Un grande al lado del más grande

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Hastiado de las estridencias de la política y de las que la televisión nacional muestra para que los presentadores bailen ante desafinadas trompetas y gargantas destempladas, me di un festín no únicamente por un nacionalismo chauvinista —aunque no pude ocultar mi orgullo de ser boliviano—, sino por la delectación de escuchar al tenor más emblemático del mundo compartiendo escenario con un grande nuestro, cantando música docta.

José Luis Duarte Vila, quien en su trayectoria había interpretado varias veces la aria Vesti la Giubba, de la Ópera Pagliacci de Ruggiero Leoncavallo, nunca como en el Sonilum Arena de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, dio una prueba de que cantar a un nivel como el suyo y con una gran personalidad al lado del monstruo de la música lírica mundial, es mucho más que abrir la boca y solo cantar. Es probable que muchos no hayan tenido noticias de él hasta su soñada noche de la cálida capital oriental en que sin arredrarse adoptó una postura y un lenguaje corporal propios de un maestro, haciendo distintos tipos de vocalizaciones con una fonética que solo el talento y la experiencia de más de treinta años puede dar a este género. Su dominio de la literatura musical, del fraseo, que no traicionaban ni mínimamente su gran concentración, no obstante el peso de su ocasional acompañante, reveló el virtuosismo artístico de este boliviano.

Dicen los eruditos en música culta que la respiración es al cantante lo que el arco al violinista, cuyo perfecto ejercicio es casi una ciencia que el intérprete no puede ignorar si pretende destacar en el complejo arte del lirismo. Nuestro tenor en esta área hace también una combinación en grado de excelencia con la relajación y resonancia inmejorablemente limpias cuando los tonos las demandan.

Creo que la vocación de José Luis Duarte ha sido absolutamente complementada por una formación impecable. Es hijo de aquel Conservatorio Nacional de Música de sus mejores años, bajo la dirección de los maestros José Lanza Salazar y Carlos Rosso. Y haber escuchado esa pieza que los cruceños consideran su segundo himno en la voz  excelsa del ilustre tenor boliviano junto a Plácido Domingo, ha terminado por cautivar al auditorio. Alma cruceña, en una voz de registro impresionante como la suya, solo puede ser posible cuando, quien la interpreta con la fuerza y cadencia con que lo hizo, posee un talento ingénito. Eso es imprescindible pero no suficiente, porque en su haber están audiciones en vivo como las de la Agencia Internacional Óperas Managements de Nueva York o la de la ópera Fuerte Ventura para el interpretar el papel de Canio, precisamente en la pieza musical de la Ópera de Pagliacci.

Su técnica y el color de su voz han ido madurando a través de numerosas presentaciones en Madrid, Barcelona, Milán, y como alumno del eximio pianista y repertorista español Ricardo Estrada, quien, dotado de una capacidad innata para la valoración artística, tuvo conceptos verdaderamente laudatorios respecto a quien tuvo —siempre en palabras suyas— el honor de contribuir a su crecimiento.

Ya mucho más acá en el tiempo, en 2018, representó a Bolivia en el Festival de Canto Lírico de Guayaquil, Ecuador y ofreció conciertos en diferentes partes de Europa y en géneros como la ópera, cantatas, oratorios, zarzuelas, barrocos, rock coral y otros, teniendo en muchas de sus presentaciones a la Orquesta Sinfónica Nacional. Desde mi opinión, llegó a su zenit en la memorable noche de aquel 13 de este mes ante un público ávido de música seria y —quizá como yo— cansado de oír intentos musicales que en nuestra pobre televisión no pasan de batiburrillos interpretados por entusiastas cantadores envueltos en chaquetas brillantes que son reveses a cualquier concepto de apreciación estilística.

Por fortuna, en Bolivia hay talento y clase como los de este tenor para quien ninguna decantación es desmesurada, porque, que yo recuerde, ningún artista nacional, por muy consagrado que sea, compartió créditos con una figura como la del eterno español. Su sino fue ponerse a su misma estatura, y sin saberlo, pero soñándolo, como Duarte mismo dijo, “se produjo en los tiempos de Dios”.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor