Patxi Irurzun

(Cuento de verano)

Cada vez que pensaba en ello mi escroto se convertía en una cáscara de nuez. Pero eso era lo de menos. Llevaba casi dos semanas sin ir al baño. Y  me estaba volviendo loco.

Todo comenzó cuando leí aquella noticia: “Una serpiente pitón muerde los genitales de un hombre  en el inodoro”. Yo ya había imaginado una situación así otras veces. Uno sentado ahí, con todo colgando, sobre ese agujero, esa madriguera interminable… Pero solo era un momento, terminaba la faena cuanto antes y me olvidaba. Cuando leí la noticia, sin embargo, comencé a obsesionarme. Cualquier movimiento por debajo de mis pelendengues me hacía dar un bote y alejarme de la taza como un pingüino. Bueno, al menos al principio, cuando esos movimientos eran en realidad el chapoteo de mi propia orina o el zambullido de mi estómago. Después ni siquiera eso, me obsesionaba con la idea de que en cualquier momento asomaría una culebra, una rata, un dragón de Comodo y me dejaría “nenuco”, y no podía,  me cerraba en banda, se me detenía el mecanismo…  A mí, que siempre he sido como un reloj suizo.

La noticia había sucedido en Australia y al parecer la pitón se le había escapado a un vecino de la víctima. De modo que, al principio, yo conseguía aliviarme usando baños públicos, en los que no hubiera vecinos amantes de los animales exóticos y emasculadores. Pero después comencé a pensar en ese laberinto de desagües, tuberías, cloacas, colectores, en esa gran maraña que conectaba el mundo, y me pareció que en realidad uno podía llegar a través de ella hasta las mismísimas antípodas. Y una serpiente pitón ya ni te cuento.

Pocos días después, de hecho, leí una nueva noticia, procedente ya no de Australia, sino de Austria -cada vez estaban más cerca-: “Una serpiente trata de introducirse por la vagina de una mujer mientras usaba el retrete”. Esta vez, además, el redactor intentaba buscar una explicación a ese extraño suceso y lo relacionaba con el abandono de mascotas domésticas durante las vacaciones estivales. Como aquellos cocodrilos de Nueva York, que la gente compraba a sus hijos creyendo que eran lagartijas, y que cuando empezaban a crecer y a echar dientes tiraban por la taza del baño, convirtiendo las alcantarillas de la ciudad en el delta del Misisipi.

La cuestión es que, poco a poco, fui perdiendo también el sueño. En parte por las pesadillas. En ellas aparecían cocodrilos que cocinaban criadillas humanas, plagas de serpientes a las que cuando las matabas aparecía una mayor, jaurías de perros abandonados en las gasolineras que se vengaban atacando terrazas, cines de verano, colas de vacunación… Pero en parte también por el dolor insoportable en el abdomen, aquella presión que me convertía en un hombre bomba, a punto siempre y nunca de reventar…

Todo ello me volvió irritable y conspiranoico. Por ejemplo, en una reunión del portal amenacé con cortarle los huevos a un vecino que llevaba una camiseta de White Snake; o estaba convencido de que en realidad la mayoría de los humanos vivíamos también en una gran cloaca, alimentándonos de la mierda que unos pocos nos echaban (la diferencia era que nosotros no nos atrevíamos a morderles las partes).

Así hasta que hace unos días, por fin el tapón cedió, no pude contenerme más, el dolor se volvió tan  intenso que pude vencer mi miedo, sentarme en la taza y acabar con aquella obsesión. Fue como un parto múltiple. De hecho, cuando me levanté y quise ver de qué me había liberado, allá abajo me encontré con cientos de  pequeñas crías de culebras que intentaban remontar la corriente y desaparecían zigzagueando por la cañería, en busca de alimento y órganos sexuales.