Vuelo en la alfombra mágica

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Arce Catacora, el chamán de los enamorados de la falsa revolución, ha sentenciado: cien pesos, cien bolivianos, no se necesita más.

Evidente que este galán de cintas B, de la mersa del plurinacionalismo fascistoide y desnudo, de economía no sabe. Que macro o micro. La línea D pasa por la Juan de la Rosa y desvía en la Calancha. ¿El macro? No sabemos por dónde va. Si de retro o de lado. Poco importa en este enrevesado mundo de chalanes convertidos en amos, de pongos esclavizadores de pongos, de indígenas a priori y oligarcas a posteriori, de sexo convencional o nefando, por donde venga mejor, por donde asome el lucro, que la política es la prostituyente de la vida y los actores.

Que sabemos, y bien, en la Sodoma y Gomorra que hacía bailar el grupo cubano-boliviano Guapachá, que bien sabemos, que diosa cocaína manda donde no hay capitán ni marinero, que aquí el amo es el financista escondido, el desollador, y no estos mimos que se mueven al son del viento, títeres, marionetas que el tiempo ha dejado y que por ahora juegan un rol de canalla en ristre, basura ensalzada de manera exponencial y cuya garantía eterna ya caducó mucho ha. Pandilla que juega los descuentos y que espera hasta el último pitazo que los hará campeones. Acá, aquí, acullá, el único campeón es esa jerarquía escondida que permite a sus chacales jugárselas de machos, apostar de capataces, hasta que la muerte los separe, pero no por amor sino porque el negocio del narco es volátil y eunucos abundan por doquier para dárselas de presidentes. En el mundo del negocio no hay mesías, ni iluminados ni yatiris. El arte adivinatorio es para los malos poetas y para la juerga, jerga, agonizante de los masistas en comparsa. Ellos ven lo que la historia  no ve, y lo que las circunstancias hacen semejar imposible. Que quien desafía al patrón Morales ya perdió, en primer lugar por el masivo fraude y en segundo por la orfandad de gente de lucha, gente de clase, que enfrente la falacia del seudomarxismo, que estos no son marxistas, más bien marxistos.

Queda o amargarse o montarse en el raid de la alfombra mágica, porque desde arriba el panorama pierde detalle y la debacle parece acuarela. Arce Catacora sentencia: cien. 100 es un número drástico, aquel que porta o portaba el ceño cachondo del Longaniza, Simón Bolívar. Bolívar provee para la patria y los patriotas, y cien es el número después del 99, la cumbre adonde se puede llegar.

Clara escuela cubana.

Maduro parece haberse afianzado. En la Asamblea Nacional ya chaquetean; Trump está cargado de sus propias mierdas y no quiere meterse en honduras al sur. Finalmente que se maten entre ellos, salvajes. Ya lo dijo en el mundial de fútbol del 66 en Inglaterra, el técnico de aquella selección, refiriéndose a los argentinos: animals. No se equivocaba, seguimos de recua indócil pero borregos al fin.

Varitas mágicas, Harry Potter, el elegante vice con dengues de Donna Summer; el otro, el cacique, de Rita Hayworth. Dicen que uno es lindo y el otro horrible; dicen las mujeres. Uno maneja la alfombra, la recorre por los cielos de esta Persia blandengue de Bolivia. El otro grita, como los cobradores de El Alto, que arriba, que se les hará precio si montan. Que ya nos vamos, que a un peso, que esto y lo otro y alfombra llena como micro. O macro. Cien, dicen, suficientes para la canasta familiar. Cien le sirven al Catacora ese para limpiarse el ano, si lo tiene atrás, que quizá lo lleva en la espalda como los perros aztecas que encontraron los de España en este mundo de encuentros y sorpresas.

Pondrán a Catacora en lugar de Bolívar en el billete, susurran. Papel higiénico rojo ¿será comunista?, porque acá en la tierra de maldita bendición hasta Hitler canta la Internacional… cuando lo miran.