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El Bardo

José Pablo Juárez – México

Yo era un bardo que encontró el amor y se perdió en sus laberintos. Vivimos un afecto de proporciones titánicas; le tejía versos que sembraran nostalgia y melancolía en el alma, despedidas impregnadas de una tristeza tan sutil como el susurro del viento. Nunca sospeché que aquellos poemas eran el espejo oscuro de mi destino.

Escribía de verla volar y amarla en su libertad, plasmando —sin darme cuenta— su naturaleza de alas contra mi propia esencia de tierra firme. Dicen que el peor castigo es que se cumpla el deseo. Jamás imaginé que mis versos más lúgubres cobrarían forma, que cada letra y sílaba se materializarían con precisión quirúrgica. ¿Fue una profecía, o mi inconsciente amaba tanto la tristeza que la convocó con sus propios susurros?

Al final, todos los presagios se hicieron carne: ella se detuvo en el umbral de la casa, miró al cielo, extendió sus alas y se fue. Me quedé contemplando el firmamento hasta que su silueta se desvaneció en el azul. Desde entonces, escribir versos tristes dejó de ser consuelo para convertirse en suplicio: eran espinas que se clavaban en la piel y se hundían hasta las entrañas. Mis metáforas, antes ágiles y volátiles, se petrificaron de golpe, como si su partida hubiera transformado nuestro mundo de fantasía en roca. No quedó ni la soledad romántica que deambula por las noches como fantasma; solo un vacío pesado, mineral y mudo.

Todo se petrificó. Mi mundo, que antes se expandía en seis dimensiones vibrantes, se contrajo hasta la simpleza de tres. ¡Qué maldito presagio eran aquellos poemas! Recuerdo uno donde me definí como su calvario: cruz, clavos y vinagre en sus labios. Pero incluso en esa oscuridad, deseaba su bien; anhelaba que un Santo de Arimatea la bajara de su cruz, la rescatara de este martirio que yo mismo representaba. Deseé que alguien llevara su cuerpo desnudo hacia su resurrección, lejos de mi peso. Y creo que el santo acudió: la cargó en su regazo y la hizo renacer en el cielo. Me carcoma la duda amarga: ¿deseé mi propio mal para asegurar su gloria, o soy víctima de mis propios pensamientos hechos realidad?

La muerte del poeta no es el fin de la vida, sino la ausencia: la indiferencia de un amor que ya no admite idealización. Mientras el hombre llora, el poeta escribe; mientras el hombre se consume hasta volverse ceniza, el poeta impávido redacta su elegía sobre el rescoldo de el fuego. A veces siento que la resignación habitaba en mí antes de tu partida. Escribía con la derrota aceptada, susurrándote entre líneas: «Cuando vuelvas, tráeme flores del campo; no corras, agota tu vida y tu primavera, que yo esperaré en la eternidad.» Te pedí que imaginaras ponerlas en mis manos, aunque la realidad te obligara a repartirlas en dos jarrones sobre mi tumba.

El Quicio de la Realidad

Así me quedé: solo, con mi mundo convertido en piedra, sentado en el quicio de la puerta. Ya no había metáforas para adornar mi naufragio. Estar allí no era espera mística ni esperanza de flores en el pavimento; aquí la tristeza no florece, ni la soledad susurra consuelos. Solo yo, habitando el umbral de la muerte, con metáforas petrificadas, esperando un amanecer sin promesas.

Recordé un cuento de terror infantil escrito hace eones: un niño y sus monstruos. La soledad era un agujero negro que deshabitaba la casa; la ansiedad, un pulpo cósmico cuyos tentáculos anclaban el miedo en su pecho. Pero el peor era la ausencia del amor: un payaso colosal, cabellos rizados rozando el techo, implorando abrazos para consumirlo en su vacío. El niño deseaba un terror tangible —un asesino por la ventana—; prefería el frío del plomo a la tortura invisible de su mente. Al final, descubrió la única arma: la indiferencia. Se dio la vuelta, los ignoró y durmió. Pero yo, en este quicio de piedra, ya no soy ese niño: perdí la inocencia para ignorar los monstruos y el sueño para escapar.

El Evangelio del Bardo

Desde mi quicio de piedra, con voz que es solo eco, te digo: si aún late tu corazón, si aún sabes amar, ama sin pausa. El mundo material es de una frialdad insoportable: plano, duro, mineral, con textura de lápida y rigor de mármol. Un mundo de filos y esquinas, ángulos rectos sin rincón para escapar al dolor; sin profundidad, solo una línea recta con principio implacable y final absoluto.

Por eso, antes de que el mármol te alcance, siembra flores y corre. Corre lo más lejos que tus piernas lo permitan; no te quedes a contemplar el vacío como yo. Toma tus colores, pinta los triángulos de la realidad, llena cuadros con jardines imaginarios, rodea círculos de estrellas y reviste todo con el barniz de tus ilusiones. No dejes que la geometría fría de la existencia te atrape: corta flores, llévalas en el pecho y huye hacia donde la primavera sea verdad. Si aún sabes amar, no esperes a que el mundo se vuelva piedra: ama y corre, corre muy lejos.

