Es difícil ver pasar la historia desde la distancia. Quise estar al lado de mis abuelas Chepa y Elena cuando partieron, no pude. Quise el jueves pasado acompañar a Antonio Araníbar Quiroga cuando el Congreso le rindió homenaje. Pero vivo en México, tuve que seguirlo desde la pantalla, con las emociones enredadas entre las imágenes, las lágrimas, las palmas, y las palabras.
Mis papás conocieron a Toño e Ivone en Madrid, a finales de los sesenta. Pasaron horas fabulosas, dos jóvenes parejas que desde Europa pensaban y soñaban Bolivia. Viajaron, discutieron, imaginaron el futuro. Juraron encontrarse más adelante, el país los esperaba, tenían la misión de responder a su llamado. Y así fue.
Ocurrió el nuevo encuentro cuando Lucho y Beatriz, mis padres, volvieron a La Paz antes de que termine el año 1970. Toño le habló a Lucho del nacimiento de una nueva opción política: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Así empezó su militancia. Más charlas, más ideas, más intercambios, mayor complicidad. Difícil saber dónde comenzaba la amistad o cuál era la frontera del compromiso político. Ambos arroyos desembocaban en una misma fuente: los amigos eran miristas fraternos. “Cumpas” como se decía entonces.
Tengo una conmovedora foto que descubrí unos años atrás por casualidad: Toño está parado, de perfil, con saco y chompa Beatle; Lucho está sentado, alegre y sonriente, con el pelo largo, saco de cuero –aquel que heredé y usé cuando partió–, igual con chompa de cuello alto, aplaudiendo. Imagino que fue un ampliado, congreso o algún acontecimiento social. Los amigos están felices; no alcanzan los cuarenta años.
Por eso sé que Toño lloró profundo, sentido, cuando aquel inolvidable jueves 15 de enero de 1981 mataron a ocho militantes del MIR, entre ellos, a su amigo Lucho.
Desde esos años de entrega y hermandad, mi mamá, mi hermana y yo tuvimos una historia cruzada con Toño, Ivone (madre e hija), Lorena y Toñito. No sé cuántas veces nos abrazamos, lloramos, nos escribimos, nos apoyamos, reímos o planeamos cosas juntos.
Hay muchos episodios guardados en la caja de recuerdos. Traigo uno. A los meses del asesinato de mi padre, se organizó un evento para recordarlos en la calle Harrington, ahí donde los masacraron. El miedo nos invadía y no sabíamos si ir o no. Yo tenía poco más de 11 años y mi hermana 14.
Mi madre le compartió su sentimiento a Toño, que reviró, palabras más, palabras menos: “Todos tenemos miedo, eso es lo que ellos quieren, pero no podemos dejar que el miedo nos venza; por su memoria, lo primero que tenemos que hacer es superarlo”. Fue lo que sucedió. Estuvimos en la tarima, juntos, uniendo nuestro aliento para no derrumbarnos ante la posibilidad de una bomba o de disparos, repitiendo el nombre de los ocho, gritando en una sola voz: “presente”.
El Toño siempre estuvo ahí, acompañándonos. Por eso mi cariño inmenso y mi gratitud.
Pero más allá de esos pasajes personales, el Toño es un pilar de la democracia boliviana. Como pocos, demostró que se podía ser político, hombre de Estado, honesto a toda prueba y moralmente intachable, combinación cada vez más escaza. Le dio al ejercicio de la política un rostro ahora casi olvidado. Fue un servidor de lo público, así, hizo de lo público, de lo común, de la colectividad, la principal motivación de su vida. Su entrega fue radical desde la palestra que le tocó, sea el parlamento, la cancillería, la organización internacional.
En estos tiempos se nos olvida que hubo quienes no escatimaron esfuerzos, lo dieron todo por el proyecto nacional, por la consolidación de una sociedad más justa. Se nos olvida, además, que hubo quienes apostaron por una democracia sin concesiones, sin atajos, sin mañas; por la construcción de una izquierda verdaderamente democrática. ¡Una izquierda de izquierda caray!
Mientras Toño e Ivone vivían su largo y doloroso exilio en Costa Rica, me preguntaba cómo era posible que un gobierno que se decía socialista, que llegó ahí gracias a la apertura democrática de quienes lo antecedieron, pudiera mostrarse tan miserable frente a uno de los hombres más lúcidos y nobles que aportó tanto al país. Mostraron su pequeñez, su mezquindad. Mejor olvidarlos, se hundieron en su propio lodo.
Por suerte la vida da vueltas. Toño pudo volver a su patria y recibir los honores y cariño de los que lo queremos y admiramos.
El jueves, cuando lo vi entrar a paso lento por una de las puertas laterales del Parlamento, no pude evitar repasar los tantos momentos que vivimos, revalorar sus enseñanzas, admirar más su legado democrático.
Lamenté no estar ahí, se me escaparon las lágrimas, quise abrazarlo, me quebré con las palabras de Juan del Granado cuando le dio las gracias. Solo en mi cuarto, canté el Himno Nacional en coro con el país que agradece a un hombre que dejó su sello por donde pasó.
Homenaje a Antonio Araníbar Quiroga, necesario, ineludible, merecido. En la distancia me paro y aplaudo. Grande Toño, gracias.
Hugo José Suárez. Sociólogo, investigador de la UNAM.