Sombras de verano, la fantasmagoría de escribir un buen cuento

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 De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Para Inmediaciones

 ¿Cómo se escribe un cuento? Es, con seguridad, una pregunta que nos hacemos todos los amateurs en este campo de batalla que es la creación de ficciones. Algo que más o menos sabemos – corrijo: creemos saber – es que un cuento, así, a grosso modo, es un relato corto, alejado de la novela en el sentido de la duración (obvio), y el del impacto. Una frase recontra utilizada en memes y otros tipos de imágenes digitales es la, no podría asegurarlo, dicha por Cortázar: Una novela gana por puntos, un cuento por knock out. Frase boxística.

Existen también varios manuales y “recetarios” acerca de la elaboración de un buen cuento. Desde libros enteros dedicados a ello, también prólogos de los grandes autores de estas historias cortas pero contundentes. Los que vienen a mi cabeza ahora son, a ver, el prólogo de los cuentos completos de Carver, escrito por él mismo (“Escribir un cuento”); el decálogo de Horacio Quiroga, el de Monterroso, algunos consejos de Rulfo y otros más de Piglia; “Cartas a un joven novelista”, de Vargas Llosa, que aunque el título lo diga, habla también del cuento, y a nivel nacional quizá la mejor compilación de trucos al respecto es la de Ramón Rocha Monroy en sus “Consejos para escribir más mejor”. Allí reunió varios escritos de los más importantes escritores del mundo acerca del lenguaje del relato.

Hay mucho. Termino con la reflexión de Hemingway al respecto y que dice algo así: un cuento debe ser como un iceberg: por fuera se ve apenas una parte pequeña de lo que realmente es; la profundidad, lo que no se ve pero que se presiente, es lo que cuenta.

Quizá la forma más segura de aprender es leyendo cuentos. Los mejores cuentos. Bueno, esa es una obviedad.

Leer a los autores mencionados es una clase fija de aprendizaje acerca de la escritura de cuentos. Añadimos al gran Poe, Chéjov y Maupassant y como que tenemos un panorama.

Bueno, ¿para qué el preámbulo? Como dije hace poco, la forma más fructífera es leer los mejores cuentos y también los consejos de los autores consagrados. ¿Qué cuentos leer en Bolivia?

No soy un experto, para nada, acerca de la industria nacional a nivel cuento, pero entre lo que he leído en estos últimos años me he encontrado con recopilaciones que valen mucho la pena leer: Amores imperfectos, de Edmundo Paz Soldán, Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi, Tumbalocos, de Gonzalo Lema, Cuentos tristes, de Manuel Vargas, Una casa en llamas, de Maximiliano Barrientos, Asma, de Aldo Medinaceli, Iluminación, de Sebastián Antezana, La memoria invertebrada, de Rodrigo Urquiola, y, de la que pretendo hablar (¿hablar?) ahora: Sombras de verano, de Guillermo Ruiz Plaza.

(Si quieren tener un norte acerca de los cuentos en Bolivia no pueden dejar de leer la Antología del cuento boliviano, compilada por Manuel Vargas, de la Biblioteca del Bicentenario. Allí están todos – o casi todos –  los relatos trascendentes de nuestra historia literaria).

Ahora vamos a por lo que vinimos (¿…?). Sombras de verano es el tercer libro de cuentos de Guillermo Ruiz Plaza. Los primeros dos son El fuego y la fábula (Gente común, 2010) y La última pieza del puzzle (Editorial 3600, 2013), los dos ganadores del Premio Nacional de Literatura Santa Cruz en 2009 y 2012 respectivamente. Con Prosas sacras (Plural, 2009), obtuvo una mención del Premio nacional de poesía Yolanda Bedregal.

No tuve la suerte de leer el primero – no lo encontré por ningún lado – pero sí el segundo. El prólogo fue escrito por el gran Claudio Ferrufino; anoto el último párrafo del mismo: “Lectura vital, de riesgo, subversiva y sin embargo lúdica, que atenta contra los cimientos que sostienen el estrado. En Goya, Saturno devora a sus hijos (importa el arte, no la imagen). Acá es a la inversa: la sociedad se regenera a sí misma, se permite aberraciones y fomenta rebeliones siempre calculadas con meta de eternidad. Sin embargo, en este libro no hay respuestas. Cito al autor: ‘(…) el puzzle de estos cuentos es metáfora de la realidad, donde siempre falta una pieza, a veces decisiva. De forma indirecta plantea la pregunta: ¿es posible llegar a conocer la realidad? ¿O estamos condenados a interpretarla, es decir, a llenar sus brechas con la imaginación?’. Lo sabremos al colocar la última pieza… si la encontramos. 

Rico, ¿no? El libro, de 9 cuentos, “resumido” en las palabras siempre exactas de ese importantísimo autor boliviano que es Ferrufino.

Sombras de verano tiene algunos de los cuentos del segundo libro, incluso – no sabría decir con exactitud cuales – del primero. Pero no son los mismos en toda la extensión de la palabra. Son historias modificadas, divergentes de las anteriores. A pesar de llevar los mismos títulos (Sombras de verano, El atributo y Almuerzo familiar) son versiones “mejoradas” de las anteriores. Ruiz Plaza explica, en la Nota del autor que hace de prólogo a los cuentos del libro, que los cuentos que allí se encuentran son, en palabras del escritor, “nuevas versiones, historias desviadas de sus cauces originales, dotadas de cuerpos y de finales alternativos que les cambiaban el espíritu. En ciertos casos el cuento original quedó olvidado y surgió una historia casi novedosa”.