En el silencio de este mundo de mármol, los escombros de la memoria me golpean. Recuerdo cuando enfermé de lo humano y lo terrible: celos, rabia, duda carcomida y paranoia que dibujaba fantasmas en cada rincón. Un amor convertido en locura incontrolable, un incendio que me obligó a gritar, a reclamar motivos absurdos y arquitecturas fantasiosas de mi mente quebrada. En ese delirio, le vomité mis miedos más oscuros, mis inseguridades más profundas: ganas desesperadas de atraparla, encerrarla entre mis brazos hasta que no hubiera más mundo que yo, besarla hasta que olvidara el cielo. Ganas locas —tal vez egoístas— de que tú, a través de mi suplicio, volvieras a sentir amor. Quería fundir tu libertad en mi hoguera, sin entender que el fuego que no ilumina, calcina lo que desea.

Me hizo confesar mis miedos, dudas, inseguridades, mis anhelos de atraparla, encerrarla, abrazarla, besarla… mis ganas locas de que tú volvieras a amar. La amé con un amor que pretendía ser infinito, pero cometí el pecado de llevarla a mi oscuridad: le presenté mis demonios, le obligué a escuchar las voces que me susurran por las noches, sin entender que mi mundo no es el tuyo, donde esperan abrazos y consuelo. Tú eres luz, yo soy fuego. En mi desesperación por retenerte, prendí fuego a mi propio cuerpo para iluminarte, olvidando que la luz guía y el fuego consume. Por eso te fuiste: nadie habita un incendio eterno. Ahora quedo como una vela que se agota en silencio, consumiéndose mientras intenta iluminar su propia soledad absoluta.

Me levanté del quicio y entré en la casa, recorriendo el pasillo como quien camina por una tumba que respira. Entré en la habitación, sospechando que el payaso siniestro me esperara, listo para pedir el abrazo consumidor; casi deseé su presencia, porque incluso un demonio es mejor que este silencio. Pero no había nadie: ni mis miedos se quedaron conmigo. A lo lejos, el mundo seguía su curso: autos, cápsulas de sonrisas que llevaban familias y prisas ajenas; gente que, a diferencia de mí, no vive encerrada en su propio cráneo, que fabrica felicidad con materiales sencillos, lejos de obsidiana y fuego. Exhausto, me dejé caer en la cama, mirando a mi alrededor con tristeza seca: ni payaso, ni pulpo cósmico… solo soledad amarga, simple y despojada de adornos literarios. Ya no había nada que escribir, nada que invocar. Sin fuerzas para sostener mi universo de piedra, cerré los ojos y dormí.

La noche, indiferente a mi tragedia, pasó. Amaneció. Me levanté, preparé el desayuno y, mientras comía huevos fritos, contemplé el humo del plato, pensando en la extrañeza de la vida. ¿Es la existencia un cuento que redactamos nosotros mismos, dándole trama a nuestro antojo? Si estuviera escrita, todos compartiríamos historia y destino; pero cada quien escribe a su manera, elige la caligrafía de sus dolores y la forma de su fin.

A mí, por desgracia bardo, se me olvidó escribir lo feliz. Tal vez por esa convicción amarga que me asaltó: la felicidad es un cuarto plenamente iluminado, tan claro y perfecta que no necesita la luz artificial de la poesía. La poesía, después de todo, es lo que inventamos para alumbrar los rincones oscuros de la vida. Mientras el desayuno se enfriaba, los poemas regresaron como cuervos a un nido abandonado. Recordé el verso: «Si muero, quedaré llorándote bajo tierra, vestido de luto por tu ausencia; seré amor fragmentado en llovizna, que no te espera para que tú seas eterna.»

Me detuve ante una revelación: siempre me vi muerto. Mi literatura no hablaba de vida, sino de espera desde la tumba. ¿Era ese mi fin inevitable? Con movimiento lento, mecánico, saqué una pistola de un cajón y sentí el frío del metal en mi sien. Pensamientos me inundaron: ¿soy el personaje real de mi propia obra? ¿Mi vida es solo la ejecución de mi historia poética? Me quedé así durante un tiempo eterno, perdido en mi mente, sintiendo el peso del gatillo y la tentación de cerrar el libro de un golpe. Pero finalmente bajé el arma y la guardé. «Tal vez aún no es el momento», susurré al vacío. El poeta aún no entendía la diferencia entre ser una leyenda trágica y un hombre que desayuna en silencio.

Tal vez —pensé, apartando el plato— debería aprender a escribir desde la mesa, no desde la tumba. No sé si deseo que las metáforas regresen. Sospecho que son una droga, esporas invisibles que infectan mi cerebro, obligándome a ver el mundo con lente de agonía. ¿Qué pasaría si me negara a ser su huésped? Quizás dedicarme a desayunar, a buscar trabajo físico que canse mis músculos y acalle mi mente, que me devuelva la solidez de la tierra y aleje esta angustia que me ordena: Escribe. Tal vez el secreto para dejar de ser calvario es dejar de buscar el papel.

