Primera conexión: Altiplano, Cinema Paradiso y la intrusión

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De: Daniel Averanga Montiel / Para Inmediaciones

El uso del mundo pequeño en literatura confiere verosimilitud al producto literario; podría decirse que hay miles de ejemplos para considerar que esta técnica realmente sirve, porque ejemplifica elocuentemente un problema local como espejo de un problema universal, sin pretextos de tiempo, contexto o coyuntura.

“Altiplano” (1945), la novela de Raúl Botelho Gosálvez, es el ejemplo más significativo del aprovechamiento de esta técnica: Todo inicia por el augurio de una sequía en Jatun-Kolla, un pueblo altiplánico que termina siendo el reflejo de aquella Bolivia rural y olvidada de principios y mediados del siglo XX; pero esto no se queda allí, Botelho describe una historia de supervivencia impresionante, una novela llena de verdades sobre la crudeza de la ciudadanía hipócrita y sobre aquel boliviano promedio, casi siempre vigente a pesar de los cambios educativos, que saca provecho de su prójimo, y saca mucho más provecho cuando encuentra a su prójimo agonizante. La descripción de Jatun-Kolla, unida a la manipulación del ambiente y de los personajes que buscan un sentido a su realidad a través de la supervivencia, hace que “Altiplano” quede como un precedente dentro de las letras bolivianas, de lo que significa crear un pequeño mundo para interpretar la realidad, la misma que puede generalizarse e incluso considerarse una predicción.

En sus “Estudios críticos” (1969) Carlos Medinaceli auguró (aquel artículo ya había sido escrito en 1939) que Botelho Gosálvez sería un gran novelista y que a él le deberíamos el nacimiento de la novela americana-boliviana. Güiraldes, Ribera, Gallegos e Icaza representan, desde sus países, “novelas mayores”; en Bolivia, en cambio, pocos se arriesgan a hablar de “novelas mayores”: “Raza de bronce” de Arguedas y “Los tejedores de la noche” de Urzagasti serían mis primeras sugerencias, e insistiría en que “Altiplano” tendría que ingresar a ese espacio de denominación, pero también a los colegios; y el que no abarque trescientas páginas completas la hace mejor, porque muchos creen que una “novela mayor” debiera poseer la lógica de la narrativa rusa: es decir, que el prólogo tenga unas ciento y pico páginas, y el resto posea mínimo ochocientas. La novela de Botelho no aspira a ser un mamotreto, sino a llegar al lector con un lenguaje pleno, maduro, señorial, grandioso y un manejo del final “mayor” que, hasta ahora, pocas novelas bolivianas (y latinoamericanas) han logrado alcanzar.

Cambiando el drama por la nostalgia, existe una película que estudia a su mundo pequeño desde la aparición de un factor externo para conspirar contra su naturaleza. Si en “Altiplano” la sequía transforma la vida de sus habitantes, en “Cinema Paradiso” (1988), la aparición de un cine altera la aparente tranquilidad de la gente que vive por allí. Y es aquí, que el manejo de la comedia y la nostalgia hacen que los fanáticos de los clásicos se identifiquen con el proyeccionista y el ayudante de proyeccionista, convirtiendo a “Cinema Paradiso” en un estudio de la Europa de principios de siglo, de sus costumbres, de sus tabúes, de sus miedos y de sus idiosincrasias.

El director de esta película, Giuseppe Tornatore, gran fanático de las obras de Giovanni Guareschi, trató de mostrar la faceta de la normalidad “violada” por lo ajeno a la cotidianidad, y estudió muchas obras al respecto, sean cuentos como los de Hemingway o novelas como las de Guareschi; y siempre que se le preguntó por la inspiración que le hizo considerar “Cinema Paradiso” como un producto artístico en potencia, Tornatore siempre dijo que aquella película la hizo pensando en explicar cómo la gente en Europa reaccionó a la aparición del cinematógrafo, como también reaccionaría ante otros estímulos también positivos (o negativos).

Parecen distintas, pero la conexión entre la novela de Botelho y la película de Tornatore es de intrusión de un elemento al mundo creado.


[1] Escritor orureño, fan de Gilda y de la música de Riz Ortolani.

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