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El intelectual domesticado

Rafael Narbona

«Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar», afirmó el sindicalista Marcelino Camacho tras pasar casi una década en las cárceles franquistas. Ojalá surgieran escritores con ese talante. Desgraciadamente, los intelectuales domesticados son muchos más abundantes que los escritores indomables y nada indica un cambio de tendencia. Malos tiempos para la ética y para los que aún buscan en la literatura un poco de esperanza.

La economía de mercado ha herido de muerte al mundo de la cultura. La figura del intelectual comprometido ya solo es un rareza. De hecho, el mundo de la cultura ya no es sinónimo de creatividad, rigor e inconformismo, sino de premios venales, campañas de promoción y volumen de ventas. El lenguaje empresarial ha contaminado la actividad literaria y artística. Las artes plásticas están más cerca del espectáculo mediático que de la búsqueda interior y el anhelo de perfección. La novela y el cuento solo se preocupan de proporcionar entretenimiento a un público poco exigente y conformista. La filosofía se ha convertido en un academicismo estéril y previsible, renunciando a su función crítica y transformadora. Casi nadie se atreve a hablar de utopía, revolución o compromiso. La revolución neoliberal se ha infiltrado en todos los estratos de la sociedad y ha impulsado un conservadurismo que estrangula cualquier forma de innovación o disidencia.

No es extraño que Margaret Thatcher describiera la pintura de Francis Bacon como “trozos de carne” sin ningún mérito artístico o que la América de Ronald Reagan se escandalizara con los desnudos Robert Mapplethorpe, hasta el extremo de que varios congresistas impulsaran un procedimiento judicial para determinar si sus fotografías podían ser consideradas “obscenas y pornográficas”. Es imposible no recordar las reacciones de los nazis contra el “arte degenerado”. Hitler y sus secuaces acusaron a las vanguardias históricas de ser meras apologías de la inmoralidad y la decadencia.

Se afirma que la figura del intelectual nace con el famoso “J’Accuse…!” de Émile Zola, pero si entendemos por intelectual una voz con el propósito de influir en la opinión pública, hay que retroceder en el tiempo y citar a casi todas las corrientes filosóficas de la Antigüedad, el Renacimiento y la Ilustración. Es cierto que el término se acuñó en Francia durante el “affaire” Dreyfus, pero la función del intelectual, que consiste básicamente en “entrometerse” en las cuestiones morales, sociales y políticas, ya existía en la Grecia clásica. Tal vez Sócrates o Diógenes de Sinope (un “Sócrates furioso”) son los mejores ejemplos del papel social del intelectual, un “outsider” que muchas veces se enfrenta a sus contemporáneos, desatando su ira y exponiendo su propia vida.

La aparición de la prensa a mediados del siglo XIX actuó como una gigantesca avalancha que rebasó cualquier límite conocido. El periódico se reveló como un medio de propagación de ideas mucho más eficaz e influyente que el libro. Se ha dicho que el siglo XX es el siglo de los intelectuales: Sartre, Camus, Bertrand Russell, Malraux, Simone de Beauvoir, Marcuse, Horkheimer, Walter Benjamin, Habermas, Hanna Arendt. En las últimas décadas, se ha elogiado a Camus, adornado su memoria con la aureola de un santo laico sin miedo a denunciar la represión comunista en el Este de Europa, mientras se vituperaba a Sartre, acusándole de silenciar o minimizar el horror del Gulag soviético. Se tiende a olvidar que Camus se mostró partidario de que Argelia permaneciera bajo dominio francés, obviando las torturas y los asesinatos extrajudiciales cometidos por el gobierno colonial contra los independentistas. En cambio, Sartre reconoció el derecho de los argelinos a constituirse como nación soberana, se solidarizó la lucha del pueblo vietnamita y apoyó a la revolución cubana. Se equivocó al minimizar la represión ejercida por la Unión Soviética, pero su error no es más grave que la posición de Camus en el tema de Argelia. Ambos merecen ser reconocidos como dos intelectuales que asumieron el reto de estar a la altura de los retos de su época, si bien no siempre desplegaron la perspectiva más acertada.

