En memoria de Víctor Codina SJ

Augusto Monterroso, autor del cuento, El dinosaurio, en el que magistralmente lleva al lector, del mundo de los sueños a la realidad; pues, el hombre que estaba soñando con un dinosaurio, cuando despierta se encuentra con lo soñado en frente de él. Víctor Codina, teólogo jesuita, afincado en Bolivia desde 1982, ha tejido las mejores páginas de su teología, y la misma no ha sido ajena a los avatares del pensamiento teológico latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX.

En uno de sus últimos libros (de madurez teológica), Sueños de un viejo teólogo. Una Iglesia en camino, ejercita el sentido inverso a Monterroso; nos muestra la realidad de los acontecimientos más importantes que han moldeado el caminar histórico de una Iglesia Católica Romana, sin olvidar las cumbres borrascosas por la que ha atravesado pero también como el alma magister de humanidad; Codina por medio de su prosa teológica, sumerge al lector en el abismo de sus sueños de teólogo; sueña con una Iglesia que vive un cristianismo más acorde con los tiempos actuales y los desafíos del mismo. Aquí, Codina, sigue la metodología del Ver, Juzgar y Soñar; porque Actuar en pos de esos sueños implicaría algunos riesgos: «no me atrevía a pronunciar por miedo a la censura y para no escandalizar a jóvenes estudiantes que no suelen distinguir en ideal utópico de la crítica al sistema».

Víctor Codina, fue un erizo que llevaba dentro un zorro. Es decir, su pensamiento teológico, por ser un teólogo a secas, es centrípeto; pero, por la diversidad de temas teológicos abordados dentro de la misma teología era un centrífugo. En pocas palabras, el itinerario teológico de Codina fue el de un zorro que ha cargado consigo una armadura de erizo. Y esta aparece nítidamente en su testamento intelectual: Sueños de un viejo teólogo. En el mismo, realiza un recorrido pertinente por aspectos como los sacramentos, los ministerios, la pastoral, la espiritualidad, la pneumatología, la eclesiología y la teología como tal, todo esto, «en el contexto de la Iglesia de Cristiandad en lenta pero real agonía en el mundo occidental». Por esa razón, para el teólogo barcelonés para quién el Espíritu sopla desde abajo, a pesar del peso de los años y la lucidez que le caracterizó, realiza este itinerario de su pensamiento sin miedo, porque la «cercanía a la escatología confiere a los ancianos una luz especial y una gran libertad y serenidad para expresarse sin miedo».

Creo que los avatares y sueños de un teólogo, como Víctor Codina, que ha llevado una coraza de erizo, han estado marcados por la fuerza de la palabra empeñada por el cristianismo, en que hay algo más allá de la muerte, aunque de ello no tengamos mucha certeza, pero, como decía, Eugenio Trías, es el viaje más «arriesgado, inquietante y sorprendente» que realiza el ser humano; y Codina sabía muy bien esto. Pues, como dice, Dorothee Söle: «No, no se acaba todo, sino que todo continua. Continúan mis ilusiones, los proyectos en común que puse en marcha, las cosas que comencé y no terminé. Es verdad que yo ya no comeré; pero se seguirá cociendo y comiendo pan; aunque yo ya no beba, se continuará derramando el vino de la fraternidad»; o como dice otro gran teólogo jesuita, Manuel Hurtado, la fraternidad será lo último que quedará después de todo. Y el sueño que resume todo el itinerario teológico de Codina, es justamente la fraternidad. La Iglesia, en este sentido, debe ser la sirvienta del Reino (Michael Amaladoss), por tanto, está llamada a ser la sal y fermento en el mundo, para que la fraternidad sea un signo de la anticipación del Reino futuro de Dios.

Alguna vez, con ese peculiar snobismo de Francisco Umbral, le pregunté a Codina, si él se sentaba a la derecha o izquierda del gobierno de Evo Morales; respondió que él se sentaba en las convicciones de su fe. Estas convicciones aparecen en sus sueños de viejo teólogo. Comparto muchos de los sueños y utopías del padre Codina. Y para alegría de su corazón, muchos de sus sueños son también ya los sueños de jóvenes y no tan jóvenes, a pesar de que el cristianismo es un ideal al que se quiere llegar. El sueño más importante de Codina, sin que por esto los otros dejen de serlo, acerca de la Iglesia en camino, se resume en el diálogo: sueña con una Iglesia «en diálogo con las otras Iglesias y religiones, en diálogo con el mundo sobre temas de interés general como la ecología, la guerra, la justicia, los refugiados, etc.; una Iglesia que pase del anatema al diálogo, que prefiera la misericordia a la condena» como ocurrió con el tema de los derechos humanos.

Los avatares y sueños, de un itinerario teológico, tan rico y amplio como el de Víctor Codina, presentado de manera sintética en su testamento intelectual, Los sueños de un viejo teólogo. Un Iglesia en camino, dejan su impronta hasta en el lector menos avezado; y puede ya nuestro teólogo de este valle encantado estar seguro de cantar en el Reino de Dios junto a Simeón el Nunc dimitis, porque los sueños nos permiten avanzar y pensar a pesar del miedo.