando mi espíritu y han invadido mis espacios.

    No olvido dos tiempos muy dolorosos de los que aprendí. Una noche, de pronto, nubes de tormenta nos invadieron con su sombra  siniestra. La muerte se sentó a nuestro lado.  Esperábamos que al amanecer una bebé estaría con nosotras. Imaginamos  nuestra muñeca nueva, pero… ni la abuela Martina,  la partera del barrio, ni el médico del pueblo, lograron que de ella brotara el primer llanto. Desde esa noche la vida se volvió silencios, no era del color del paseo por el patio ni el de disfrutar la escuela. Nos demoramos para volver  a sonreír. Hasta que  tú te me acercaste. Me pusiste en las manos mi muñeca preferida y tu voz tierna me dijo: ésta cuídala y abrázala y siempre estará contigo como si fuera la que se llevaron en la cajita blanca. ¡Ay, Amalia! eso he hecho con todos los que se han ido de mi lado.

¿Recuerdas cuando nuestro juego era montar un aula en la carpintería? Barríamos el  espacio  y con trozos de maderas creamos asientos y los alumnos eran las muñecas. Cada vez que he entrado a un aula estás tú en ese  universo que ha continuado drenando mis ilusiones. Nos gustaba mucho dar una clase con las nubes y adivinábamos que animales  nos iban apareciendo. Tantas ilusiones hemos vivido juntas. Hubo otros tristes que no quiero que olvides porque de ellos aprendimos: terminé mi octavo grado y no había escuela  donde continuar mis estudios para maestra. Fueron meses con días y noches muy largas. Mi sueño se interrumpía con aquella idea.  En aquel, tu mundo  comenzó a crecer la maestra que he sido. Mamá y papá sabían de mi pena. Hasta que me dijeron: Siempre escampa, lo que sueñas va a llegar. Cuando menos lo esperaba abrieron una escuela y logré mi sueño.

    Hoy no me despido de ti. Debes saber que, aún tú me acompañas, no he soltado tu mano ni la soltaré y  que aquella compañera tuya, pequeñita  que prefería hablar, o hacer silencio,  antes que pelear, es ésta que aún busca, como entonces, el secreto de los cocuyos, para iluminar sus noches.           

    Para ti tu compañera, Amalia.

.

Para Amalia dentro de veinte años

Querida, Amalia, veinte años en estos tiempos trascurren muy rápido, los siento como un soplo. Entonces cuando tú o alguien lea esta carta, aún estarán frescos mi andares por este mundo. Después, de este  recorrido por una larga vida pienso que ha sido como la corriente de un río donde las aguas fluyen, encuentran piedras en el fondo y monolitos a la orilla que debe evadir porque no puede derribarlos para continuar. En ese curso a veces las aguas corren serenas, otras en rápidos cantarinos y otras veces se lanzan desde lo alto para caer en un remanso. ¿No crees que ese accionar es el de la vida?

    Del río debemos aprender que  nace libre, como nacemos todos en el momento del alumbramiento. Desde recién nacidos a través del llanto reclamamos alimento, nos quejamos del dolor y protestamos si alguien no nos agrada. El río forma su cauce y sus meandros cuando debe desviarse de quien interrumpe su recorrido y por lejos que esté el mar o un lago se abre paso y desemboca en su feliz destino. En la vida aprendí que eso es independencia y es la que he querido tener aunque nunca es absoluta y lo que hay que buscar es el equilibrio con límites definidos. Por eso mi sueño fue estudiar y tener una profesión para no seguir el destino de mi madre y mis vecinas que se quedaron en la estación de amas de casa. 

    El sueño tuvo que fortalecer sus alas para un vuelo alto. Me esperaban condiciones rústicas de alojamientos alejada de mi familia por muchos meses, largos recorridos los fines de semanas por las montañas como entrenamiento, bajas temperaturas y un río para el baño. Exigentes métodos de disciplina y rigurosos estudios combinados por prácticas docente y una vida en la que la superación académica fue imprescindible. Fueron difíciles las condiciones, pero resistí.

    Ya profesional cuidé de mi  puntualidad y de mi preparación personal al enfrentarme  a un grupo de alumnos o en el cumplimiento de cualquier otra responsabilidad aunque implicara mi tiempo libre. Quizás pude organizar mejor mi tiempo, pero  es lo pasado y ya no vale tratar de remendarlo. De lo que estuve consciente es  que, actuaba igual que cuando era niña; mi labor la realizaba con mucho gusto. De ahí  mi entrega aunque por décadas no vislumbré el sendero que me llevara a incursionar  en la escritura para la que había acumulado   tantas vivencias. 

 Sería muy bueno que dentro de veinte años mis experiencias inspiren a nuevas generaciones de estudiantes y profesionales. Que puedan cultivar el sentido de pertenencia y la responsabilidad necesarias para nutrir nuestra idiosincrasia y se logre una sociedad culta que nos distinga en el mundo.

Como mujer desde que me gradué fui trabajadora y atendí mis hijos, mi casa y mi familia, con lo que fui independiente económicamente y me relacioné con grupos sociales que ampliaron mi horizonte y sí, me abrí paso en la vida y no tuve miedo a encontrar soluciones y decidir.  Quizás, esa fue la causa por la  que me fue tan difícil firmar mi solicitud de jubilación. Aquella hoja en blanco a la que llegué en el libro de mi vida, fue la más difícil de cerrar. Pasados unos días, mis bríos estaban rejuvenecidos y aparecieron otras opciones  entre las que estuvo dedicar más tiempo a leer y a escribir e incursionar en otros medios de promoción cultural.     

       Mi deseo final es quedar como alguien a donde se puede recurrir para recordar una buena acción o alguien con quien  conversar y hallar espacio de  intercambio y renovación. Que mis obras sencillas y testimoniales sirvan para que nos conozcamos mejor.

    Espero vernos en el espacio mediante de veinte años  y que mi nombre aparezca  en las  páginas de un libro, en cualquier lugar del país o del mundo  y al leerlo quede la imagen  de una mujer que selló sus tormentas con la frase: Siempre escampa. 

                                                                             Amalia.

17. Finalmente, ¿qué es para usted escribir? ¿Una casa, un río, una herida, una lámpara? ¿Qué imagen la nombra mejor?

Para mi escribir es dejarme llevar por las aguas de un río. Ser como él, que crea su espacio en el paisaje  y avanza dentro de sus límites aunque de acuerdo con las circunstancias, a veces se desborda. En mi avance fluyen las ideas que nacieron de una mirada, de un sonido o de una  imagen y las voy moldeando, corrijo el rumbo cuando el obstáculo de una frase o un título, que no encuentro para desarrollar mi tema,   se convierten en un monolito que no me deja avanzar.  Así es mi acto de escribir las historias. A veces desembocan en mar abierto y otras penetran en un sumidero para que el lector se quede imaginando el rumbo que tomaron.

Decididamente me identifico  con un río. Prefiero su andar continuo tras su destino y la alegría del borbotear de sus aguas que dan vida y calman la sed al paisaje que me  rodea y al peregrino  que se acerca.

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