Entre los intelectuales españoles del siglo XX, podemos citar a Juan Ramón Jiménez, Unamuno y Ortega y Gasset. Juan Ramón Jiménez apoyó la Segunda República y se exilió para no vivir bajo la dictadura de Franco. Decepcionado por la República, Unamuno llegó a apoyar la sublevación militar, pero la brutal represión en Salamanca le abrió los ojos y protagonizó un célebre enfrentamiento con Millán- Astray en el paraninfo de la Universidad. Ortega y Gasset, uno de los artífices de la caída de Alfonso XIII, se retiró de la vida pública por el desagrado que le produjo la agitación revolucionaria y el movimiento soberanista catalán. Nunca llegó a confraternizar con la dictadura, pero descartó una oposición abierta al régimen. Por el contrario, Antonio Machado y Miguel Hernández nunca titubearon en su defensa de la legalidad republicana. Durante la dictadura, los intelectuales permanecieron en el exilio, dispersos y muchas veces desmoralizados. María Zambrano y Rafael Alberti se opusieron al franquismo desde el extranjero, pero aceptaron los honores que les dispensó la España surgida de la Transición.

Solo unas pocas voces se mostraron discrepantes con el proceso reformista, sufriendo una marginación creciente que les excluyó de los grandes medios de comunicación. José Bergamín atacó a la monarquía, asegurando que los pactos de la transición ultrajaban la memoria de las víctimas de la dictadura. En su artículo “La confusión reinante”, publicado en 1978 por Sábado Gráfico, Bergamín describía la transición como “la continuidad cadavérica del franquismo”, evidenciando una vez más su talento para las metáforas y las paradojas: “Yo no sé si reina la confusión porque manda el rey o el rey manda porque reina la confusión”. El artículo le costó un proceso judicial y el veto en casi todos los medios.

Sería inútil buscar en la actualidad figuras como Herbert Marcuse o Bertolt Brecht. Solo Noam Chomsky mantiene una actitud beligerante contra la revolución neoliberal desde una perspectiva anarcosindicalista. Ha triunfado la figura del intelectual domesticado, que se limita a repetir las consignas del poder político y financiero. Brecht no se equivocaba al afirmar: “El que no sabe es un imbécil, pero el que sabe y no habla es un canalla”. Uno de los últimos intelectuales que exhibió una sana rebeldía fue José Luis Sampedro, tristemente desaparecido. Sampedro señaló que nos gobiernan mediante el miedo, que somos mercancías en manos de políticos y banqueros, que hay culturas periféricas donde el ser algo es más importante que el tener algo, mientras que aquí no se es más que lo que se tiene y el que no tiene no es, que lo que llaman “opinión pública” solo es una opinión creada por los medios y el sistema educativo, que se atribuye más importancia a la competitividad que a la convivencia, que en las aulas no nos enseñan a pensar, sino a obedecer, que el capitalismo ya solo es barbarie, que deberíamos indignarnos mil veces más, que nos educan para ser consumidores y productores y no hombres libres, que la democracia está pervertida y secuestrada, que los ricos y poderosos son insaciables, que la soberanía popular es una ficción, pues el poder está en manos de las multinacionales, que se están destruyendo valores básicos, como la justicia, la dignidad y la libertad. Doce años después de su muerte, todas estas afirmaciones no han perdido un ápice de vigencia.

Otro intelectual que no ha transigido con la mugre imperante ha sido Miguel Sánchez-Ostiz, al que los medios ignoran y boicotean. En 2013, publicó un pequeño ensayo titulado El asco indecible. En sus páginas, describía la situación de España bajo el gobierno de Rajoy como una “nueva danza de la muerte”, una macabra “carnavalada” salpicada de abusos y atropellos. “Unos bailan y a otros les toca aguantar el baile sobre sus chepas”. Refiriéndose al franquismo, señalaba: “Nadie ha pedido perdón porque lo volverían a hacer. La impunidad total [es] una marca nacional, como el toro de Osborne”. Se habla de superar y olvidar la guerra civil, pero la guerra civil “nos identifica… cada cual en su bando, en su trinchera. No hay armisticio posible o si lo hay, está cada vez más lejos”. Los verdugos, lejos de ser juzgados, han sido recompensados con títulos nobiliarios y sus herederos se pasean por las cúspides de la política y la actividad empresarial, urdiendo intrigas y estafas. Si alguien duda sobre la legitimidad del sistema, se convoca una farsa electoral: “Nuestra política es acudir a las urnas para darles carta de marca”. Y si los escándalos financieros se hacen demasiado notorios, los trúhanes acostumbrados a veranear en Marbella o Palma de Mallorca siempre podrán “buscar refugio en los tribunales, como quien se acoge a sagrado, porque que sabe que, ahí al menos, puede tener un respiro, sino la absolución total”.

Sánchez-Ostiz se atreve a poner en entredicho la autoridad de las urnas, pues entiende que la alternancia política no es real: “el famoso Estado de Derecho enseña los colmillos y sus sentinas” ante cualquier manifestación de protesta. La policía no es un incontrolable perro de presa, sino el arma ejecutora de una “violencia, extrema y planificada al detalle”, que incluye infiltrados lanzando tapas de alcantarilla contra los escaparates, con tal torpeza que su arma reglamentaria queda al descubierto. No es un rumor, sino algo que sucedió en Iruña en octubre de 2012. El Diario de Navarra publicó la imagen. Ante tanta ignominia sólo cabe arrojarse a la calle: “¡A la calle, que ya es hora… sí, de que te abran la cabeza con total impunidad! Algo habrás hecho, como entonces, como ahora, por andar en algaradas, molestas algaradas. Un riesgo que hay que correr. Si no salimos, estamos perdidos”. Sánchez-Ostiz denuncia la violencia policial instigada por un gobierno de derechas: “Apalean a un niño de trece años, y su imagen con la cabeza abierta y sangrando se convierte en la imagen más real de un país, España, y del estado en que se encuentra. Y la imagen da, dicen, y es verdad, la vuelta al mundo, pero detrás viene otra y otra y otra más. Y el país se pone en el punto de mira informativo internacional no por su pujanza o su creatividad, sino por su violencia institucional”. Nuestra libertad democrática sólo es “una libertad vigilada”. Con el gobierno de Rajoy, se incrementó un 1.780 % el gasto en material antidisturbios. “Empleo, no, palo. Es posible que tengan la sospecha de que tras la indignación puede venir la furia”.

Sánchez-Ostiz denuncia la degradación del sistema democrático: “La perversión moral y social avanza en aras del Estado autoritario”. La verdad ya solo se puede hallar “extramuros de un sistema mediático más férreo de lo que parece”. Su carácter marginal y excéntrico cuestiona la esencia de un sistema que reduce al ciudadano a un papel irrelevante: “Un sistema democrático no consiste solo en votar”. Este procedimiento o rito “encierra algún fraude oscuro cuyo alcance no se llega a ver”. Con la “España imperial y casposa, imperial y nacionalcatólica, hambrona y falangista, autoritaria, policial, acogotadora, inquisitorial, patria eterna de Caín”, no cabe el diálogo, sino la ruptura. Sánchez Ostiz elogia a poetas injustamente menospreciados, como Gabriel Celaya, Blas de Otero y Ernesto Cardenal, “poco y mal leído”. Cardenal asegura que “la protesta es ahora más necesaria que nunca […] Ahora los problemas son tan grandes que la poesía social, la protesta, la rebeldía y la insurrección son muy necesarias”.

Sánchez-Ostiz no ignora que nada contracorriente y que su perspectiva heterodoxa abona su exclusión y marginación: “La muerte social del que molesta es un hecho. […] Hacer desaparecer de la vida pública a quien de lo público vive es mucho más fácil de lo que parece. Basta un plumazo. Una llamada que se repica y ya está. Lo demás viene rodado”. Sin embargo, no manifiesta ninguna intención de cambiar de rumbo: “Lo que se toma por incorrección política o por disidencia radical, te hace perder amigos, por no hablar del favor de los poderosos o de quien puede darte trabajo, pero prefiero perderlos a callarme. Esto no es un gesto de decencia, sino de hartadumbre, la expresión de un sentimiento de asco indecible”.

«Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar», afirmó el sindicalista Marcelino Camacho tras pasar casi una década en las cárceles franquistas. Ojalá surgieran escritores con ese talante. Desgraciadamente, los intelectuales domesticados son muchos más abundantes que los escritores indomables y nada indica un cambio de tendencia. Malos tiempos para la ética y para los que aún buscan en la literatura un poco de esperanza.

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