Maurizio Bagatin

“Se dice más, mucho más de lo que se cuenta” -David Ojeda-

Marzo, abril y luego el verde irá degradándose, el sol cada día se hará más ardiente al mediodía, más frio el resto de la jornada. Hasta el color de las nubes, más opaco e incierto, desvela su voluntad de cambiar de estación.

El letrero al medio de la jardinera anuncia el nuevo producto de la Cervecería Taquiña, la Chicha, ahora embotellada y enlatada, en la etiqueta indica que está elaborada a base de maíz, posmodernismo para algunos, valor agregado, negocio con el grano de los Incas.

Bajando de Ayopaya, de Independencia, de Tapacarí, con ojotas los novatos, ya con botines los más veteranos, bajando como aquella vez, por El Paso, los conquistadores quechuas, chulos multicolores, altos y con un tejido de un arte aún por mucho explorar e investigar, mientras nos peleamos por una wiphala de origen tan misteriosa cuanto, tal vez, funesta.

De mirada desdeñosa, como portugueses en París, en la jardinera del frente leen La Voz, Gente, Los Tiempos y Opinión, que son lo mismo ya. Sensacionalismo y barbarie: ¿qué hubieran dicho Borges o Cortázar? Extraña fauna, la humana, los perros, meneando su rabo andan sueltos y esperan el ultimo hueso en la esquina de la acera norte, las carniceras tardan en lanzarlos y la vendedora de coca intenta alejarlos con una rama de mimbre ya desgastada.

Este parece ser una manual de sociología, de estupefaciente sociología, desde un rincón de encuentros y enlaces, ofertas y demandas, donde el hambre se maquilla entre los carritos sandwicheros y la miseria se camufla con una polera del Barcelona y otra de la Juventus, confundiendo la alucinación de los sueños con el espejismo de la realidad. 

 La Raza de bronce ya se desmineralizó. El rostro no es lo mismo, minado por el alcohol, el tiempo -el tiempo de una Historia que nunca se ofreció una merecida pausa- y el abandono, ya no es el rostro esculpido del sueño de Franz Tamayo, tampoco aquel del dolor y la posible identidad que volvió del desierto del Chaco. No es sumiso. Aprendió un molde que la Colonia y la Republica condujo brutalmente -siempre con violencia y aproximación- a nuestros días; como escribió Pablo Palacios, “El mundo va haciendo el tiempo: su corteza se arruga como piel de elefante: sobre piel, gusanillos y gusanillos. Los gusanillos van haciendo el tiempo: es su espíritu el que se encoge como una uva que se seca”.

Triste Cruce Taquiña, campesinos descampesinizados me dice siempre Charly, expropiados, hoy improvisados plomeros, carpinteros, electricistas, siempre khepiri, libertades que buscan nuevas esclavitudes. Mirando hacia la Circunvalación otra cruel realidad, otra estupefaciente sociología, los ex regantes ahora dueños de trufis, colectivos, buses, taxis, como me dijo un campesino ecuatoriano: “¡Tremendo cambio hicimos, pasando del minifundio al minibús!

Los aguayos ya son mochilas, el sonido de la tierra y el viento del cerro sin musicalidad, un brutal ruido de reggaetón sale de las tiendas, de los vehículos, adentro de los auriculares de los más jóvenes, de las chicas que están volviendo a lo que seguimos llamando centro educativo, colegio, unidad educativa.

El verde de la cordillera hasta mayo nos acompañará, luego se hará siempre más débil y nuestra huella será otra vez la que definirá el paso del tiempo biológico al tiempo histórico, yo pasaré por ahí otras mil veces mirando aquellas miradas que piensan en un idioma y se comunican con otro idioma. Maravillado de incomprensión.