“Soy humano, nada humano me es ajeno”. Esta sentencia, que el comediante romano Terencio (aprox. 195 a.C.) pone en boca de uno de sus personajes, ha llegado a significar una apelación al reconocimiento de nuestra identidad común y así a la empatía. La idea es que el sufrimiento, la decepción, el dolor, pero también las alegrías de los otros, no nos son indiferentes, porque reconocemos en nosotros los mismos recursos y capacidades que observamos en ellos. Recuerde a Shylock: “Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos?; si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no reímos?”.
Hasta aquí todo bien. La incomodidad surge al notar que, si nada humano nos es ajeno, tampoco lo es la indiferencia y crueldad que nos es tan propia: en cada uno de nosotros estarían los mismos recursos que llevan a otros a realizar acciones crueles, malvadas, u omisiones dañinas.
Es conocida la idea de Arendt de la banalidad del mal: no se requiere ser un monstruo para llevar a cabo acciones u omisiones abominables. El mal puede entrar al mundo por comodidad y falta de disposición para ir más allá de lo evidente, cuestionar y examinar. Como el de tantos burócratas, el mal de Eichmann sería banal. Y la psicología experimental no se cansa de repetir que los contextos específicos inciden radicalmente en la disposición moral (así habría que diseñarlos para que estas tendencias disminuyan). Recuerde a Noah Cross en Chinatown: “la mayoría de la gente… en determinado momento y lugar, puede ser capaz de cualquier cosa”.
Pero la incomodidad es más profunda. El mal puede ser radical o absoluto: no solo anteponer los intereses propios a costa de dañar a otros, sino una inclinación a regocijarnos por el daño causado.
Recuerde Sarajevo a comienzos de los años 90, la ciudad sitiada en que murieron más de 11.000 personas. La fiscalía de Milán investiga hoy (había antecedentes desde los 90) la participación de cientos de ciudadanos europeos en “safaris humanos”. Se trata de personas acaudaladas que, en expediciones organizadas de turismo, eran llevadas los fines de semana a las colinas que rodean la ciudad, desde donde disparaban como franco tiradores a los habitantes aterrorizados. Pagaban a las fuerzas serbias según el tipo de presa. Las más demandadas y caras eran las embarazadas y los niños. Un testigo cuenta de un turista que en seis horas mató dos niños, una mujer y tres viejos, a un costo actual de 200.000 euros.
Si nada humano nos es ajeno, tendríamos que poder reconocer en nosotros los mismos motivos que llevaron a estos respetables ciudadanos europeos, sin relación con el conflicto, a disparar como en un coto de caza a personas aterrorizadas, de preferencia a embarazadas y niños. ¿Los reconoce en usted? Tiendo al pesimismo sobre nuestra especie (con Kant, somos madera torcida; con Parra, un embutido de ángel y bestia), pero Terencio parece foráneo en Sarajevo.