Un “western” subandino

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De entre las muchas historias, acaso inventadas, que un muy querido tío abuelo mío, hoy fallecido, solía narrar, una quedó muy especialmente grabada en mi mente, tal vez debido al especial contexto en el que me fue relatada, un viaje de catarsis a las viejas haciendas de la familia paterna –o lo que quedó de ellas luego de la revolución del 52–.

Como sea, todo comenzó cuando tomé la vieja y pesada Luger Parabellum calibre 45 de don Próspero Arandia Ferrufino –así se llamaba él– y, claro, estupefacto ante semejante artefacto (que me recordaba a los nazis) y arriado por mi impertinente y pacifista adolescencia hippie, no pude menos que cuestionar las razones de su tenencia, a lo que el tío me respondió, sonriendo debajo su canoso y poblado bigote, que tan peculiar arma, hoy disminuida a la calidad de un souvenir perdido, tuvo su lugar y su tiempo, Sopachuy, pueblo de los valles chuquisaqueños, en el que coincidieron, allá por 1910 y pico, su madre cochabambina (comerciante de Tarata) y su padre tarijeño (arriero de Entre Ríos) –mis bisabuelos–, para dar origen a nuestra rama familiar, describiendo prolijamente lo que en mi juvenil mente se dibujaba como un perfecto western hollywoodense, ese célebre género cinematográfico ambientado en el Viejo Oeste norteamericano y que aquí parecía desarrollarse con características propias, un sitio en el que el anciano cuentista vivió hasta su temprana adultez, de clima más bien cálido, con calles empedradas que bajo la lluvia se convertían en el insufrible y resbaloso lodazal que tanto aborrecían las mamás y que se disimulaban bajo el denso polvo levantado por las herraduras y el traqueteo del ganado que en el seco y templado invierno circulaba abundantemente, todo al compás del inflexible rumor de los dos ríos circundantes, el Orkas, de raudas y frías aguas, y el San Antonio, más grande, apacible y templado que su hermano menor. Y el olor, sí, ese olor a bosta de rumiante y pastura, tan característico de esas tierras y esos tiempos.

En ese ambiente de autoridad relajada, por entonces parte de lo que aún se conocía como tierras de frontera, seguramente por la escasa o nula presencia estatal –hablamos de 1936, más o menos, en las postrimerías de la Guerra del Chaco– tener un arma era poco menos que una necesidad, según rememoraba don Próspero, una exigencia que coexistía explosivamente con el abundante consumo de chicha del maíz producido en la zona y el trago (cañazo) venido desde los valles de Mojocoya, generando ese microcosmos de salvaje y pintoresca inseguridad tan típico de esas regiones, cuya notable pujanza económica y escaso orden las hacía especialmente vulnerables al azote del abigeato y la rapiña, actividad propia bandas de malvivientes a quienes se les denominaba “cuatreros”. Esto castigaba especialmente a la familias que vivían de la ganadería y a quienes que –como mi bisabuelo, que era arriero– se dedicaban al transporte de productos usando no camiones, como hoy, si no grandes recuas de caballos y mulas, circunstancias en las que las armas eran el elemento central de un necesario sistema autogestionario de salvaguarda de vidas y patrimonios, así es como llegó al cinto del cuentista la célebre Luger Parabellum, cambiada por su padre, mi bisabuelo, a un migrante turco (más bien palestino) por una par de reses y un caballo, extraño sujeto de quien se rumoraba turbios negocios con los desmovilizados del ejército y que años más tarde se ufanaría de haber prosperado vendiendo tierras de colores (ocres) para la construcción en las grandes urbes del lejanísimo altiplano.

Una de las bandas de cuatreros por entonces más grandes y temidas era la liderada por Quintín Flores, alias “El Quintito”, temida por su especial ferocidad y despiadadas formas de operación, cuya fama y nivel de perjuicio para la economía de la región habían provocado la movilización, desde la vecina ciudad de Padilla, de un nada despreciable contingente de soldados para su reducción, arribando al pueblo, según recuerda el cuentacuentos, en noviembre, seguramente con la idea de que el prenombrado, cuya afición al trago y la jarana era bien conocida, se haría presente en los festejos acostumbrados para la fiesta de la Virgen de Remedios, patrona de la región.

