Mirna Echave Mallea

¿Recuerdas que buscabas liberar los pelos de los dientes de león escondidos entre los pajonales de un pueblo altiplánico?

Eras tan pequeño entonces, que seguro hoy ya no recuerdas el nombre Aygachi, donde fuimos con tu bisabuela a disfrutar del sol y del campo seco, entre la paja brava y los animales de granja.

Todo era nuevo para tus ojitos, cuando encontramos esa pequeña flor amarilla, vencedora y sobreviviente, y solo un poco más allá el diente de león, que miraste con curiosidad y asombro.

“Es un diente de león y antes de soplar sus hojitas tienes que pedir un deseo”.

Aquél entonces querías una bicicleta, como la que tenía tu primo Mathías, para correr y reír, pero para tu tamaño.

No lo pensaste. Te acercaste al diente de león, te acomodaste frete a él y cerraste tus ojitos por dos segundos. Esa primera vez no te salió muy bien, porque cuando aspiraste aire por la boca, para soplar, lo hiciste con tantas ganas, que algunos de sus pelos de vilano se estrellaron contra tus labios. Aprendiste y no desististe.

Después de la segunda vez y tras observar el delicado vuelo de aquellas diminutas semillas, te asignaste la misión de buscar y encontrar cada planta para que nadie te ganara en pedir deseos.

Vimos aquella hierba perenne pocas veces en la ciudad. Teníamos que detenernos hasta que terminaras el rito. Ahora, es muy rara la ocasión en que la encontramos, y cuando lo hacemos está ahí, siempre ignorada, en sitios descuidados. Tal vez cumpliendo deseos de niños que, sin saberlo, le ayudan a esparcir sus semillas o, exhibiendo su forma singular, como un triunfo más de la naturaleza.