El Velo de la Belleza

Tal vez, como escribí alguna vez, la poesía no es más que psicología narrada desde el punto de vista del loco. Estos versos no son melancolía noble, sino el diario desordenado de mis desequilibrios. He descubierto una forma magistral de ocultarlos: los expongo vestidos de belleza deslumbrante, hasta que mis ojos ya no reconocen el horror que esconden. Le digo a mi razón que esos fantasmas existen, pero los adorno con rimas y metáforas para ver en ellos una estrofa, no un síntoma. Usé el lenguaje como maquillaje para mi desolación, transformando el desvarío en arte para no aceptar que, detrás del bardo, hay solo un hombre tratando de no romperse en pedazos.

Tal vez —pensé, sintiendo el peso inerte del arma en mi mano— deba morir como mueren los poetas: por propia mano, sellando el pacto con la sombra. Algunos eligen el final por miedo a que el cuerpo se desmorone; otros, por el pánico de que el alma no deje de aullar. Podría llenar mi saco de piedras pesadas, como si fueran los versos nunca soltados, y sumergirme en el mar hasta que el agua sea mi último verso. O tal vez deba apuntar esta pistola directamente al corazón: no para silenciar la vida, sino para acabar de una vez con su ruido —ese acoso constante, ese latido que invade mi pecho como un tambor de guerra que no me permite descansar.

Me pregunto si, al final, el disparo será la única palabra que no necesite rima. Si al detener el motor de este corazón, lograré por fin que los demonios y los payasos se queden mudos. Es la tentación de convertir la propia carne en el punto final de una novela que ya no tiene páginas que ofrecer.

Me quedé mirando el polvo que bailaba en un rayo de luz sobre la mesa fría. Pensé, con una calma que me asustaba, que me gustaría morirme solo un poco: un día para dejar de oír el mundo, una semana para deshabitar este cuerpo cansado, un mes para que mis demonios se olviden de mi nombre. ¿O tal vez, quién sabe… morirme toda la vida.

No era un deseo de sangre ni de violencia, sino la sed de una tregua. Quería que el tiempo se detuviera y me borrara del mapa de los vivos: no para ser una leyenda bajo tierra ni una llovizna de luto, sino para ser nada. Ser el vacío que deja de intentar explicar por qué duele tanto estar despierto.

Me levanté de la mesa, dejando atrás la pistola, el desayuno frío y los poemas muertos. Salí a la calle con una nueva urgencia: buscar un refugio donde no haya que escribir ni pensar. Quería un trabajo que solo pida el cuerpo, que obligue a estar presente en el músculo y no en el recuerdo.

Perdido en el laberinto de mis pensamientos, llegué al mercado de abastos. Entre el bullicio de los camiones y el olor a tierra húmeda, pedí trabajo. Me asignaron un puesto de cargador: labor simple y brutal, cargar peso como un animal de tiro, mover cajas de fruta y verdura de un lado a otro durante todo el día. Mientras el lomo me crujía bajo la madera y el hambre real empezaba a sustituir la angustia existencial, sentí una extraña paz. Bajo aquel esfuerzo físico, las esporas de la poesía no tenían aire para florecer; el ruido del corazón ya no era paranoia, sino un motor bombeando sangre para sobrevivir la jornada.

Descubrí pronto que la ansiedad no se rinde ante el esfuerzo físico: no desaparece, pero se transforma. El trabajo pesado inyecta una hiperactividad frenética en los miembros, obligando las manos a moverse para no romperse. Sin embargo, la mente es un animal que nunca duerme; aunque el cuerpo cargue cajas de madera, ella sigue hilvanando pensamientos, rumiando ausencias, incapaz de entretenerse con la rutina del mercado. No deja de pensar nunca, como una máquina que gira en el vacío.

Al final de la jornada, regresé a casa con los huesos gritando de cansancio. Sin encender la luz, sin buscar la pluma, sin mirar el cajón de la pistola, me tiré en la cama. El agotamiento fue más fuerte que la angustia y, por primera vez en mucho tiempo, el silencio de la carne venció al ruido del espíritu. Simplemente, me dormí

El problema de los deseos es que se vuelven realidad. Durante mucho tiempo, mientras habitaba mi mundo de mármol, pensé que el hecho de que mis poemas se volvieran contra mí era un fenómeno místico, una especie de maldición fantasmal que me perseguía. Pero en medio de esta alucinación de realidad que es la vida, comprendí la mecánica del desastre: los deseos se cumplen porque, a pesar de parecer caprichos sin sentido, habitan en el fondo de nuestro ser como una verdad salvaje en lucha constante contra la razón.

