¿Será mejor casarse que abrazarse?

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¿Quién no sabe —aunque sea de oídas— de algún sacerdote que viva al margen de esa prescripción tan medieval como es el celibato?

No discuto, pero tampoco me avengo con los antiquísimos criterios de los concilios de Letrán, justamente porque una vigencia de 900 años aproximadamente, puede haberlos justificado en su momento, o pueden ser preocupantemente desactualizados hoy. En cualquier caso, la Iglesia católica ha sufrido un estancamiento que la rezaga frente a realidades que es imposible no admitirlas. Y es que las expectativas de su erección no han satisfecho porque la verdad es que los ministros eclesiales son varones biológicamente iguales a cualquier otro, aunque con una vocación por supuesto distinta incluso al del más cumplido creyente laico; consiguientemente, con necesidades que su disciplina eclesiástica no siempre alcanza para reprimirlas.

Pero estar viviendo casi en la plenitud del siglo XXI y seguir pensando como hace 400 años importa una visión peligrosamente maniquea que nos lleva erróneamente a creer que el espíritu es bueno y lo corporal siempre malo, pero la verdad es que la sexualidad es un misterio a partir de la misma creación del hombre, que puede determinar su manera de vivir.

Y debido a su importancia, algo que se me grabó profundamente es que, como la Iglesia católica sostiene, el tema no es casarse o no casarse; más bien el asunto medular es que el sacerdote, como cualquier otro creyente, debe amar como lo hace Cristo. Y entonces, en el corazón de los creyentes rápidamente nace la interrogante: ¿podría un sacerdote amar a su comunidad si no tuviera un compromiso de servicio exclusivo a su ministerio? Pero la realidad es que amar a los fieles y amar a la pareja es también una incuestionable prueba de amor al Señor.

¿Que si tenemos la tarea de imitar a Jesucristo aún en su vida humana? Indudablemente que sí, pero hay virtudes que están reservadas con carácter privativo para el Hijo del Hombre. ¿Él fue célibe? Sin duda alguna. Pero Él es Dios, y las virtudes de quien ha sido parte de esa Trinidad no pueden ser compartidas con ninguna creatura. Dicho de otra manera: ¿Acaso los laicos que han contraído matrimonio no tienen el deber preferente de amar primero a Dios antes que a su cónyuge? Luego ¿por qué un sacerdote de verdadera vocación de servicio, no podría hacer lo mismo, pero con pasión y fidelidad todavía más sublime, amando a una esposa, después de volcar ese sentimiento a su gran amor: Dios?

La Iglesia debe animarse por lo menos a debatir sin fingimientos y auténtica vocación cristiana, a modernizarse sin cambiar la esencia del amor a Cristo. Claro que esto de optar por ser sacerdote en las condiciones y exigencias actuales, no es asunto cuya problemática deba atribuírsela a la Iglesia, ni siquiera debe reputarse como problema seguro, porque ésta no impone a nadie optar por el camino del sacerdocio. Quien decide ingresar a un Seminario para su formación como sacerdote lo hace conociendo que el resto de su vida debe permanecer en un estado de castidad.

Precisamente por ello sería infinitamente más edificante que la Iglesia haga mayores esfuerzos de los que desde hace muchos años se hace en estamentos medios de su jerarquía, para discutir las leyes del celibato en los sacerdotes. Reitero que debe ser materia de un análisis profundo porque soy partidario de que la obediencia a Cristo y el cumplimiento de sus mandamientos sería mejor que cualquier impostura de fe. Más aún: en tanto esté vigente la ley del celibato, resulta inaceptable que un sacerdote predique el Evangelio, practicando una vida que solo está reservada para los que han recibido el don del matrimonio. Eso podría evitarse si las limitaciones de la propia ley que impone el celibato, que entre otras consecuencias, están no solo las de perder algunos de ellos, sino de privar a millones de jóvenes y aun de santos, que no abrazan el camino sacerdotal solo porque saben que no podrán tener una vida de familia compatible con una vida de entrega a Dios, como sería su voluntad. ¿Acaso un sacerdote en esa condición no sería un mejor cristiano, predicando lo que realmente practica? ¿Un sacerdote que abdica a su sacerdocio por razones de una tentación a la que están constantemente expuestos, no sería un mejor cristiano y servidor de Dios, siendo laico antes que sacerdote? Afortunadamente, la inmensa mayoría sacerdotal es obediente de las decisiones que rigen en esta materia.

San Pablo recomienda no optar por el matrimonio, pero no impone no hacerlo.  Cada uno es dueño de sus decisiones, que, en el caso de los cristianos, deben obedecer a un mejor servicio a la obra del Señor.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor