“Es la economía, estúpido”

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La célebre frase de la campaña de Bill Clinton con la que ganó su elección a la presidencia en 1992 es en esencia marxista. Si en algo Karl Marx tenía razón es en que la economía es determinante en la sociedad y que para llegar al “nirvana socialista” y a la utopía comunista se debe desarrollar previamente un capitalismo pleno que genere la riqueza abundante para su mejor distribución en la sociedad. Bien, hasta ahí.

El gran error de los socialistas de este siglo es saltarse la historia, el “determinismo histórico”, diría su maestro, y construir un socialismo, una sociedad igualitaria, sobre la base de sociedades precapitalistas. Ello resulta en la distribución de la pobreza, aun en países ricos como Irán o Venezuela. Porque ser país rico no significa ser país desarrollado.

Lo anterior le tomó a China casi un siglo en comprender. Cuando Mao Tse-Tung, tras la denominada Larga Marcha, tomó el poder, en 1949, lo inspiraba el propósito de sacar a su pueblo de la miseria y el atraso casi feudal en el que se encontraba. Loable propósito. Pero equivocó la receta. Eligió el comunismo como la vía al progreso, es decir, el monopolio estatal de la propiedad de los medios de producción y el colectivismo.

Tuvieron que transcurrir 30 años, la muerte por hambruna –que algunos calculan incluso en más de 50 millones de chinos y que ocurrió también en la Unión Soviética de Stalin– y que Mao muriese para que el reformista Deng Xiaoping proclamara en 1979 que “enriquecerse es glorioso” y torne a China en el país capitalista y próspero que es hoy en día.

Los latinoamericanos, con nuestro acervo legalista, creemos que al inventar leyes y reescribir constituciones vamos a resolver el problema político y social, caracterizado por la pobreza y la mala distribución de la riqueza. Son problemas esencialmente económicos. La solución es exactamente al revés. Un modelo económico que produzca riqueza y la redistribuya equitativamente a través de la competencia va a resolver los problemas políticos. La economía resuelve la política y no al revés.

Si Evo Morales fuera marxista de verdad, nos podría ahorrar el camino al desamparo, la hambruna y la miseria de Cuba y Venezuela ¡pasando de ser maoísta a imitar a Deng!

Ante la evidencia de que el actual gobierno, entregado a la turba por Arce Catacora, va en camino del desastre donde “es preferible que todos seamos más pobres, pero más iguales” como sentenció hace poco él mismo, es hora de que alguien trate de “retornar el genio a la botella”, conteniendo el saqueo del Estado por los sindicatos y los “movimientos sociales”. Tarea patriótica, útil y necesaria que Evo pudiera cumplir ahora.

Pero no sería mucho pedirle que aproveche este su tiempo libre para acercarse, ya no a los Maduro, Ortega, López Obrador o a los Fernández. No necesita ir a Cuba, simplemente acercarse a Cochabamba y pedir conversar, más bien escuchar, a nuestro propio “Wizard of Omaha”, nuestro propio “Sabio de Cochabamba”, nuestro propio “Achachila”, a Don Julio León Prado.

Lo invito a que vea la profunda entrevista que le hizo Tuffí Aré a León Prado. Don Julio da un testimonio de vida ejemplar que incluso tiene paralelos con la infancia difícil que tuvo Evo. Pero ya a sus más de 90 años, a la luz de su rica experiencia, Evo pudiera escucharle cómo se puede hacer país a partir del cariño al trabajo, la creatividad, la innovación y la honestidad. Cómo liberando la fuerza creativa de los individuos, en un clima de paz, respeto y libertad económica, se genera riqueza para el beneficio colectivo.

Es la economía (de mercado), no la política, la que nos puede salvar de esta caída libre y revertir el descenso a lo impensable, al enfrentamiento entre hermanos, entre bolivianos de diferente piel y habla, pero bolivianos al fin. No hay tiempo que perder y nada se pierde con escuchar.

Ronald MacLean Abaroa fue alcalde de La Paz y ministro de Hacienda.

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