Los poemas no son solo tinta; son ese deseo que vive en el sótano del ser, esperando materializarse para volverse carne. Es el anhelo que, en la paz, se encuentra inquieto y sabotea la calma para buscar el naufragio. ¿Por qué no quedarse en la paz? Tal vez porque en la paz no hay verdad, y el deseo es la verdad más pura, aunque sea destructiva. La armonía es solo una construcción, un maquillaje de la realidad para hacernos sentir a salvo; pero aquí, en el centro de mi pecho, todo sigue siendo salvaje. Los poemas son ese deseo oculto que nos arrastra, en un sinsentido absoluto, hacia nuestra propia autodestrucción.

Allí estaba yo, frente al payaso, a punto de perder la razón. Comprendí entonces que la razón no es más que un arquitecto obstinado que intenta construir un muro entre el poeta y el hombre; un muro levantado para salvar al hombre de ser devorado por su propia obra. Pero mis monstruos se erigían cada vez más fuertes, más altos, con garras hechas de versos antiguos, y no había piedra ni cemento lógico que pudiera contenerlos. El riesgo era absoluto: para salvar al hombre, tenía que perder la cordura.

Entonces, un recuerdo del mercado de abastos cruzó mi mente como un relámpago en la penumbra. Recordé a aquel compañero que, al verme deshecho por la intranquilidad, metió la mano en su bolsa y sacó una tira de cápsulas. «Con esto encontrarás la paz —me dijo con una seguridad casi religiosa—. Tómate una cuando el mundo te pese demasiado».

Yo no me sentía mal; me sentía roto. Con manos temblorosas, no tomé una, sino tres. Las acompañé con un trago largo de whisky, dejando que el fuego líquido empujara la química hacia mi sangre.

Al principio, experimenté una calma absoluta, un silencio blanco que acalló los balbuceos del payaso. Pero fue una tregua engañosa. Segundos después, el quicio de la realidad se desprendió. Mi mundo empezó a girar, a dar mil vueltas en una espiral frenética donde las paredes de la habitación se estiraban como chicle y el rostro del payaso se multiplicaba en el aire. El muro del arquitecto no solo se había derrumbado; se había disuelto en un océano de colores distorsionados y vértigo puro.

La disolución del umbral

Cuando el vértigo finalmente se detuvo, me encontré siendo un náufrago en mi propia habitación. Los muros, esos guardianes de la cordura, se habían evaporado, dejando en su lugar horizontes infinitos donde las estrellas latían con una cercanía aterradora. A mis espaldas, un bosque colosal susurraba secretos antiguos; a su lado, un sendero se abría paso hacia un claro donde el cielo no era una cúpula, sino una presencia palpitante, un universo desnudo y vibrante. Del otro lado, el mar golpeaba los bordes de mi conciencia con su ritmo eterno.

No sabía si había perdido la razón o si, por primera vez, estaba viendo la verdad sin filtros. Recordé a Huxley: la idea de que estas sustancias no fabrican visiones, sino que derriban las puertas de la percepción que nos impiden ver la magnitud de lo real. En ambos casos, el resultado era el mismo. «Perder la razón» es, en esencia, perder al arquitecto de los muros, al censor que encierra la mente para que no se disuelva en el todo. Sin él, yo ya no era un hombre en una habitación; era un testigo del infinito, desprotegido y absoluto.

La disolución de las leyes

Allí, despojado de todo, sentí que la gravedad misma se había rendido. No era solo mi mente la que flotaba; la arena del suelo comenzó a elevarse en partículas lentas, suspendidas en un baile silencioso que desafiaba cualquier lógica. Sobre el cielo, que ahora era un océano invertido, volaban peces de colores imposibles, surcando el aire con una elegancia que me resultaba aterradora.

¿Cómo gobernar un mundo sin control ni dirección? ¿Cómo habitar un espacio donde las leyes físicas habían sido derogadas por el delirio? Comprendí que la razón no solo construye muros morales, sino que es la que sostiene el peso del mundo sobre el suelo. Sin ella, la realidad se vuelve un barco sin timón. Me encontraba en el centro de una creación que ya no me obedecía, donde lo sólido se volvía etéreo y lo imaginario cobraba el peso de la carne. Era el monarca de un reino que se desmoronaba hacia arriba, un bardo sin voz en un universo que ya no necesitaba palabras para existir.

Me detuve ante el borde de aquel jardín imposible. Allí, bajo la sombra de un árbol cuyas hojas no vibraban con el viento sino con un pulso magnético, vi mi propio cuerpo.

No era una visión macabra; era, extrañamente, la imagen más armoniosa que había visto jamás. Estaba tendido sobre un lecho de flores que no conocían el marchitamiento, flores de colores tan profundos que parecían beberse la luz del entorno. Mi rostro, el de ese hombre que había cargado cajas en el mercado y que había llorado en la soledad de su habitación, ya no tenía surcos de angustia. La piel parecía de un mármol traslúcido, purificada de toda la suciedad de la «realidad ficticia».

Lo que más me impactó fue la posición de mis manos: estaban entrelazadas sobre el pecho, justo encima del corazón, como si estuvieran custodiando el último poema, aquel que ya no necesitaba palabras para existir.

