En tiempos de crisis múltiples, la conversación pública parece deslizarse con inquietante facilidad hacia fenómenos marginales convertidos en espectáculo. La reciente visibilidad de los llamados therians ha ocupado titulares, debates televisivos y tormentas digitales.
Un o una therian es una persona que se identifica internamente –a nivel psicológico o espiritual– como un animal no humano. Considera que ese animal forma parte esencial de su identidad.
Sin embargo, mientras la opinión pública discute identidades performáticas y subculturas juveniles, asuntos de gravedad estructural quedan relegados a un segundo plano: la opacidad persistente en torno al caso de Jeffrey Epstein, las guerras activas en distintas regiones del mundo, el endurecimiento de las políticas de deportación y el deterioro de los derechos humanos en múltiples fronteras.
De esta forma, la sobredimensión mediática de fenómenos como el de los Therians funciona como cortina de humo en un ecosistema informativo que privilegia lo viral sobre lo vital.
No se trata de negar la existencia ni el derecho a la autoexpresión de ningún colectivo. En sociedades democráticas, la pluralidad identitaria forma parte del tejido social. El problema surge cuando la agenda pública –impulsada por algoritmos y por una lógica comercial del escándalo– convierte en asunto central lo que, en términos de impacto estructural, es periférico.
Como advirtió Neil Postman (1985), el entretenimiento puede transformar el debate cívico en espectáculo; hoy esa advertencia se multiplica bajo la arquitectura digital descrita por Zuboff (2019), donde la economía de la atención premia la polémica efímera.
Mientras tanto, cuestiones sustantivas demandan escrutinio sostenido. El caso Epstein, más allá del morbo, remite a redes de poder, impunidad y explotación que interpelan a élites políticas y económicas.
Las guerras en curso no son abstracciones geopolíticas: significan desplazamientos forzados, hambrunas y generaciones traumatizadas. Las deportaciones masivas y la criminalización de la migración impactan directamente en la dignidad humana y en la estabilidad regional. Sin embargo, estos temas requieren investigación rigurosa, seguimiento judicial y análisis complejo; no se resuelven en un hilo viral ni en un segmento sensacionalista.
En ese mismo movimiento de banalización, se desliza además una intención más preocupante: utilizar fenómenos marginales o caricaturizables para ridiculizar, por asociación, la diversidad sexual y de género.
Equiparar identidades de género con excentricidades pasajeras no es inocente; es una estrategia discursiva que busca erosionar derechos conquistados. La identidad de género no es un espectáculo ni un capricho mediático: es una dimensión profundamente personal reconocida por marcos jurídicos internacionales y sustentada en principios de dignidad y autonomía.
Las personas que deciden vivir como hombres, mujeres o identidades diversas no protagonizan una moda; ejercen un derecho fundamental. Convertirlo en burla no solo empobrece el debate público, sino que normaliza la discriminación bajo el disfraz de la ironía.
La lógica de la distracción no siempre responde a una conspiración explícita; a menudo es el resultado de incentivos sistémicos. Los medios compiten por clics, las plataformas por tiempo de pantalla y los actores políticos por desviar el foco de controversias incómodas.
En ese contexto, fenómenos llamativos pero de bajo impacto estructural resultan funcionales: polarizan, generan tráfico y simplifican la conversación. El riesgo es que la ciudadanía termine discutiendo identidades simbólicas mientras las decisiones que afectan su vida material se toman sin vigilancia crítica.
Recuperar una jerarquía de prioridades no implica censurar temas culturales, sino ponderarlos. ¿Qué ocupa portadas durante semanas y qué desaparece en horas? ¿Cuánta energía colectiva se invierte en debatir subculturas frente a la exigencia de transparencia en casos de corrupción o en la supervisión de políticas migratorias? La salud democrática depende de esa proporción.
La madurez cívica exige distinguir entre lo pintoresco y lo urgente. Los therians pueden ser objeto de curiosidad sociológica, pero no deberían eclipsar debates sobre justicia, guerra, migración o rendición de cuentas de las élites.
En una época saturada de estímulos, la verdadera rebeldía consiste en sostener la atención sobre aquello que incomoda al poder y afecta a millones. Si la opinión pública acepta sin cuestionar la agenda que le ofrecen, la cortina de humo dejará de ser metáfora para convertirse en norma.
Reordenar el foco informativo de interés no es un gesto moralista, es un imperativo democrático.
Elizabeth Salguero Carrillo es comunicadora social.