Hace unos dos años, a mediados de octubre de 2023, caminando por la avenida Corrientes de Buenos Aires, una de mis favoritas por la cantidad de librerías de libro viejo que hay en ella, me encontré con un libro que me llamó la atención, y lo compré en 3.500 pesos argentinos: Victoria Ocampo: El mundo como destino (Seix Barral, 2002). Su autora es la renombrada María Esther Vázquez, escritora porteña que estudió en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires y escribió varios libros de cuento, poesía, ensayo y biografía (su biografía sobre Borges fue premiada por la editorial Tusquets) y cientos de artículos de prensa.
Leí recién el libro después de algunos intentos frustrados (cada vez me convenzo más de que cada libro tiene su hora) y me encontré con una biógrafa empática y aguda y una biografiada brillante y atormentada. La biógrafa escribe no desde la lejanía, sino más bien desde un conocimiento personal de la biografiada, casi desde una intimidad. La autora, pues, conoció en persona a Victoria Ocampo, pero no solo a ella, sino también a viarios artistas y escritores de su círculo.
Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo nació en 1890 en el seno de una familia aristocrática y de clase alta; en 1901 lee textos en francés (será el francés la lengua en la que mejor escribirá) y se atreve a fundar una revista que solo sacará tres números. Su exigente padre le pone maestros de inglés, italiano, música y piano, instrumento que luego logrará tocar con mucha habilidad. Luego Victoria viaja a Europa, asiste a clases del filósofo Henri Bergson en la Sorbona y descubre a Nietzsche, Schopenhauer y San Agustín. En medio de todo eso, se anuncia el despertar de una ¿novelista? ¿poeta? ¿ensayista? ¿O de una mecenas de artistas y cultores del arte?
Con 22 años se casa con Monaco Estrada, hombre culto y guapo, de quien se enamora intensamente, pero que luego le provocará heridas y tormentos en el alma. En 1914, a los 24 años, Victoria experimenta una fuerte crisis religiosa y lee los poemas de Gitanjali de Rabindranth Tagore, a quien luego conocerá y recibirá en su casa, y de quien será cara amiga. La crisis religiosa se produce por aquellos cuestionamientos que en algún momento despiertan en los seres humanos que leen y se cuestionan sobre los asuntos profundos de la vida, como la ciencia, el arte o la cultura; no obstante, nunca será lo que se dice una atea y, me atrevería a decir, ni siquiera una agnóstica.
Victoria inicia relaciones intelectuales y de amistad con los filósofos Ortega y Gasset y Keyserling. Con este último tendrá luego una ruptura debido a su carácter soez y libidinoso. Y es que Victoria, bella, millonaria, inteligente y culta, suscitaba, lamentablemente, mucho más el enamoramiento que el amor verdadero, mucho más el deseo circunstancial de los hombres que su cariño profundo y duradero. Una vez, por ejemplo, dentro de un vehículo, un hombre que la llevaba a su casa se atrevió a tomarle la mano para ponérsela encima de su bragueta…
Por todo lo que cuenta María Esther Vázquez, tengo la sensación de que Victoria siempre albergó en su espíritu el temor de Dios, como es usual en los intelectuales que no tienen formación espiritual sólida, pero que intuyen que el materialismo o el ateísmo no pueden explicar el mundo o los fenómenos de sus mismas vidas. En efecto: muchos pensadores, científicos, creadores y artistas, como Goethe, Leonardo o Einstein, nunca dijeron que sí creían en Dios, pero sus vidas, sus declaraciones y su obra dan cuenta de que, aunque tal vez de manera lejano o fría, sí lo tuvieron en sus espíritus, o de que al menos lo buscaron. Al final del libro, María Esther Vázquez nos cuenta que, durante su terrible agonía por el cáncer que sufría, Victoria “sentía que el dolor era una especie de castigo por alguno de sus pecados”, que ciertamente los cometió. “Al mismo tiempo, continúa la biógrafa, creía que el dolor la purificaba”. ¿No hay en todos, incluso en los ateos y agnósticos, un espíritu que tiene la certeza de que el lamento y la tribulación son parte de un plan de salvación o purificación? Así, hacia el final de sus días —y junto con otros miles que son llamados al Cielo y no lo saben o no lo quieren admitir en todo lo que duran sus vidas—, pensó la culta, bella e inteligente Victoria. Como escribió C. S. Lewis, “las cosas terrenales no llenan un corazón que fue hecho para el cielo”.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social