Ver mi cuerpo allí fue comprender lo que Sylvia y los otros buscaron: la paz de la forma terminada. Alrededor de mi cadáver, la arena no flotaba y los peces no volaban; en ese pequeño radio de muerte, las leyes físicas de la razón parecían haber regresado para rendir honores al silencio. Era una burbuja de orden absoluto en medio de mi caos mental.

Sentí una envidia corrosiva. Aquel que descansaba bajo el árbol ya no deseaba, ya no esperaba el regreso de ella, ya no sentía el asco del hastío ni el peso de la soledad. Él era la metáfora perfecta porque ya no podía cambiar. Era un verso petrificado en su punto más bello.

Los demonios susurraban a través de las flores, ofreciéndome ese descanso como quien ofrece una copa de agua a un hombre que se muere de sed en el desierto. Era la tentación de dejar de ser el Bardo que sufre para ser la estatua que permanece.

Miré aquel cuerpo bajo el árbol y comprendí que los demonios me estaban ofreciendo el final más noble que un poeta puede soñar: la Inmortalidad del Silencio.

En el mundo de la gente, la paz es solo una tregua entre dos ruidos, una mentira que se compra con rutina. Pero esto… esto era diferente. Era la paz de la metáfora que finalmente ha dejado de transformarse. Si me acostaba en ese lecho de flores, el poema que se escribe solo en mi cabeza, ese que no me deja dormir, ese que sangra por ella, finalmente encontraría su punto final.

Pensé en Sylvia, en el gas llenando sus pulmones como una caricia fría; en Mayakovsky, deteniendo el reloj de su pecho con un estallido de hierro. Ellos no querían morir, ellos querían que el poema dejara de doler. Querían que la belleza dejara de ser una herida abierta para ser una cicatriz de mármol.

El payaso se acercó a mi oído, su aliento olía a pólvora y a violetas marchitas:

—¿Por qué seguir, Bardo? ¿Por qué seguir traduciendo el abismo para una sociedad que solo quiere huevos fritos y muros altos? Entrégate a la perfección. Deja que las flores se alimenten de tu tristeza. Si te quedas aquí, ella nunca te olvidará, porque te volverás eterno en tu ausencia.

Me sentí caer hacia mí mismo. Mi mano se estiró hacia la mano fría del cadáver. Era tan fácil. Solo tenía que aceptar que el deseo, para ser absoluto, debe dejar de ser humano.

El contacto nunca llegó. Justo cuando mis dedos rozaron la piel de mármol de mi propio fin, el suelo de flores se licuó bajo mis pies. El aroma a violetas fue devorado por el golpe salino y amargo del oleaje. En un parpadeo, la tierra desapareció y me encontré flotando en el centro exacto de la nada azul.

Miré hacia todos los puntos cardinales y el horizonte era una línea perfecta, una soga que apretaba el cuello del mundo. No había rastro del árbol, ni del cadáver, ni del payaso. Estaba solo con la inmensidad, esa forma del infinito que no ofrece consuelo, sino vértigo. Comprendí que el mar no es un camino; es un hambre que no se sacia. Bajo mis pies, leguas de silencio; sobre mi cabeza, un cielo que ya no era cúpula, sino un abismo invertido.

Allí, flotando como un resto de naufragio, entendí que el deseo no solo es fuego o piedra; el deseo es esta agua que te sostiene mientras te ahoga.

Allí, en la inmensidad, comprendí la ironía de mi propia existencia. La razón se había roto, los muros habían caído y yo debería haberme disuelto en el caos puro de la locura. Pero no me hundía. ¿Por qué podía comprender este abismo? ¿Por qué mis brazos encontraban resistencia en el agua de este delirio?

Fue entonces cuando la respuesta emergió desde las profundidades: este mar no era el mundo, era mi deseo. Alguna vez escribí que mi angustia era un océano que me arrastraba sin rumbo, una ansiedad sin orillas de la que no se podía huir. Y ahora, el cosmos me tomaba la palabra.

Mi propia condena se había convertido en mi balsa. Vivía en el caos absoluto, pero la materialización de mi deseo me estaba salvando de la nada. El poema, que antes era una jaula de mármol, ahora era el fluido que me permitía existir. Yo no estaba en el mar; yo era el mar intentando comprenderse a sí mismo.

En medio de aquel mar que ahora era yo mismo, donde el horizonte se cerraba como una soga y la soledad era absoluta, apareció una barca. No venía de ninguna parte, simplemente emergió de la bruma del delirio. En ella, un hombre de pie me observaba con una seguridad que hería los ojos. Era el Arquitecto de mi propio mundo, aquel que decía sostener la realidad sobre sus manos.

—Ven, sube —me dijo, extendiendo un brazo firme hacia el agua—. No te ahogues en tu propio ser. Yo tengo el poder para salvarte. Pídeme lo que quieras; mira, construí esta balsa específicamente para salvarnos del naufragio de tu mente.

Lo miré desde mi condición de agua y sal. Él no parecía perturbado por los peces que volaban sobre nuestras cabezas ni por la falta de gravedad.

—Anda, sube —insistió con una voz que prometía el descanso de los siglos—. ¿O prefieres que te construya tierra firme aquí mismo? Solo tienes que pedirlo. Yo soy el Arquitecto de este mundo, sobre mis manos se sostiene cada átomo de tu cordura. ¿Quieres que el mar se detenga?

¿Quieres que esos peces dejen de volar de una vez por todas dentro de tu cabeza? ¿Quieres, finalmente, la paz?

Me quedé flotando, suspendido entre su oferta y mi abismo. Lo miré fijamente, buscando una grieta en su perfección de madera y orden.

—¿Realmente dejarán de volar? —le pregunté, y mi voz sonó como el choque de dos olas en la oscuridad—. ¿Realmente no habrá más mar llevándome a la deriva de ninguna parte? ¿O es que acaso tu salvación consiste solo en enseñarme a no verlo… a ver únicamente las cosas comunes, las cosas simples, las cosas determinadas?

Sobre este mar te construiré tierra firme —sentenció el lanchero, con una voz que vibraba como un mandato divino—. Pero el orden tiene un precio: debes seguir mis leyes, matar a tus demonios y adorarme como al único que puede sostenerte sobre el abismo.

Para demostrar su poder, extendió las manos. Ante mis ojos, el mar —mi propio ser— se petrificó en un instante. La superficie líquida se volvió una costra terrosa de la que brotó, con una rapidez antinatural, un pastizal hermoso y vibrante. El lanchero metió las manos en esa tierra nueva y, como quien arranca una raíz profunda, desenterró a mi otra mitad: el Bardo. Me sentó sobre la hierba, que se extendía infinita y bella. Vi brotar árboles frutales cargados de vida, flores que estallaban en colores y montañas que daban forma al horizonte. El cielo se llenó de nubes y pájaros cuyo trino parecía la música de una paz largamente anhelada.

Todo era perfecto. Tan perfecto que resultaba aterrador.

Entonces, la benevolencia del lanchero se transformó en una obsesión frenética. Como si le hubiera dado un ataque de locura creativa, empezó a «vestir» la realidad. A mi cuerpo desnudo le impuso ropa, cubriendo la piel que acababa de respirar libertad. De mi mano hizo brotar una daga fría.

—Debes cazarlo —me ordenó, señalando a un cerdo que cruzaba el idilio.

Antes de que pudiera reaccionar, el animal ya estaba servido en un plato frente a mí, transformado en un manjar muerto. La eficiencia del Arquitecto no conocía la contemplación.

—¿Qué quieres para llegar a la fruta? ¿Un camino de piedras o una autopista? —preguntó, pero no esperó respuesta.

Bajo sus dedos creció el asfalto. El pasto fue devorado por el gris. Creó una carretera, luego un auto para que pudiera moverme, y de la tierra que antes daba flores, empezaron a emerger edificios, ciudades enteras, el estruendo de los motores y el humo del progreso. En un parpadeo, el paraíso fue sepultado por la metrópolis.

Me encontré de nuevo solo, pero ya no en la inmensidad del mar, sino sentado en una banqueta fría, rodeado de muros y ruidos, en medio de un «todo» que se sentía vacío.

Eso eres, lanchero —le solté, y sentí cómo el asfalto bajo mis pies vibraba con mi desprecio—. Solo un arquitecto que levanta muros de concreto para esconder la belleza de la vida. Te jactas de ser mi salvador, pero solo creas puertas que tú decides cómo y cuándo cerrar. Me pides que te siga, que te adore, pero ¿cómo puedo adorarte si pretendes matar la esencia en mí?

El lanchero intentó interrumpirme, pero mi palabra ya era un oleaje incontenible.

—Jamás hablas de belleza. Solo hablas de filtros, de autopistas, de leyes que no dejan pasar la luz para que la flor crezca. Me ofreces un mundo donde el sol está atrapado entre edificios y el hambre se sacia con dagas y platos servidos, pero donde el alma se muere de sed. Has convertido mi mar en una ciudad muerta para que yo deje de sentir, pero al hacerlo, me has quitado la única razón por la que valía la pena estar despierto.

Le señalé la carretera infinita que se perdía en el smog.

—Prefiero la deriva en mi propio abismo que la seguridad de tu cárcel asfaltada. En el mar yo era el infinito; aquí, solo soy un peatón en tu inventario.

El lanchero se quedó inmóvil. Por primera vez, su seguridad de hierro pareció oxidarse. El ruido de la ciudad comenzó a distorsionarse, como si mis palabras estuvieran erosionando los cimientos de su construcción.

Tráeme a mi amada —le ordené, y el eco de mi deseo golpeó los edificios de cristal como una pedrada—. Si eres el arquitecto de este mundo, si dices que todo se sostiene en tus manos, tráela aquí, frente a mí.

