Jorge Larrea Mendieta
La Central Obrera Boliviana (COB), que en el siglo XX fue el motor de las grandes movilizaciones sociales y el contrapeso del poder político, atraviesa una crisis de representatividad que se arrastra desde la pérdida de la centralidad minera en los años 80 y se profundizó con la intromisión partidaria desde fines de los 90. El análisis de Lupe Cajías en su artículo “La Decrepitud de la Central Obrera Boliviana” radiografía ese declive. Hoy, en medio de la crisis económica y social, la COB intenta recuperar protagonismo con movilizaciones que buscan incomodar al Gobierno.
La historia de la COB no puede contarse sin recordar la “Marcha por la Vida” de 1986. Miles de mineros caminaron desde los campamentos hacia La Paz, sabiendo que era su despedida. No era solo una protesta contra el Decreto Supremo 21060, que había relocalizado a más de 40 mil trabajadores, sino el acto final de medio siglo de combates proletarios. Esa imagen, descrita por Cajías como un “adiós épico y fatídico”, marcó el inicio de la decrepitud de la organización. La columna vertebral del sindicalismo boliviano se quebraba y con ella se desmoronaba la conciencia de clase que había sostenido la COB desde 1952.
El vacío dejado por los mineros fue ocupado por nuevos actores. Los campesinos, organizados en la CSUTCB desde 1979, comenzaron a disputar espacios de poder. El XII Congreso de la COB en 1999-2000 fue el escenario de esa pugna. Felipe Quispe, “El Mallku”, y Evo Morales reclamaban la conducción frente a los mineros, que se resistían a ceder la secretaría ejecutiva. Los bloqueos de caminos y los cercos urbanos reemplazaron a las huelgas mineras como método de lucha. La agenda indígena y campesina desplazó la lógica obrera clásica, y la COB quedó atrapada en una disputa que nunca resolvió.
Con la llegada del MAS al poder en 2006, la COB se subordinó progresivamente al partido oficialista. La independencia de clase, principio fundacional de la organización, quedó anulada. Los dirigentes recibieron beneficios materiales y se alinearon con las decisiones del Ejecutivo. La presencia de Evo Morales y luego de Luis Arce en las marchas del Primero de Mayo desvirtuó el sentido histórico de la conmemoración obrera. Cajías describe cómo la COB pasó de ser un “poder dual” frente al Estado a convertirse en un apéndice del oficialismo, incapaz de marcar agenda propia.
Mientras la COB se debilitaba, nuevas formas de organización emergieron con fuerza. La “Guerra del Agua” en Cochabamba (2000), la “Guerra del Gas” (2003), las movilizaciones ciudadanas de 2019 y el paro de 36 días en Santa Cruz en 2022 fueron protagonizados por comités cívicos, juntas vecinales y organizaciones territoriales. En todos esos hitos, la COB estuvo ausente. Su silencio durante dos décadas es el dato que más incomoda: la organización que alguna vez paralizó minas y ciudades quedó relegada a un papel secundario.
Hoy, en medio de la crisis económica y las tensiones políticas, la COB busca recuperar protagonismo. Sus dirigentes han endurecido el discurso contra el Gobierno, cuestionando medidas como el Decreto Supremo 5503 y el fin del subsidio a combustibles. Con marchas y bloqueos en El Alto, la organización intenta instalarse nuevamente como voz de los trabajadores. “No vamos a dar marcha atrás, las movilizaciones continuarán hasta lograr la abrogación del decreto”, declaró José Choque, segundo secretario general de la COB, en diciembre de 2025. La presión en las calles se mantiene, aunque el Gobierno abrió diálogo con otros sectores.
La aparición de la COB en este escenario no pasa desapercibida. “Resulta llamativo que la COB busque protagonismo justo ahora que el MAS ya no controla el Gobierno”, señaló el analista político Carlos Toranzo. “Durante veinte años se mantuvo subordinada, y ahora pretende recuperar un papel que ya no le corresponde.” En la misma línea, la socióloga María Galindo cuestionó: “La COB estuvo ausente en los momentos más decisivos de la historia reciente. Hoy aparece como si nada hubiera pasado, pero la sociedad ya encontró otros mecanismos de resistencia.”
Las escenas actuales refuerzan esa tensión. En enero de 2026, los bloqueos en El Alto mostraron columnas disciplinadas de mineros y fabriles marchando con banderas rojas, mientras la policía intentaba despejar las rutas. Los discursos contra el Decreto 5503 resonaban en las plazas, evocando viejas consignas obreras. Sin embargo, la pregunta que flota en el aire es si la COB puede volver a ser lo que fue, o si su regreso es apenas un eco de su pasado.
La COB, que alguna vez fue capaz de paralizar minas y ciudades, estuvo ausente de las luchas más decisivas de las últimas dos décadas. Hoy regresa, no como poder dual, sino como sombra que insiste en reclamar protagonismo.