Márcia Batista Ramos

Siempre pienso que la muerte es el otro lado de la vida. Fue así que me enseñaron, fue así que aprendí en los días placidos y silenciosos, cuando se hablaba en voz baja, después de recibir la noticia de la muerte de un pariente. Quedaban palabras sueltas: descanso, cielo, cuidado, estrella, ángel… También, subsistía la idea que aún me acompaña, de que la vida es una balada de transmigrar. No sé por qué.

Sé que el destino se equivoca cada día cuando las miserias se multiplican, en cualquier lugar, bajo cualquier pretexto. Preferiría que el bien, lo justo y lo correcto ocuparan todos los espacios. Porque solo así, las calles serían seguras al igual que las escuelas, las casas, los arrabales y doquier que un niño o una mujer pudieran estar solos.

Veo imágenes en un luzco fusco, confunden por la lluvia de ideas que tratan de imponer a través de la pantalla de la televisión. Prefiero ver imágenes en estado natural: vacas en el pasto, liebre que corre en el camino, perdiz que se oculta en el huerto, sauce llorón que se agita en la tempestad o cualquier cosa como una chimenea humeante al clarín de una mañana.

Aún escucho pasos por la casa, sé que nadie ya la habita. La verdad, es que todos los que se fueron dejaron vacío y nostalgia. Su recuerdo, regresa como la bandada de loros, ruidosos y rápidos. Después, se van. Los loros buscan un lugar más alto para posar. En las noches, anidan entre rocas en los despeñaderos.  De muchas maneras, yo cargo en mí la melancolía de las aves migratorias. Me niego a aceptar todo el dolor que imponen a los niños en las guerras y en todas las situaciones de injusticia que les someten, inmisericordemente. La pena es una constante en mi mente. Mi cerebro es un carrusel girando insatisfecho, ebrio y triste.

Hoy, es un día como otro cualquiera, que pasa con la rapidez de un torbellino, para quienes tienen mucho que hacer, y pasa con la lentitud exasperante de un día feriado, para los que sufren injusticia en manos de sus verdugos.

De verdad, no somos nada.