Sombras de verano se publicó en Francia – hasta donde tengo entendido Ruiz Plaza habita allí hace ya varios años – y aquella nota explica un tanto de la edición de aquel libro presentado en tierra europea y escogida por 3600 para lanzarla también al mercado boliviano. Y fue una gran elección.

Muchos de estos cuentos son ganadores o finalistas en certámenes bolivianos, además, por supuesto, de los premios ya mencionados. Con el cuento “Los regalos”, Ruiz Plaza ganó el Adela Zamudio de cuento del 2015, con “Todo lo que soy será tuyo” el segundo lugar del Franz Tamayo del 2015, con “Invitación al viaje” una mención en el Tamayo del 2016.

¿Recuerdan el prefacio con el que comencé todo este texto acerca de las normas para realizar un “buen cuento”? Este libro es uno, sin lugar a dudas. Pero no porque haya consejos, ejercicios narrativos u otros parecidos, sino porque cada cuento, en especial unos cuatro o cinco de los diecisiete, son simplemente espectaculares por el cuidado estricto del autor con el lenguaje y con el engranaje de las historias.

¿De qué tratan los cuentos de Ruiz Plaza? Una sinopsis de algunos de ellos: Una mujer que, desde que su esposo la abandonó con sus dos hijos, encuentra pedazos de cuerpos de ratones en su felpudo como regalos de sus gata olvidada; una misteriosa maleta vieja que guarda con recelo el abuelo que fue a vivir con dos jóvenes hermanos, sus nietos; la canícula que ingresa a una ciudad de Francia y que lleva a sus habitantes a optar por cualquier método para habitar un lugar fresco; una carta de un hombre que le cuenta a su amigo, al parecer el único que tiene, que vio al diablo representado en una niña; una adolescente anoréxica que tiene pesadillas en las que se mutila los dedos y los cocina, pero que cuando está despierta es obligada por su padre tartamudo a ensayar y ensayar hasta la perfección en el piano de sus abuela; una mujer extraña de más de cincuenta años que le cuenta a su familia que está embarazada; dos mujeres, madre e hija, que “capturan” a un hombre en una relación extraña donde aparece la primera edición de Ficciones de Borges autografiada y una extraña sucesión de cachorros de los cuales apenas se tiene rastro de sus presencias.

Los cuentos de Ruiz Plaza apuestan totalmente por la épica, es decir por contar una historia intrigante, fantasmal, donde el lector quede atrapado en la ficción y, así como en la mayoría de  los cuentos, se vea imposibilitado de escapar, ya sea por una especie de niebla densa, por una habitación totalmente oscura, o por, y ahí la mejor forma de ejemplificar la colección de relatos, un libro que se materializa en un espíritu que ingresa en tu vida como un cuerpo nuevo, que invade tu cama y no sale de allí hasta que se le plazca. Y juegue contigo.

No pretende establecer una reiteración de imágenes “dolorosas” acerca de la ruptura de una relación amorosa, el alcohol que se consume y contarte poco, o el de personajes que deambulan por la ciudad en busca de amigos y mujeres para pasar el rato. No digo que aquellos argumentos estén mal planteados, pero parecen no pensar en los lectores, en aquellos – algunos, muchos, no sé – que queremos sentarnos en un sillón y no soltar el libro porque no nos deja hacerlo.

Ahora, ¿se puede hacer las dos cosas a la vez? Por supuesto, pero aquello necesita un trabajo y un talento mayor. “Los regalos”, “Raíces”, “Inés”, “Heres comes the sun”, “Todo lo que soy será tuyo”, son cuentos en los que ambos espacios están bien repartidos, representados de tal forma que son tan profundos como precisos. Las necesidades insatisfechas en las relaciones familiares, el sufrimiento de la separación del ser amado, la necesidad de acercarnos a alguien a costo de ser disecados en el intento lidian con las partes desmembradas de una paloma, con dos sables que hacen una cruz encima de la cama de un anciano, la venganza de una hija hacia su padre a través de la música donde él pretende crucificarla por un bien mayor.

Pasaron casi dos años desde aquel día – Feria del libro de 2016 – en el que compré el libro. Lo leí hace uno, si no mal recuerdo, pero confieso que fue una lectura rápida, de esas en las cuales no se exprimen las palabras por completo. Mi contexto de aquel entonces no me lo permitió. Ahora, hace unos días, opté por releerlo debido a que un amigo me contó que lo estaba haciendo. Y valió cada segundo.

Sombras de verano es una clase de cómo escribir un buen cuento. Uno donde los relatos (el más extenso va por las veinte páginas y el más corto por las seis) demuestran la pulcritud a la cual se puede llegar cuando se la es buscada con esmero y talento, donde las historias no permiten soltarlas, dejarlas por allí, sino que te impiden continuar con tu vida diaria si no es que las acabas.

Son 180 páginas destinadas a provocar al lector y, si es el caso, al escritor a atravesar por sus túneles y por sus sombras, cada vez más inmensas con el tiempo que va sucediendo en los relatos. Así como el extracto de un poema de Roberto Juarroz que eligió Guillermo Ruiz Plaza en una de las primeras páginas para que acompañe sus cuentos: “Allí donde la luz no alumbra, tal vez alumbre la sombra”.

Que estas sombras alumbren cada vez más el imaginario de los lectores de nuestro país.


Rodrigo Villegas Rodríguez, consejero en al arte de espabilar gatos y almacenador de libros comprados/robados/prestados.