Tras La Haya

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Carecen de mar territorial en el planeta un total de 49 países; es decir, una cuarta parte de los miembros de Naciones Unidas, aunque no todos ellos forman parte de ese importante foro. El fenómeno es mucho menos frecuente en América que en Asia, África y Europa, continentes en los que la cantidad de naciones encerradas supera fácilmente la decena. Por estas latitudes, en cambio, sólo Bolivia y Paraguay enfrentamos el reto de llegar a los océanos atravesando por la condescendencia de nuestros vecinos. 

Ser mediterráneo es, en cambio, un asunto bastante recurrente en el concierto europeo y africano, donde no poseen puerto propio 17 y 16 países respectivamente.  Las razones son diversas. El número de Estados europeos sin litoral se debe en parte a la desintegración de confederaciones, como la de Yugoslavia, o la proliferación medieval de pequeños enclaves en los intersticios de las grandes potencias.

En África, en cambio, la formación de tantos países sin costa se explica por el tráfico de esclavos de parte de árabes y europeos. Pueblos enteros fueron empujados al interior del continente porque vivir cerca del mar conllevaba el riesgo inminente de ser encadenado y acarreado a las plantaciones de alguna lejana colonia americana.

A su vez, los 14 países asiáticos sin litoral aparecieron sobre todo en los años 90, cuando la Unión Soviética terminó desmembrada. Naciones que comerciaban a través de puertos rusos, acabaron encerradas tras el desplome del zarismo socialista. 

Los países sin litoral forman un grupo dentro de Naciones Unidas. Se reúnen con regularidad y han consolidado una agenda de investigación e intercambio de experiencias para conocer los problemas comunes por los que atraviesan. Gracias a tales iniciativas han sensibilizado a personalidades del mundo académico, como el economista Jeffrey Sachs, el conjuro que Bolivia usó contra la hiperinflación de los años 80. Diversos estudios suyos prueban que ser mediterráneo agrega una penuria más al combate contra la pobreza. 

Bolivia no ha sido un miembro activo del grupo de países sin litoral bajo la premisa de que está en camino de recuperar su acceso soberano al mar. Después de la bofetada de La Haya, esta arrogancia ya tendría que haber desaparecido. Está claro que hoy estamos más lejos que nunca de conmover a Chile para que haga algún tipo de concesión. 

Quizás por eso hemos enviado a Santiago a un fiscal de apellido Guerrero. Por tal motivo, en este primer 23 de marzo, con el fallo de La Haya a cuestas, más nos vale darle un viraje a nuestra perspectiva.  

La Dirección de Reivindicación Marítima (Diremar) debería llenarse ahora de geógrafos, ingenieros, expertos tributarios y viajeros, reduciendo por consiguiente su planta de abogados. En esta vida pos La Haya toca más bien analizar, de la lista de 49 países sin litoral, a aquellos que han llegado al agua salada de un modo creativo o innovador. Toca, por ejemplo, tomar apuntes sobre Etiopía, país que tuvo acceso a la costa hasta que Eritrea proclamó su independencia en 1991.

Un año después, Bosnia Herzegovina hizo algo similar y casi le ocurre lo propio con su vecina Croacia. En ambos casos, cada país terminó cercenado de su brazo portuario como Bolivia tras la guerra con Chile. Así, mientras Etiopía se decidió por un tren que conecta su capital con la vecina Djibouti, Bosnia Herzegovina tiene un corredor que incluso divide Croacia con una incisión hacia la costa. 

En ambos casos, quedar amputado no fue perder el nexo con el vehículo de transporte de bienes más barato del mundo: el mar. Hay videos sobre los Balcanes en los que los turistas ingresan a un breve paréntesis territorial bosnio; es decir, salen de Croacia y vuelven a ella más adelante sin cambiar de carretera. Perder continuidad territorial dejó de ser una extravagancia hace más de 20 años. 

En África, la solución etíope no es la única. Los vecinos mediterráneos de Namibia utilizan su puerto de Walvis Bay para exportar su producción.  Mercancías y personas circulan por venas ferroviarias y carreteras en dirección a la costa, a precios razonables y sin graves restricciones.  Lo mismo hace Laos, usando el ancho cauce del río Mekong, por donde sus barcos van y vienen atravesando por dos países, Camboya y Vietnam. 

Suiza alquiló durante décadas parcelas completas del puerto alemán de Hamburgo para que sus valiosos relojes no se quedaran en almacenes. ¿No resulta acaso lo más lógico?  Salgamos al mar pronto, pero para ello empecemos a pensar más allá de La Haya.

Rafael Archondo es periodista.