Virus con corona feble

0
653

No me gustan las coronas.

Me gusta menos lo que representan: privilegios, supremacía, realeza. Por eso no me gustan, porque soy un descreído de todo ello, porque son portadas por quienes buscan que se les rinda pleitesía (reyes, cardenales, papas, el bufo y fugado coronado local).

Hoy, sin embargo, pretende imponernos sumisión otro tipo de corona, una que no exige besos en la mano. Es más, busca evitarlos, como a los abrazos, los apretones de mano y toda otra muestra física de cariño (lo que ya es imperdonable). Y esta corona, que intuyo diminuta, invisible, pero más poderosa que muchas otras, es portada por… un virus.

Como en todo complot real que se precie, este aspirante a monarca necesita convencer a sus futuros súbditos de que está destinado a tomar el control de sus vidas, y para eso necesita ayuda. Parece que esa ayuda (así sea con la mejor intención) se la están brindando actualmente los medios de comunicación.

Noticiosos locales e internacionales informan solamente sobre la Covid-19. Ofrecen un detallado recuento de contagiados y muertos. Con gráficas, claro, y mapas coloreados, y actualizaciones permanentes. Encuentro mucho de morbo en ello. Y recordando que Jorge Volpi decía que los periodistas profesionales son los que investigan, no los que opinan, me empeño en ejercer mi derecho a analizar la información recibida, pasándola por el tamiz del sentido común y de un sano escepticismo.

Por ejemplo, ¿cómo puede hablarse del porcentaje de muertes por Covid-19 si no se sabe el total de enfermos? Parece que, empezando por la OMS, los primeros datos se calcularon sobre el total de contagiados hospitalizados, lo cual no tiene sentido. Pese a ignorar el total real de positivos (así los llaman, ¿no?), los gobiernos y las cadenas noticiosas se empeñan en dar porcentajes.

Descreído incorregible de verdades absolutas como soy, busqué información estadística en internet, y encontré por ejemplo que en España (uno de los países más afectados por el virus), cada año morían cerca de 70 mil personas por problemas pulmonares y neumológicos (segunda causa, luego de problemas cardíacos). Casi al terminar el primer cuatrimestre del 2020, los muertos por coronavirus en ese país pasan los 20 mil. Apenas por encima de los 17.500 (promediando el dato anual) que existirían sin Covid-19.

En un video, médicos californianos afirman sin ambages que la tasa de mortalidad de Covid-19 es similar a la de la gripe común, y que la cuarentena no reduce significativamente los contagios. ¿Por qué creer a estos médicos y no a los que creen que mañana será el apocalipsis? No debe creerse a estos ni a aquellos de manera absoluta. Estar bien informados también implica un trabajo adicional, propio, de análisis.

Se escucha hablar de una “guerra contra el coronavirus”. Si es que hay una guerra que debamos enfrentar, no creo que sea contra este minúsculo contendiente. La humanidad tiene una larga historia en eso de enfrentar plagas y epidemias, y siempre sobrevivió. Y me asalta la duda de si la corona del SARS-CoV-2 no sea solamente diminuta, sino también de hojalata, que sea una corona feble. Y temo que nos estemos engañando, que el enemigo mayor sea otro: El miedo. Miedo que nos impide salir a tocar, a abrazar, a besar… a vivir. Son condiciones demasiado duras a cambio de firmar la paz, y acaso estemos siendo demasiado ingenuos al aceptarlas sin más. Temo que estemos rindiendo la plaza con demasiada facilidad, que estemos sacando la bandera blanca sin saber con certeza la capacidad de fuego del enemigo, mientras minimizamos la nuestra (nuestro sistema inmunológico, claro). Y me enerva el solo imaginar que alguien, poderoso, paquidérmico e hipócrita, ría en la oscuridad, viendo cómo nos amontonamos, cual manada temerosa de un depredador mediocre al que tememos enfrentar.

