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Soles ardientes

Mamá bajó las gradas gritando, me sostuvo entre sus brazos con cuidado y buscó heridas en mi cuerpo. Estaba ileso, no sé cómo, pero así fue. El miedo me paralizaba, todavía sentía el mundo girar sin control.

Semanas atrás, cuando le pregunté por padre, me miró con cariño. “Ya vendrá, traerá las salteñas que tanto te gustan”. Al anochecer fingí dormir y la contemplé en silencio, una pena inmensa devoraba su mirada, el reflejo de la televisión iluminó su rostro perdido. Desde entonces, la rutina de juegos y comidas perdió su encanto. Padre venía a verme todos los sábados, íbamos a Mallasa y me sentaba en su regazo, nos quedábamos a un costado del camino hasta el anochecer, sonaba Queen en la radio de su peta, veíamos las estrellas parpadear en la inmensidad del cielo negro: hermosas, distantes. “No estés triste, todo saldrá bien”. Pasaron los días, ninguno de los dos me explicó nada. Era mejor así.

Mamá dijo que pronto tendría edad para ir al kinder. Por esa época me aferraba a la idea de llegar a adulto sin salir de casa y sentí su anuncio como una amenaza, una broma cruel para apartarme de su lado: salir todos los días me aterraba. Cuando compró una lonchera y lápices de color pensé en tirarme al piso para implorar clemencia. “Ir al colegio no es opcional. Todavía faltan unos meses y comprar útiles ahora sale más barato. No hagas escándalo, carambas”. Fue por las viejas gradas de cemento de la casa donde vivíamos a lavar ropa en la terraza. Cuando subíamos ahí, debíamos caminar pegados a la pared porque no había baranda.  

Una tarde, mamá trajo un pequeño gato negro con ojos amarillos, pensó que una mascota podría animarme. Cuando lo vi por primera vez supe que amaría a los gatos hasta el fin de los tiempos. Le pusimos Tom. A mis cuatro años tuvo efectos terapéuticos. Porte de esfinge, pelaje frondoso y ojos como estrellas radiantes lo hacían particularmente hermoso.

Mamá era profesora, trabajaba medio tiempo, así que pasaba las mañanas encerrado en nuestro cuarto con Tom. Sala, living y dormitorio en la misma habitación, para ir a la cocina debíamos recorrer un pasillo oscuro, la terraza y el baño de la planta baja eran compartidos con otras dos familias a las que casi nunca veíamos. Acariciaba su pelaje oscuro con todas mis fuerzas, su mirada brillante me llamaba a apretarlo hasta arrancarle un maullido suplicante. Lo quería a mi lado en todo momento, al despertar, al salir de la ducha y recostado sobre mis piernas mientras veía televisión. Tom no compartía mi entusiasmo, solía escabullirse aprovechando el más mínimo de mis descuidos. “Si sigues apretándolo de esa manera vas a terminar asfixiándolo”. Los reclamos de mamá caían en saco roto, simplemente no podía separarme de él.

Ese sábado padre no vino a recogerme. Arrastré una silla junto a la ventana de la sala y esperé sentado. Media hora, una hora, dos horas. Sonó el teléfono. “Perdón, estoy con un asunto urgente, la siguiente semana llevaré salteñas, te lo juro”. Mamá me arrebató el auricular. Empezó a gritar: “¡¿Estás borracho?! ¿¡Acaso no tienes corazón!?”. No deseaba escucharlos pelear, me recosté en la cama y senté a Tom sobre mi pecho, besé su hocico y le froté suavemente la cabeza. “No estés triste, lavo la ropa, califico algunos exámenes y vamos al parque, lo prometo”; salió rápidamente rumbo a la terraza.

Me preguntaba qué significaría “estar borracho” cuando Tom dio un salto y fue tras mamá; subió ágilmente por las gradas de cemento y se sentó al borde del peldaño superior. Bajé de la cama y lo seguí lo más rápido que pude. Ascendí tratando de mantener el equilibro, estaba a punto de agarrarlo por la cola, pero saltó nuevamente; el impulso y mi peso me precipitaron hacia el vacío. No había baranda a la cual sujetarme y el espacio entre las gradas era lo suficientemente amplio para que mi cuerpo cayera. Entonces la realidad dio un vuelco, estaba suspendido en el aire mientras el mundo giraba sin control. Fue menos de un segundo, pero parecían horas. Sentí un mordisco helado en el corazón. Caí hasta la planta baja, aterricé sentado y grité.

El miedo me paralizó. Mamá lloraba, repetía mi nombre y palpaba nerviosamente cada lugar de mi cuerpo. Me llevó a emergencias del Hospital Obrero, pasamos tres días enteros haciendo un sinfín exámenes y radiografías. Extremidades, cabeza, tres veces mi columna. No tenía ni un rasguño. No sé cómo, pero así fue.

Una de esas noches, mientras mamá dormía en el piso al lado de mi camilla, permanecí recostado haciendo turno para los rayos X. El silencio era absoluto, las luces se apagaron a eso de las ocho, creí que salir ileso después de semejante caída era un presagio de que algo terrible iba a pasarme. Recordé el camino a Mallasa, las estrellas de ese firmamento infinito, los ojos temblorosos de mi padre, noches moribundas de juegos por siempre perdidos. Imaginé a Tom cayendo conmigo, mientras mis gritos sordos se ahogaban en mis intentos de darle un abrazo imposible. Me levanté en silencio, pensé en despertar a mamá para que vayamos por él, pero su sueño era profundo. Conseguir una ficha para la atención a primera hora, ir y volver de su trabajo para suplicar que le den permiso terminaron por agotarla. Un par de arrugas prematuras en las nacientes de sus ojos coronaban su pena silenciosa. Volví a acostarme, cerré los ojos. Esa noche no dormí.

La mañana siguiente regresamos temprano a casa, los médicos dijeron que debía estar en observación el resto de la semana; si me desmayaba o vomitaba la internación era inminente. Mamá me recostó en la cama, habló por teléfono por un largo rato, volvió con los ojos rojos. “Veremos tele, luego saldré a comprar esas salteñas que tanto te gustan”. Guardé silencio y ella se sentó a mi lado. La habitación estaba completamente desordenada. Escuchamos maullidos. Mamá abrió la puerta, Tom entró velozmente, subió a la cama, estaba flaco y demacrado. “Con todo lo que pasó me olvidé de él. ¿Habrá comido algo el pobrecito?”. Mamá fue a calentar un poco de leche y remojó migajas de pan. “Dáselas tú”. Baje la mirada sin decir nada, sentía un nudo de pena latiendo en mi pecho. Mamá me abrazó. “Todas las cosas que amamos las vamos a perder algún día, pero el amor volverá a nuestras vidas en formas diferentes”.

La luz matinal entró por la ventana, lágrimas corrieron por mis mejillas, Tom se acercó al plato de leche, me aproximé con cuidado y lo empujé suavemente hacia él. Comió como si no existiera un mañana. Me miró con el hocico blanco mientras relamía sus colmillos. Sus ojos amarillos irradiaban un calor intenso, eran como soles ardientes invadiendo mi pecho, la habitación, el mundo.


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