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El mapa en la piel: Memoria de un tránsito

Márcia Batista Ramos

Migrar no es solo un cambio de código postal; es una cirugía a corazón abierto de la identidad.

Migrar no es solo cambiar de coordenadas; es aprender a hablar con los restos. Cuando dejé el Brasil de mis raíces para sembrarme en Bolivia por amor, no solo crucé una frontera geográfica, sino que inicié una traducción interminable de mi propia alma. Como escribí alguna vez: “Migrar es reconfigurar el modo en que habitamos el tiempo, la memoria y el lenguaje”. En ese desplazamiento, el matrimonio fue el puente, pero la soledad del desarraigo fue el territorio que tuve que aprender a cartografiar.

Mi mudanza no fue una huida, pero toda partida es una forma de fractura. Me reconozco en las palabras de Doris Salcedo cuando afirma: “La obra de arte no es algo que se hace, es algo que te pasa”. Y a mí me pasó el exilio silencioso. Mi arte y mi escritura se volvieron, como las sillas de Salcedo, un intento de ocupar el vacío, de dar testimonio de una presencia que ya no está allá, pero que todavía no termina de encajar aquí. Mis textos son ese “archivo vivo”, una superficie donde se inscriben las marcas del desarraigo.

En Oruro, bajo este cielo de una altitud que a veces me roba el aliento, he sentido la vulnerabilidad del cuerpo extranjero. He comprendido a Regina José Galindo cuando dice: “El cuerpo es el lugar donde se inscriben todas las historias, las propias y las ajenas”. Mi cuerpo, que traía el ritmo del portugués y el calor del Atlántico, tuvo que aprender el rigor del frío andino y la cadencia del castellano boliviano. Es una negociación identitaria constante. Soy una frontera móvil que lleva consigo, como digo en mis ensayos, “lenguas mezcladas y gestos desaprendidos”.

A veces, la mirada del otro me devuelve una imagen que no reconozco. Es entonces cuando recurro a la lucidez de Alfredo Jaar: “Las imágenes no son inocentes. Hay una política de las imágenes”. He tenido que luchar contra la mirada que exotiza a la brasileña o simplifica a la migrante. Mi respuesta ha sido la escritura: un acto de resistencia estética para devolver la mirada y cuestionar la supuesta neutralidad del archivo. No escribo para dar respuestas, sino para interrogar un mapa que ya no me orienta.

Hoy habito esta “herida que no cierra”, pero que tampoco se vuelve espectáculo. Bolivia es ahora mi casa, pero Brasil es la lengua en la que mi memoria todavía ora y sueña. Porque, al final, la literatura es el único país donde no necesito pasaporte. Como suelo decir, el arte nos ofrece las “herramientas sensibles para leer lo que somos y lo que estamos llegando a ser”.

Soy Márcia Batista Ramos: soy migrante, soy la suma de mis ausencias y la potencia de mis nuevas palabras.

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