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2025

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Dostoievski leyendo Don Quijote en Omsk. Frío y lobos. Hielo y lobos. Hierro, castigo. No puedo escribir, decía, mientras no digiera las experiencias, o algo así. Después el sol de Semipalatinsk, la estepa kazaja, de cuyas historias me nutrí por los inmigrantes rusos en el Denver de los años noventa. Ahí también el viento gélido corta el cuerpo en dos. No peor que Omsk. En la memoria, la brisa de Pavlodar agita tenues las hojas de los manzanos. Los años corren, así este. Hay aromas persistentes, permanentes en el pasado. Eso prima; eso queda.

Mucho recuerdo de este año, si cabe llamarlo así porque está aún muy vivo. Tal vez en unos meses se pueda mencionar estos tiempos como idos. Por ahora no. Escribir, por ejemplo, comenzaría Neruda, pero no deseo comenzar. Mejor dejarlo así, en la imperfección de los sentimientos. No sabíamos a lo que nos exponíamos y está bien. Si lo aprendimos o sacamos conclusiones se verá luego, por ahora hay que dejarlo correr. Todos mencionan la velocidad con que pasó; fue lentísimo para mí. Es más, me asombra que terminase, no lo hubiera creído. Pero estoy ante el hecho concreto. No se difuminan las siluetas de Coruña y de Betanzos, para nada. Tampoco las de Belgrado y la espera del bus que me llevaría a Bulgaria y del que tuve que alejarme sin yo quererlo. Circunstancias que tal vez truncaron cosas pero ni pensarlo, la dinámica excede con mucho las posibilidades y no se debe mirar atrás a riesgo de transformarse en sal.

Primer año jubilado, valga anotarlo, con el cúmulo de errores que hechos recientes y desconocidos traen consigo. Y con harto positivo, por supuesto. Ni lloroso ni meas culpas. Si algo se perdió, y bueno, tanto hemos perdido en décadas. Y si no, pues venga que las fuerzas se han renovado y luego de doce meses uno ha aprendido a construir trincheras, a solidificar defensas y crear estrategias de avance. Ha ejercitado sus filas, las ha disciplinado. Como un año de provincias para los maestros rurales, puro aprendizaje. Observa el maestro Juan Rulfo desde Sayula; observa y sonríe. Sonrío también, el guante ha sido echado, no tanto los dados. El desafío, no el azar.

Hermoso veinte veintinco.

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