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Tiempo de espera

“¿Te he dicho alguna vez mi nombre?”

(ANTONIO RAMÍREZ ALMANZA)

“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo
largo de los años puebla un espacio con imágenes de
provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves,
de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de
astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir,
descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la
imagen de su cara”

(J. L. BORGES)

¿Te he dicho alguna vez mi nombre?

Conoces la osadía de mis ojos o el tamaño de estas manos que, alguna vez, acariciaron la vida. Es posible que algún atardecer soñaras junto a mi cuerpo o que hayas escuchado mi voz, cercando el temblor de antiguos horizontes, como el crepúsculo de abandonadas estaciones. Sabes que yo también fui de los que entregó sus baluartes a la liturgia de unos labios rojos.

Pero, ¿te he dicho alguna vez mi nombre?

Mi nombre es aquella vieja aventura por conquistar los silencios, cuando aspiraba a comprender a los hombres; el asombro de las horas, la ceniza del tiempo, más allá del reloj y sus agujas.

Mi nombre es la voz del sauzal y las acacias, siempre inclinados hacia la adversidad y al sosiego. El canto azul del petirrojo.

Mi nombre es un rayo deslumbrante que se oculta en la grieta de sonoras palabras: el dorado simulacro que conduce, tras cada puerta, a los espejos.

Mi nombre se demora en terrazas de ingrávidas flores o en las altas almenas de la noche, lugares donde todo encuentra su reposo.

¿Te he dicho alguna vez mi nombre? Tiempo de espera: ese es mi nombre.

(De Tiempo de espera)

YO SOY EL ORIENTE

“Yo soy Oriente”

(AMIN AL-RAYHANI)

“Comprendía

que la patria

es beber el café preparado por su madre”

(MAHMUD DARWISH)

Yo soy el Oriente y mi patria es un lugar en el que florecen los blancos arrayanes, un recóndito reino donde alcanzas a comprender los misterios a través del olor de la canela. Mis raíces se encuentran en una ciudadela detenida en el tiempo; allí puedes embriagarte con las ligeras notas del diván de los viejos poetas o con la sonora armonía de sus caravanas.

En mi patria se extienden las arterias sin asfalto que alcanzan los confines del alma. En su universo no existen templos, altares o banderas y el tronar de los himnos ha sido sustituido por el suave gorjeo de las alondras.

Pero antes, hubo días de los que no recuerdo casi nada, en los que yo también habité en las afueras, cuando viví como un corazón abatido, en la sombra de una llama; días cuando izaba gallardetes y estandartes y mis ojos deambulaban por los mapas encarnados del desasosiego. Era una edad en la que la vida me golpeaba como un feroz enemigo y clavaba sus dientes de león en todos mis amaneceres.

Más adelante, volví a nacer, sin fecha ni identidad. Fue el instante en que se rebeló mi sangre, el tiempo cuando brotaron de mis manos ramas de olivo, florecieron las moreras y los naranjos, mientras abrazaba las estrellas o extendía mis brazos sobre los arroyos.

Aquel día descubrí una casa iluminada y entendí que yo soy el Oriente. Desde entonces supe que mi patria es beber, a breves sorbos, el café preparado por mi madre.

(De Tiempo de espera)

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