Por primera vez, el lanchero no levantó la mano para construir nada. Al contrario, bajó la cabeza. El brillo de su omnipotencia se apagó, dejando ver solo la silueta de un carcelero cansado.

—Eso no lo puedo hacer —respondió con una voz que sonaba a piedra arrastrándose—. Ella vive en tus deseos, en la profundidad, en la esencia de la verdad que solo habita en la locura. Mi trabajo es que todo eso ya no exista en ti. Mi labor es convertirte en un hombre de roca, en un monumento que nada ni nadie pueda vencer.

Me miró con una lástima fría, casi profesional.

—El amor es una grieta, Jose Pablo. El deseo por ella es el agua que erosiona mis muros. Para que tú estés a salvo, ella tiene que ser olvidada. Para que seas invencible, tienes que estar vacío.

El silencio que siguió fue más pesado que todo el concreto de su ciudad. Entendí entonces que la «paz» que él me ofrecía era la paz de los muertos: una existencia donde no hay dolor porque ya no hay nada que amar. El lanchero me ofrecía ser una fortaleza, pero una fortaleza sin habitantes es solo una ruina de pie.

Entonces, cerré los ojos y recité el verso que nunca había podido escribir del todo: «El amor no es muro que se levanta, sino puente que se rompe para dejar pasar el mar».

Cuando abrí los ojos, la ciudad de asfalto se estaba desvaneciendo como humo. Los edificios se derrumbaban en cascadas de polvo, el asfalto volvía a ser tierra y los motores callaban para dejar espacio al susurro del viento. El lanchero trató de sujetar sus creaciones, pero sus manos ya no tenían poder; la realidad que había construido se deshacía entre sus dedos como arena.

—No puedes hacer esto —murmuró, desesperado—. Sin mí, te perderás en el caos.

—Sin ti, seré libre —respondí, sintiendo cómo el mar volvía a invadir mis venas, cómo los peces volaban de nuevo en mi mente—. He aprendido que el poeta no necesita ser salvado del abismo; necesita aprender a nadar en él.

El lanchero me ofrecía la realidad fría, un mundo terminado y sin sorpresas. Pero yo, con el océano aún latiendo en las venas, le espeté: «Yo prefiero el abismo». Su rostro de arquitecto se quebró en una mueca de desprecio absoluto. «¡La realidad es la que yo te ofrezco!», rugió, y su voz ya no era de salvador, sino de carcelero que dicta sentencia. «Debes tomarla, quieras o no. Nadie puede existir en la verdad pura, náufrago. Nadie». Lo miré, sintiendo cómo la sal de mi mar se secaba en mi piel, convirtiéndome en un monumento a la desobediencia. «¿Nadie?», musité, y luego, con una calma que venía de las profundidades: «Yo sí. Para navegar en la verdad pura no se ocupa la razón. La verdad pura no se entiende, no se cuestiona, no se reflexiona. Solo se siente, como se siente el poema antes de nacer. Se toca, se huele, se habita… o se muere en el intento». «¡Insensato!», bramó, y antes de que pudiera añadir otra palabra, su mano, fría como el acero de una cerradura, se cerró sobre mi cabeza. Un dolor inmenso me sacudió, no un dolor físico, sino el dolor de un universo entero siendo desmantelado, de un mar siendo drenado hasta la última gota. Fue el sonido de un portazo cósmico. Y después, la nada. Desperté. Otra vez en el cuarto. La pistola yacía inmóvil sobre la mesa fría, el polvo seguía bailando en el rayo de luz, como si nada hubiera ocurrido. O como si todo hubiera ocurrido dentro de un solo latido. Observé la soledad, esa compañera de celda, y sentí la ansiedad regresar, no como un monstruo, sino como un eco lejano del mar que una vez fui y al que, a pesar de todo, aún anhelaba regresar.

Ahí me encontraba, solo. Los muros no eran guardianes ya, sino testigos mudos de una rendición. Cada filo, cada esquina, delineaba los límites de un mundo que se había encogido hasta ser solo este cuarto: una caja con las puertas y ventanas selladas, un ataúd de vigilia que encerraba lo que quedaba de mí. El viaje había terminado, o quizás había logrado su propósito más profundo. Había navegado por las aguas profundas de la verdad, había visto el latido desnudo del universo y el cadáver perfecto de mi paz. Y ahora, pagaba el precio de la visión: ya todo lo veía plano. El asfalto del lanchero, al final, había ganado. No cubriendo el mundo, sino cubriendo mis ojos. La realidad se había aplanado en una hoja de papel sin relieve, sin misterio, sin el llamado magnético del abismo. Yo ya no vibraba. Creo ya no soy. No pertenezco a este mundo.

