La triste realidad de los perros abandonados en las ciudades de La Paz y El Alto.

Por: Nayma Enriquez Torrez / Para Imediaciones

Deambula por la concurrida calle y parece invisible a los ojos de los transeúntes. El cielo está cargado de negros nubarrones. En pocos minutos caerá una fuerte lluvia. Hace frío y Perla tiene mucha hambre.

Está a punto de terminar el día y en su estómago apenas lleva un poco de agua sucia. Sigue su instinto. Se dirige a un basural por algo de alimento.

Escarba con ayuda de sus patas y su hocico. Encuentra un pellejo de pollo, que devora desesperada. Sigue buscando en la basura, pero no logra encontrar nada más. Vaga sin rumbo porque no tiene a dónde ir, en una ciudad que no es buena con ella.

Han transcurrido tres años desde que vio a sus dueños por última vez. Eran cariñosos con ella, sobre todo cuanto era pequeña. Tenía juguetes, su favorito era un huesito de hule que mordía sin cansancio. Dormía en un cómodo lecho junto a su plato de comida, sus placeres más grandes.

Le gustaban mucho las croquetas, esas que le compraban cada semana, cuando ella y los niños de esa familia salían a las plazas y parques por momentos de juego.

Cómo añoraba ahora esos días de tanta dicha, cuando no imaginaba que todo cambiaría al simple hecho de sobrevivir.

En la calle

El tiempo que Perla está en las calles le enseñó esta nueva forma de existencia sola sentenciada, como dice una vieja frase, a vivir o morir.

Hubo una experiencia que la marcó a los pocos días de estar en la calle, cuando un minibús estuvo a punto de atropellarla. Un bocinazo fuerte, muy cerca, la asusto de tal manera que corriendo sin rumbo, mientras el chófer le gritaba. No entendía que había hecho mal, ella simplemente buscaba comida, esa era su única tarea desde hace días. Necesitaba cualquier cosa que saciara la terrible hambre que sentía. La sed la aplacaba con agua de las calles o el rocío de las plantas cuando iniciaba el día.

Con el paso de los días su figura grande y fornida fue remplazada por la de una escuálida perra, que parecía un armazón de huesos con poco pellejo y con ojos tristes.

La historia de Perla es recurrente en cada rincón de Bolivia. Muchos perros son abandonados, sobre todo cuando ya son adultos.

Según datos de los municipios de La Paz y El Alto y sus direcciones de zoonosis, entre ambas ciudades existen cerca de 500 mil canes en las calles. En la urbe alteña son unos 350.000 perros y, en La Paz, 140.000.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) debería contarse con un perro por cada 10 habitantes, sin embargo las cifras mencionadas muestran que hay tres canes por cada 10 ciudadanos, aproximadamente, en el departamento.

Problemas de la sobrepoblación de canes

La excesiva presencia de animales, tanto domésticos como callejeros está provocando muchos problemas en las calles, pero tres son fundamentalmente: la transmisión de enfermedades, la contaminación ambiental y los accidentes por mordeduras.

Según autoridades de zoonosis muchos perros tiene propietarios, sin embargo la poca cultura del cuidado y respeto hacia los animales hace que el porcentaje de animales callejeros sea alto.

En la ciudad de El Alto se llegó a cuantificar, en distritos rurales, hasta cinco perros por familia, según Rolando Yujra, director de zoonosis. Muchos de ellos son utilizados como cuidadores de casa, es decir para evitar que los ladrones hagan de las suyas. Estos animales, pese a este “trabajo” reciben muy poco, sólo sobras de comida y ningún otro tipo de cuidado.

Muerte masiva

Una mañana de abril la muerte se apoderó de cuatro zonas alteñas: Dignidad, La Paz, Cristal y San Nicolás, del Distrito 8 de El Alto, el más extenso de la urbe. Allí aparecieron 40 animales sin vida en vía pública.

Los vecinos no sabían que ocurrió. La unidad de zoonosis de la comuna alteña determinó que la causa de las muertes fue envenenamiento por ingesta de órganos fosforados. Vanas fueron las investigaciones, porque nada se logró averiguar. Alguien simplemente quiso matarlos y dispersó veneno en panes y carnes que fueron devorados por los incautos perros.

Este proceder alarmó a los activistas y protectores de animales.“Cuando no pueden cuidarlos y mantenerlos simplemente se deshacen de ellos”, criticó Justina Poma, representante de la Organización Qanasa Animales.

Vivir o morir

Otro triste escenario aparece como contraste. Los vecinos del distrito 13 de El Alto, acudieron a los medios de comunicación alarmados por el hallazgo sangriento de su ganado. Ovejas, vacas, toros e incluso gallinas aparecieron sin vida, con marcas de mordidas como denominador común.

Unos a otros vecinos se preguntaban que podría haber provocado semejante masacre, tras un complejo análisis determinaron que las marcas de dientes corresponden a perros, esos que vieron deambular días antes por su comunidad, animales que habían sido domésticos, pero se volvieron salvajes por falta de alimento.

El mallku de la comunidad, Antonio Maquera, manifestó que hace dos meses aproximadamente aparecieron estos perros vagabundos, andan ahora en manadas y causan terror no solo a su ganado, sino también a los habitantes de la comunidad.

Para Justina Qanasa activista por los derechos de los animales, ese fenómeno ocurrió porque los perros abandonados en las calles alteñas buscaron una forma de subsistir y obligados por el hambre atacaron a los animales.

Un triste final

La última vez que vi a Perlita estaba sobre un basural en la zona Cosmos 78. Estaba muy delgada. Cuando la llamé por su nombre, me miró como tratando de reconocerme.

Ya casi no puede conseguir su comida. Su débil organismo se daña cada día más. Ahora la intimidan el hambre, la debilidad y los perros más jóvenes que le quitan lo poco que queda para ellos entre los desechos. En su diario vivir no tiene nombre, ni nada que le recuerde que es un ser viviente que debió acabar sus días de diferente manera.

Mientras se aleja, una vez más me mira, quizá buscando recordar los mejores días de su vida. Se aleja. Quizá nunca más la vuelva a ver.

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