¿Qué cómo oso plantear estas dudas? Lo dicho, consultando datos objetivos.

Según la página web de la OMS, las mayores causas de muerte en el mundo el año 2016 (no existen datos de años posteriores) fueron las siguientes:

Cardiopatía isquémica y accidentes cerebrovasculares: 15,2 millones.

Enfermedad pulmonar obstructiva: 3 millones.

Cáncer de pulmón, tráquea o bronquios: 1,7 millones.

Infecciones de vías respiratorias inferiores: 3 millones.

Diabetes: 1,6 millones.

VIH/SIDA: 1,5 millones.

Enfermedades diarreicas: 1,4 millones.

Tuberculosis: 1,3 millones.

Accidentes de tránsito: 1,4 millones.

(Lo primero que me pregunto es cuántas de las muertes ocasionadas por tuberculosis e infecciones de vías respiratorias hoy se reportan como provocadas por Covid-19).

En el primer cuatrimestre de este año se reportaron algo más de 270.000 muertes por Covid-19. Si extrapolamos esa cantidad a un año entero (multiplicándola por tres), se puede estimar un total de 810.000 muertes, es decir: 0,81 millones.

Para decirlo de manera poco elegante: la diarrea mata más personas que la Covid-19. Los accidentes de tránsito, también, pero nadie propone prohibir el uso de vehículos. ¿Un dato más?, según la FAO, 6 millones de niños menores de cinco años mueren de hambre cada año. Pero claro, el hambre no se contagia, quizás por eso este dato no parece molestar a nadie.

Continuemos con el ejercicio numérico: Redondeando los 0,81 millones de muertos probables por año por Covid-19 a un millón (por aquello de la curva), y dividiendo ese millón entre los 7.700 millones de personas que habitan este mundo (según estimaciones de la ONU), obtenemos un valor de 0.013%. Esa es la probabilidad que cada individuo tiene de morir a causa de este diminuto y antipático coronado. Obviamente, ese porcentaje puede/debe matizarse según los grupos de mayor vulnerabilidad y otros criterios, pero no deja de ser un porcentaje bajo. Queda también claro que el contagio de Covid-19, si bien entraña peligro (sobre todo para los segmentos de mayor riesgo) no es una condena segura a muerte. Está muy lejos de serlo.

Si la OMS y los medios de comunicación nos habrían planteado la existencia de este nuevo virus desde esta perspectiva, ¿habríamos aceptado las medidas que ahora rigen nuestra sociedad?, ¿habríamos renunciado al trabajo, a la educación y a la vida social?

Todos asumimos que la cuarentena ayuda a bajar el riesgo, pero empiezan a aflorar voces disidentes. Y las dudas se asientan (una vez más) en datos objetivos. Suecia es un buen ejemplo de ello, pues apenas impuso ciertas medidas sanitarias, sin una cuarentena forzosa. Recomienda cuarentena a los enfermos y a las personas de la tercera edad. Siguen pasando clases y el impacto laboral fue mínimo. ¿Tiene contagiados y muertos? Sí, los tiene. Más que Alemania y algunos otros países, pero menos que muchos otros. Parece que la cuarentena dura no marca una diferencia significativa. Es cierto que en Suecia el parlamento ya autorizó al gobierno a tomar las medidas que juzgue necesarias, y quizás en algún momento se dicte una cuarentena (hay voces en ese país que así lo piden), pero los datos hasta ahora muestran lo dicho.

“El miedo es peor que la borrachera”, solía decir mi padre, refiriéndose a temas futbolísticos. Creo que la frase puede aplicarse también ahora. Estamos borrachos de miedo. Todos, gobernantes y gobernados, y el miedo no suele ser un buen consejero.