El Bardo se recostó en la cama, en ese lecho que nunca fue de flores eternas sino de sábanas gastadas. Con una calma que era la antítesis de toda su vida, tomó la tira de cápsulas sobrantes. No había prisa, ni terror, ni siquiera un último destello de poesía. Solo la certeza lisa y fría de una ecuación resuelta. Una por una, deshizo el límite químico entre el cuerpo y la nada. Luego, cruzó sus manos sobre el pecho, no en la pose armoniosa de su cadáver visionario, sino en un gesto íntimo y terrenal: como cubriéndolo, como tratando de calmar esa ansiedad que, por fin, iba a callar para siempre. No era un pacto con la sombra, ni una huida. Era la última y más literal de las traducciones: convertir el cuerpo en un verso conclusivo, en un silencio que, esta vez, no dejaría eco alguno.

El camino sobre el abismo

El cuerpo del Bardo se quedó atrás, una cáscara vacía sobre el colchón de sábanas gastadas, rindiendo tributo a la quietud. Pero yo ya no era ese peso de carne. Mi mente, liberada del anclaje de la lógica, regresó al mar.

Esta vez, las aguas no eran el espejo calmo de la muerte, sino un hervidero turbio y salvaje. La ansiedad, que antes se filtraba por las grietas de los muros, se había convertido en el océano mismo. Los diques de la razón habían reventado y el mundo exterior ya no existía; solo quedaba este naufragio total. Sin balsa, sin lanchero, sin arquitecto que dictara leyes sobre el oleaje. El efecto de la química había borrado al carcelero para siempre.

El agua era picada, sañuda, golpeando con la fuerza de todos los versos que nunca dije. Pero entonces, en el horizonte, donde el cielo se funde con el abismo, la vi. Era su silueta, la misma que una vez vi desvanecerse en el azul desde el quicio de mi puerta. No era una estatua, ni una sombra; era el faro de mi propia verdad.

Sentí el impulso eléctrico del deseo puro. No me hundí. Por primera vez, no sentí el peso del bronce en las manos ni la gravedad del mármol en el pecho. Me elevé sobre la cresta de una ola y, con una calma que desafiaba al cosmos, puse un pie sobre el agua.

No hubo hundimiento. El mar, en su furia, se volvió sólido bajo mi planta. Comencé a caminar. Cada paso sobre el agua era una sentencia de muerte para el Arquitecto y una resurrección para el hombre. Caminaba sobre mi ansiedad, caminaba sobre mis miedos, caminaba sobre el mar de mi propia locura, no para dominarlo, sino para llegar a ella. Ya no era un náufrago pidiendo rescate; era un peregrino cruzando el infinito para alcanzar la única luz que siempre fue real.

El puente de los deseos

Al caminar hacia ella, el mar salvaje se rindió. El agua se solidificó bajo mis pies, transformándose en un edredón de tierra fértil, un prado de pasto hermoso que estallaba en flores a cada paso. La alcancé en ese jardín imposible; ella estaba allí, agachada, cortando flores con la naturalidad de quien habita su propio hogar. Se levantó, me miró y, por un instante eterno, nuestras almas se reconocieron sin el estorbo de las palabras. Luego, como un suspiro, se desvaneció.

No sentí dolor. Comprendí que se había completado la profecía de mis deseos más profundos, de mis versos más antiguos. Ella no estaría físicamente junto a mí, pero yo estaba de pie sobre el simiente de mi mayor anhelo: que ella encontrara la felicidad dentro de mí, en ese espacio que yo había guardado. Mis propios versos me respondieron desde el fondo del tiempo: «No corras, aquí te espero una eternidad… cuando vengas, corta flores del campo e imagina que las pones en mis manos».

Me quedé allí, en ese puente intermedio, equidistante de la razón y de la locura. Por fin sentí paz. Fue como si el poema que nunca dejaba de escribirse en mi pecho, ese latido que me acosaba como un tambor de guerra, hubiera encontrado su punto final. Me sentí bien. Me busqué un lugar bajo la sombra de un árbol y me recosté sobre las flores, cerrando los ojos a la «realidad ficticia».

Al final, el deseo pudo más que la tragedia. Tú fuiste feliz. Y al final de la jornada de tu vida, regresaste. Me trajiste las flores que te pedí y las pusiste en dos jarrones, justo allí, en el lugar donde descanso eternamente.

En el caos de leyes físicas derogadas y cielos líquidos, comprendí la verdadera misión de mi oficio. Ante dos abismos —la razón, una máscara que oculta el vacío, y la locura, un salto sin red—, una sola pregunta persistía: ¿Qué es, entonces, el poema?

El poema es el deseo en estado puro. No es filtración ni alucinación. Es el lenguaje capaz de habitar la verdad desbordante.

Porque el poema no es como la razón, que encarcela la realidad en un concepto. Tampoco es como la locura, que la destruye en el delirio. El poema es un puente.

Mis versos nunca fueron maldiciones. Eran el esfuerzo de mi alma por nombrar lo innombrable. Mientras el hombre construía muros y el loco se hundía en el naufragio, el bardo en mí buscaba la palabra exacta. Porque solo en la palabra el deseo se encarna sin devorarnos, y la verdad, aún salvaje, adquiere un nombre.

El poema es el deseo que nos salva. Es el cauce que convierte el incendio interno en luz, y no en ceniza.

Fin

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