Y efectivamente, así ocurrió, y pese a la expectante tensión que esto había causado en los pobladores, su captura se produjo de una forma inesperadamente pacífica, sin un solo tiro de por medio y sin la menor resistencia, ya que según ancianas bocas, el famoso cuatrero llegó ya ebrio desde San Pedro para continuar la farra en una de las chicherías de las afueras, propiedad de su comadre, quedándose profundamente dormido, atinando a despertar al día siguiente junto a un par de sus cómplices, maldiciendo entre iracundo y lloroso aguardentosas e irrepetibles frases, pronunciadas entre quechua y castellano castizo, hasta quedar, al final de la tarde, vencido por la impotencia del desarme y el encierro, acuclillado sobre en uno de los tablones de cedro aún húmedo que yacían apilados en la improvisada celda, en realidad un cuartucho en el segundo patio del edificio que años más tarde haría de alcaldía.

Pero no se desilusione el morboso lector, lo espeluznante sucedería después, pues unos dicen que debido al temor de que sus secuaces invadieran el pueblo en pos de una sanguinaria liberación y otros que en razón a la imposible misión de trasladarlo a un sitio de mayor seguridad, sin el riesgo de una feroz emboscada, la asamblea de notables del pueblo más el comandante del contingente militar decidieron finalmente terminar con el asunto ahí mismo y sin mayor trámite, descartándose el fusilamiento, pues aún en esos lares y tiempos se tenía una vaga idea de lo que significa el debido proceso, y optar, en definitiva, por la aplicación de la bien conocida “ley de la fuga”, determinación asumida en secreto a efectos de evitar la incómoda presencia de tumultos en su ejecución.

Al amanecer del día siguiente, los condenados fueron trasladados a una de las pozas más amplias y profundas del rio San Antonio, ubicada a un kilómetro del cementerio, obligados a desmontar y una vez libradas sus manos de las ataduras, tirados a punta de culatas y puntapiés al turbulento cauce, bajo la promesa de libertad si es que llegaban salvos a la orilla opuesta. El resultado no pudo ser otro, uno murió ahogado a solo segundos de su inmersión en las aún frías aguas –lo suponemos afuereño, pues es inconcebible la idea de un lugareño que no supiera nadar–, los restantes dos, uno de ellos “El Quintito”, terminaron acribillados por las balas disparadas a mansalva por la soldadesca, a metros de la ansiada ribera liberadora. Desde entonces, el célebre lugar pasó a denominarse “Poza del Desengaño”, nombre con el que hasta hoy es reconocido.

No se sabe a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió luego, lo conocido es que el cuatrerismo hizo de las suyas por estos lares y más hacia el sur hasta pasado el primer tercio del siglo pasado, dando origen, seguramente, a muchas apasionantes historias de cowboys y bandidos, transmitidas oralmente por mestizos juglares anónimos, sin aún obtener un sitial en las letras nacionales. Nunca será posible descartar, por ejemplo, que imaginariamente el Quintito haya sido la encarnación criolla de un Robin Hood valluno, bilingüe quechua castellano, hábil y barbudo jinete de poncho oscuro, versado en el manejo de armas de fuego e insuperable con el facón de matarife, tan desalmado y terrible en el pillaje como cultivado ejecutor del charango y la guitarra, exitoso con las mujeres e impenitente poeta, bastante dado al alcohol, con una vida llena de aventuras y desenfreno que al final lo llevaron a una muerte temprana y nada heroica. Quizás haya sido así, quizás no…

Lo cierto es que nuestra historia se ha empeñado en narrarnos tozudamente desde los hegemónicos Andes, ignorando que ocurre y ha ocurrido mucho en este ancho país, tanto en los páramos de altura como en los llanos y selvas, y también, claro, en los tibios valles del sur, quizás menos conocidos debido a su lejanía de los centros de poder y acaso incomprendidos por su carácter más rioplatense que propiamente andino, una parte postergada de esa bolivianidad tan lejana como prolífica en relatos y vivencias, ávida de ser contada, acreedora, sin duda, de una tradición literaria que mal persiste en ignorarla.


El autor es doctor en Gobierno y Administración Pública