Podría ser el título de una serie de Netflix, algo en la línea de The Americans, aquella producción en la que Keri Russell y Matthew Rhys interpretan a un matrimonio de espías soviéticos infiltrados en la sociedad estadounidense. Actúan como una familia común y corriente, con dos hijos, mientras llevan a cabo misiones para la KGB. En el desenlace, el agente del FBI que los descubre decide no arrestarlos, quizás por una mezcla de respeto y admiración.
Cito la serie no solo porque existen muchas novelas y películas sobre el mismo tema, sino porque guarda un inquietante paralelismo con lo que sucede con Donald Trump.
Un presidente «reclutado»
“Hoy en Washington se vive una serie real: el presidente es un agente de Moscú”, me dijo un amigo, incapaz de entender cómo Trump logró alterar décadas de pensamiento antisoviético y antirruso en Estados Unidos. No solo entre los demócratas, sino también en el Partido Republicano, hasta que este cayó en manos del trumpismo.
Periodistas e investigadores llevan años buscando respuestas. Hay material abundante, como el libro American Kompromat de Craig Unger (2022), que examina los lazos de Trump con Rusia. Según Thom Thavenius, exoficial de inteligencia, tres exagentes de la KGB afirman que Trump fue “cultivado” y reclutado a principios de los años 80. De hecho, habría tenido un nombre en clave: “el camarada Krasnov”.
Yuri Shvets, exoficial de la KGB y fuente principal de Unger, sostiene que tuvo acceso a documentos sobre la operación de reclutamiento.
Para profundizar en esta historia, recurrí a Björn af Kleen, corresponsal en EE. UU. del diario sueco Dagens Nyheter. Según él, todo comenzó el 4 de julio de 1987, cuando Donald Trump viajó a Moscú con Ivana, su primera esposa. Se alojaron en la suite Lenin del Hotel Nacional, habitación 107.
En aquellos tiempos, la agencia estatal Intourist controlaba todos los circuitos turísticos. Los visitantes eran cuidadosamente observados. Incluso algunos colegas me advirtieron sobre micrófonos en los hoteles: “Si quieres decir algo privado, deja correr la ducha para interferir el sonido”.
Pero Trump no fue a Moscú a celebrar la independencia de EE. UU., sino a expandir sus negocios. Soñaba con construir una Torre Trump en la Plaza Roja.
Cuando un empresario como Trump solicitaba visa, la embajada soviética enviaba un informe previo para garantizar un “seguimiento profesional”. El encargado de este informe fue el embajador Yuri Dubinin, un veterano diplomático que, al llegar a EE. UU., visitó la Torre Trump y solicitó una reunión con su propietario. Según su hija, Natalia Dubinina, el embajador le dijo a Trump: “Lo primero que vi en Nueva York fue su torre”. La reacción del magnate fue inmediata: “Se derritió enseguida. Es una persona emocional. Necesita confirmación”, relató Dubinina al diario Komsomolskaya Pravda.
El propio Trump escribió en The Art of the Deal (1987): “Me impresionaron los esfuerzos de los funcionarios soviéticos por llegar a un acuerdo”.
Investigadores y el fiscal especial Robert Mueller han tratado de desentrañar la relación entre Trump y Putin. Muchos de los datos clave están en fuentes abiertas. Luke Harding, excorresponsal de The Guardian en Moscú, rastreó los orígenes de esta conexión en su libro La Conspiración: Cómo Rusia ayudó a Donald Trump a llegar a la Casa Blanca.
Harding documenta cómo, en los años 80, la KGB cambió su estrategia de influencia en Occidente. Los contactos tradicionales —políticos, sindicalistas, intelectuales— estaban agotados. Entonces, el general Kryuchkov, director de la KGB, ordenó buscar nuevos perfiles: empresarios con ambiciones y vulnerabilidades financieras. “En EE. UU., en particular, hay que usar con audacia los incentivos materiales”, decía un memorando de la época.
Trump encajaba perfectamente en ese perfil, y más aún por su matrimonio con Ivana Zelníčová, una modelo checa nacida bajo el régimen comunista. Documentos desclasificados en 2016 revelan que la inteligencia checoslovaca vigilaba de cerca a la pareja. En cartas de Ivana a su padre, un ingeniero con conexiones en la policía secreta, aparecen las primeras menciones a las aspiraciones políticas de Trump.
El magnate incluso se reunió con Mijaíl Gorbachov, haciendo su primera incursión política al abogar públicamente por el desarme nuclear. Poco después, pagó 94,801 dólares por anuncios en los principales periódicos estadounidenses denunciando que EE. UU. malgastaba dinero protegiendo a sus aliados. “¿Por qué esas naciones no pagan a EE. UU. por las vidas y los miles de millones que gastamos protegiendo sus intereses? ¡No permitamos más que se rían de nuestro país!”
Aunque no hay pruebas definitivas, desde entonces Trump ha trabajado por la desintegración de la alianza occidental, una prioridad de Moscú desde los años 70.
Harding también señala que en los años 80, dinero procedente de la URSS comenzó a fluir hacia los negocios de Trump. Una investigación de Reuters identificó a 63 compradores rusos que adquirieron propiedades en Florida por 93.4 millones de dólares. En 2008, el oligarca Dmitry Rybolovlev pagó 95 millones por la mansión Maison de L’Amitié en Palm Beach, que Trump había comprado por 41.4 millones.
A esto se suma el rechazo de los bancos estadounidenses a prestarle dinero, tras sus repetidos fracasos financieros. “Los ingresos de la URSS y luego de Rusia lo salvaron de la ruina”, afirma Harding.
Cuando Trump volvió a Moscú en 1996, el diario Kommersant lo presentó como un empresario que había superado la bancarrota. En ese viaje, se interesó por el hotel Rossiya, un gigantesco edificio cerca del Kremlin.
La Rusia de Putin es un Estado oligarca-mafioso, un modelo que encaja perfectamente con el entorno que Trump construyó en su administración. No se trata de ideología, sino de poder y dinero.
Ambos líderes parecen compartir una visión: un mundo gobernado por tres bloques. Putin se quedaría con Europa; Trump, con EE. UU., Canadá y Groenlandia. La alianza atlántica, piedra angular del orden occidental desde la Segunda Guerra Mundial, quedaría destruida.
La pregunta no es si Trump fue reclutado, sino hasta qué punto sigue operando como el camarada Krasnov.