La cuarentena parece ser el común denominador en cuanto a medidas sanitarias. Asumamos que sí ayuda en esta lucha, pero se debe reconocer que también tiene un efecto negativo que no debe ser soslayado. Mayor violencia intrafamiliar, mayor abuso infantil, más casos de depresión, más casos de alcoholismo y más suicidios, por mencionar algunos. Y a nivel económico, las consecuencias serán durísimas. “Primero la salud, luego la economía” se argumenta en las redes sociales, como si fueran variables totalmente independientes. No lo son, lamentablemente.

Según la OIT, el 90% de los trabajadores informales de Latinoamérica podría llegar a una situación de pobreza como efecto de la pandemia. La Fundación Jubileo estima que 1,8 millones de bolivianos pasarán hambre y correrán mayores riesgos debido a las restricciones sanitarias actuales. Uno de los argumentos suecos para no decretar cuarentena fue que, en caso de hacerlo, la situación económica del Estado obligaría a recortar recursos –entre otros– al servicio sanitario público, lo que ocasionaría más decesos a futuro. La cuarentena también puede ocasionar muertes, entonces.

Hay muchas zonas oscuras en la lucha contra el virus. Sospechas fundadas de una cantidad demasiado alta de falsos positivos, varias voces de expertos que dicen que la OMS está equivocada. Muchos especialistas que sostienen que la cuarentena no tiene sentido, otros que advierten contra el uso excesivo de desinfectantes, que el uso prolongado de barbijos puede ser contraproducente. Son dudas planteadas por gente que sabe de lo que habla, y que deben ser absueltas de manera convincente por quienes están a cargo de esta lucha. Si no es posible refutar objetivamente esos criterios, deberían considerarse al momento de tomar decisiones y definir políticas.

Ojo, no llamo a incumplir disposiciones actuales. Soy un convencido de que las normas deben cumplirse, aunque no estemos de acuerdo con ellas. Y en contrapartida, estoy también convencido del derecho que todos tenemos a cuestionar esas normas, y de exigir a quienes toman decisiones que lo hagan de manera informada y honesta, que busquen tomar la decisión correcta, no la más cómoda ni la que más réditos políticos proporcione. Tampoco minimizo el riesgo del SARS-CoV-2, simplemente intento evitar maximizarlo más allá de lo razonable.

En el mejor de los escenarios, la cuarentena solamente logra “aplanar la curva”, es decir, evitar que muchas personas se contagien en un período corto de tiempo. ¿Qué se gana con eso?, tiempo para mejorar las condiciones del sistema sanitario. Entonces, es válido preguntar a los gobiernos que amplían el período de cuarentena e imponen duros castigos a quienes la violan, ¿cómo aprovechan este tiempo? ¿Está el sistema sanitario público mejor preparado hoy de lo que estaba antes de la cuarentena?, ¿en qué porcentaje creció la cantidad de pruebas realizadas para detectar a los contagiados? Si las cifras no son notoriamente más altas que antes del confinamiento, estamos siendo engañados, y la cuarentena no será más que una forma cómoda de mostrar que se está haciendo algo, cargando el mayor peso del problema sobre las espaldas de los más débiles, de aquellos que enfrentan la cuarentena como un riesgo mayor al propio contagio, (y esto no es ninguna exageración).

Hace poco leí una entrevista al escritor cubano Leonardo Padura, en la que decía que hemos entregado por el bien común todas nuestras libertades a los gobiernos. Es necesario, no hay otra alternativa, pero es peligroso.

¿Que debemos tomar cuidados contra éste –y cualquier otro– virus? Por supuesto que sí.

¿Que debemos aceptar que para cuidar nuestra vida, debamos renunciar a buena parte de lo mejor de ella, sin siquiera analizar otras opciones?, ¿que debemos cumplir una cuarentena sin poder exigir a los gobiernos que hagan lo que deben hacer?, ¿que luego de meses de lidiar contra la Covid-19, de conocerla, de saber que no es la encarnación de la parca, el mantra de Quédate en casa (hashtag incluido) sea nuestra mejor, o nuestra única respuesta? No.

Por favor no.