Universidad escolarizada

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Últimamente, mediante charlas con varios profesores de universidades públicas y privadas, estoy llegando a corroborar lo que yo mismo percibo desde hace ya un par de años: la escolarización de la universidad. ¿Qué significa esto? En palabras sencillas, la transformación de la universidad —con sus dinámicas y mecanismos de enseñanza que ésta conlleva— en colegio o escuela. Creo que este fenómeno es relativamente global, pero yo lo percibo particularmente en el ámbito boliviano, que es en el que trabajo, me muevo y observo.

En principio, hay que mencionar que este fenómeno se debe, fundamentalmente, a dos otros fenómenos anteriores: 1) la evolución de la educación, que ha ido adoptando otras formas y otros conceptos pedagógicos y 2) la pandemia del coronavirus, que socavó ciertas dinámicas educativas de aula debido a la virtualidad. Obviamente la escolarización universitaria nació con la mejor intención, pero de entrada digo que, al menos por lo que percibo en jóvenes y estudiantes grosso modo, sus resultados no son los mejores.

En palabras simples, la escolarización universitaria consiste en que el profesor se convierte en un guía personalizado para cada estudiante, quien, como en la lógica del comercio y los restaurantes, casi siempre es el que termina teniendo la razón. En esta línea, el profesor debe satisfacer todas las necesidades, muchas veces caprichosas o pueriles, del estudiante novato; consiente muchas de sus faltas e incluso a veces pasa por alto su pereza para el estudio. Pero no solo troca la personalidad del docente, sino también —lo que es peor— los mecanismos de transmisión de enseñanzas, los cuales, según este modelo escolarizado, en lo posible deben ser lúdicos, nada áridos e incluso divertidos o entretenidos. Todo por no cansar el cerebro de por sí ya delicado del estudiante joven del siglo XXI.

Este modelo de enseñanza, además de ser poco eficiente —y hasta sandio en algunos cursos o asignaturas—, deviene pérdida de mucho tiempo y desgaste de energías para el docente, quien tiene que ingeniárselas no ya para investigar o preparar una clase consistente, interesante y llena de ideas originales e innovadoras, sino para preparar una clase que responda a aquellas exigencias lúdicas, divertidas y modernas de la pedagogía universitaria actual.

Ahora bien, que yo esté en contra de este modelo universitario escolarizado no quiere decir, en absoluto, que esté a favor de una educación escolástica o medieval en la que el catedrático dicta un monólogo erudito y los estudiantes escuchan, anotan y memorizan pasivamente, pero sí de una educación universitaria que incite al pensamiento crítico, al trabajo fuerte y, sobre todo, a la formación del carácter para la vida y el trabajo —tan importante para enfrentar lo consiguiente a la etapa estudiantil—; este tipo de educación es el que debería seguirse practicando hoy y muy proalmente también mañana.

Es que esto último es muy importante. La universidad, pues, además de formar técnicos y especialistas en diferentes ramas, debe ser una incubadora de caracteres fuertes en valores, ética y temple, debe ser un paso de transición hacia la edad madura, aquélla en la que uno discierne para decidir por uno mismo y encarar los retos de la vida. Y la escolarización de la universidad, en este sentido, no solo deja inactiva la maduración del carácter adulto, sino que la aletarga y fomenta el infantilismo y la despreocupación en el estudiante. Lo deja en estado niño o adolescente.

Por último, en la universidad escolarizada hay poca lectura, colofón atroz de una educación deficiente. A diferencia de la universidad de ayer, en la que se asignaban a los estudiantes libros con los cuales adquirían cultura, lectura de comprensión y habilidades para escribir bien, ahora el docente debe dosificar al mínimo las lecturas. Lo que la universidad escolarizada no está entendiendo en este último aspecto es que las serias deficiencias en redacción, comprensión lógica, comprensión lectora y bagaje cultural que arrastran los estudiantes desde el colegio, se deben en gran medida a la falta de lectura que existe en la etapa escolar. Así, ¿cómo saldar esa deuda educativa, si no se permite al docente universitario asignar lecturas serias al estudiante?

De seguir la universidad boliviana en esta dirección, veremos recién los resultados de los estudiantes formados en ella de aquí a unos diez años más. Lo mejor sería que los rectores, decanos y directores de carrera tomaran consciencia de esto, para enmendar los errores a tiempo. No hablo de los docentes, ya que muchos de ellos ya se han dado suficiente cuenta, pero no lo manifiestan por miedo a perder sus puestos de trabajo.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario