Blog Post

News > Etcétera > La república de los ríos de Homero Carvalho Oliva

La república de los ríos de Homero Carvalho Oliva

Willy Oscar Muñoz

En La república de los ríos. Crónica novelada,[1]Homero Carvalho escribe de la industria de la goma en el Beni, la que revolucionó dicha sociedad con la llegada del capitalismo a ese territorio boliviano. La intención autorial es dejar un testimonio escrito sobre una serie de acontecimientos trascendentales en la historia boliviana, pero articulados desde el punto de vista oriental, desde una zona selvática a la que la historia oficial ha relegado al olvido.

El texto está narrado, esencialmente, por Cachuela Esperanza, una ciudad en medio de la selva, la que en sus orígenes estaba constituida por unas cuantas barracas, pero que creció impulsada por la riqueza que produjo la fiebre del caucho. Cachuela Esperanza da testimonio de lo que ha visto y oído a través de los tiempos, la que participa de una polifonía de voces que proviene de la naturaleza misma. El rápido crecimiento de Cachuela Esperanza se debe a que a ella acude gente de todo el mundo con la esperanza de amasar fortuna gracias a la extracción del látex del árbol de la goma, savia que se mezcla con el sudor humano, de hombres que sangran a la par de los árboles.  

Entre 1890 y 1920 el árbol de la goma sostuvo al Estado boliviano en un tiempo en el que la nación se debilitaba a causa de que la plata había cumplido su ciclo económico y los gobiernos se sucedían unos tras otros, asediados por luchas internas. Mientras que en el resto de la nación los principales pueblos eran meros proyectos de ciudad, en los territorios selváticos se fundaron ciudades prósperas como Cachuela Esperanza, Riberalta, Guayaramerín y Villa Bella, los cuatro centros de la epopeya de la goma. En dichas ciudades se construyeron mansiones monumentales, las que simbolizaban la grandeza tropical que intentaba imitar las maneras y cultura de París, solo que con olor a caucho y humedad de río. Se construyeron edificios grandiosos que parecían estar fuera de su contexto como el teatro General Pando, el centro cultural de Cachuela Esperanza. Allí llegaban compañías extranjeras, cantantes de ópera, bailarinas, actores, como si las artes de Viena, París o Milán hubieran llegado en un barco de vapor para solazar a un público gomero selecto.

El látex transformó la selva en un centro industrial, en un oasis de modernidad en un país en el que aún se andaba en mulas y caravanas. En contraposición, Cachuela Esperanza contaba con un tren traídos desde Francia, cuyos rieles, como una sierpe de hierro, hollaban la selva y el silbido metálico de la locomotora hacía retumbar la naturaleza como un canto órfico que atemorizaba a los animales y los indígenas se preguntaban si aquel monstruo negro era animal, espíritu o qué era.

Sin embargo, tras tal esplendor la selva también fue cárcel intangible para hombres encadenados por deudas contraídas desde su enganche, el que constituía un sistema de sujeción que mantenía cautivo a los asalariados de por vida.

El texto incluye a personajes notables que contribuyeron al progreso de la región y, por ende, a la historia de Bolivia. Entre ellos, Nicolás Suárez, Antonio Vaca Díez, Carmelo López y Nicanor Gonzalo Salvatierra. Nicolás Suárez Callaú fundó Cachuela Esperanza y el que convirtió a dicho pueblo en lo que llegó a ser gracias al árbol de la goma. Don Nicolás, como le llamaban, fue dueño de ciudades, caucherías, hombres y mujeres, y de caminos abiertos a machete en la jungla.

Carmelo López Cuéllar fue el almirante de los ríos. Poseía una flota de batelones y barcos a vapor que surcaban las aguas de los ríos de la región llevando y trayendo todo tipo de mercadería, negocio con el que hizo su fortuna. López Cuéllar también fundó el periódico El Porvenir en el que se difundían las noticias locales.

Antonio Vaca Díez provenía de una familia acaudalada y con influencias políticas. Representaba la figura del intelectual decimonónico, mezcla de ciencia, palabra y aventura. Los fleteros y siringueros lo recordaban como un patrón distante, en quien se encarnaban la dureza y la crueldad de la explotación del árbol de la goma.

En cambio, Nicanor Gonzalo Salvatierra provenía de familia pobre, pero que se había labrado una fortuna trabajando en la red de ríos que surcaban la selva. Su fuerza residía en el control minucioso de las cuentas del comercio que circulaban por los ríos, cuyo control se disputaba con Vaca Díez. Las desavenencias entre estos dos potentados fueron exacerbadas por la prensa, situación que llevó a los trabajadores de ambos bandos a enfrentamientos incluso sangrientos. Tal enemistad se convirtió en un espectáculo macabro. En suma, es admisible concluir que en la industrial de la extracción del látex cada tonelada de goma costaba una vida.

En La república de los ríos también se codifica la participación decisiva de los benianos en la Guerra del Acre. A fines del siglo XIX, el gobierno central de La Paz ignoraba la realidad política del oriente boliviano, cuya economía estaba más vinculada con el Atlántico que con los Andes, puesto que la red de ríos permitía salir al océano rumbo a París que llegar a las alturas de La Paz. La distancia entre estas zonas de influencia no era solo geográfica, sino también mental y cultural. Tal lejanía geográfica y política causó el incremento de la población brasileña en territorio boliviano y con ella la ambición de tener para sí las ganancias que producía el árbol de la goma, situación que fue el detonante que produjo la Guerra del Acre.     

En esas batallas se distinguieron héroes como Nicolás Suárez, Gonzalo Moreno y el coronel Federico Román. Sin embargo, cabe destacar la participación decisiva de Bruno Racua, un indígena tacana que no formaba parte del ejército, pero cuya destreza con las flechas y certera puntería cambiaron el resultado de la batalla del 11 de octubre de 1902. Los defensores del Acre se organizaron para retomar Bahía, la que estaba en manos del ejército brasileño. Los invasores estaban mejor armados y atrincherados en los galpones del pueblo, donde guardaban víveres y el arsenal. Se decidió incendiar dichos galpones, lo cual obligaría al enemigo salir de su refugio y ser blanco de las armas bolivianas. Las flechas incendiarias de Racua cumplieron su objetivo, las que posibilitaron la victoria de los patriotas. Si bien se ganó la guerra en el campo de batalla, se la perdió entre diplomáticos y tratados, de modo que el Acre pasó a pertenecer al Brasil.

La república de los ríos es un texto que da a conocer la historia del emporio que se construyó en medio de la selva, producto de la extracción del látex, a fin de que se valorice su contribución al estado boliviano y al mundo occidental, puesto que el látex también fue un elemento indispensable de la revolución industrial, ya que el caucho de los neumáticos que rodaban por las metrópolis de ese entonces provenía de la Amazonía.

La república de los ríos es también una novela autoconsciente en el sentido de que tematiza su propia diégesis. La Cachuela Esperanza, la principal voz narrativa, afirma sin ambages: “Yo elegí a Homero Carvalho. No fue casualidad. Lo escogí después de saber de su libro Ciudades y otros lugares. Explica que Homero escuchó la voz del río y dejó que por su intermedio este hablara. A veces ambas voces hablan al unísono. La narración también deja constancia de la investigación realizada por el autor, documentación que es citada en el texto por medio de una red de referencias intertextuales. Por tanto, la Cachuela Esperanza es también actante, dado que participa del proceso escritural, tal como lo afirma explícitamente al decir:

Estoy cansada, hemos escrito mucho y aún falta más. Homero, poseído por mi espíritu, tampoco ha descansado; ha estado despertando a las tres de la madrugada y ha trabajado meses en la computadora hasta las diez de la mañana, revisando libros, leyendo enlaces, cotejando fechas y lugares. Cierra los ojos y su mente viaja hacia mí. Los escritores suelen decir que no son ellos quienes eligen los temas, sino los temas los que los eligen. Yo puedo confirmarlo y agregar que los lugares también eligen a sus narradores.

Cachuela Esperanza también compara su historia con la de Macondo. Se basa en que para Homero ambas ciudades son países, ciudades-estados. La de García Márquez nació de una caravana de gente que buscaba la tierra prometida y murió arrasada por un viento bíblico. En cambio, Cachuela Esperanza nació de la ambición de las personas. Ambas ciudades fueron espacios habitados, sueños colectivos. En ellas se cruzaron amores imposibles, guerras civiles y las crónicas íntimas de sus pueblos. Macondo y Cachuela Esperanza constituyen dos caras del realismo mágico: las dos dialogan como hermanas separadas por la geografía, pero unidas por la literatura, la que les brinda permanencia. La narración concluye con esta suposición: “No hay ciudad que muera mientras alguien la recuerde”, habría dicho Gabriel y Homero habría respondido: “Entonces Cachuela Esperanza seguirá viva, porque yo la escribo y porque otros, al leerla, volverán a habitar sus calles”. De hecho, cada acto de lectura hace que se levanten las voces de la cachuela, mientras que la imaginación del destinatario reconstruye Cachuela Esperanza, la ciudad edificada con sudor y sangre. Es también encomiable la calidad poética de la narración.

MUÑÓZ CADIMA, Willy Oscar (Cochabamba, Bolivia, 1949). Ensayista literario, estudioso del teatro y antologador. Doctorado en la Universidad de Iowa, EEUU, en la especialidad de literaturas hispánicas. Docente de universidades norteamericanas. Es un activo estudioso de la literatura boliviana, incluso de vanguardia se puede decir; su producción bibliográfica es abundante, hecho que lo convierte en un referente valioso e imprescidible.


[1] Homero Carvalho Oliva. La república de los ríos. Crónica novelada. Santa Cruz de la Sierra: Editorial Torre de Papel, 2025.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights