Hace aproximadamente un año y medio, de la noche a la mañana, en la economía boliviana, que hasta entonces tenía indisimulables síntomas de depauperación como resultado de la política económica implantada durante más de tres lustros por los gobiernos del Movimiento Al Socialismo, los dólares norteamericanos desaparecieron de circulación. A partir de esa sorpresiva jornada, las operaciones bursátiles en el ámbito de su geografía sufrieron un detrimento que acentuó los previos indicios de la debacle económica.
Pero en una economía predominantemente informal como es la boliviana y del inevitable uso de los billetes verdes por muchísimas décadas, su misteriosa desaparición causó estragos también en el segmento que vive de la industria y el comercio.
El presidente Arce, como es habitual en quienes no han sabido manejar adecuadamente la cosa pública y minimizando el impacto del fenómeno producido, con prisa y fingido reposo, en una declaración ampliamente difundida quiso poner paños fríos al tema que o lo vio o lo deseó solo coyuntural, aduciendo que los dólares americanos no tienen importancia en la economía, sugiriendo más bien la compra de yuanes para ahorrar o hacer transacciones financieras y comerciales en Bolivia y fuera de ella.
Rápidamente se produjo una escalada inflacionaria, con la subida de los precios de la canasta familiar, así como con los productos importados, que en un país subdesarrollado son muchos, especialmente los que tienen que ver con la industria farmacéutica. En general, y a la fecha, Bolivia se halla en un proceso inflacionario muy parecido al que se produjo hace poco más de 40 años durante el gobierno izquierdista de Hernán Siles Suazo, que, a diferencia de éste, sí supo admitir la debacle, dando un paso al costado.
La ilusoria cotización del dólar, que se mantiene en Bs. 6,96 y que para el gobierno es prueba de que en la economía no hay ningún desequilibrio, se ha traducido en un irrespeto a todo un país que siente el brutal encarecimiento del costo de vida. Hoy es una quimera comprar la divisa a ese precio, fluctuando más bien entre Bs. 12.50 y 13,00 en las últimas semanas y aun así con reducidas posibilidades de conseguirlo en cantidades que puedan dar alivio siquiera mínimo a importadores e industriales principalmente.
La crisis ha ocasionado que también los combustibles escaseen, con perjuicios invaluables a los agroindustriales, elevación en los pasajes y fletes de transporte público y devaluación del poder adquisitivo de los salarios a niveles estrepitosamente bajos. Y a propósito de medios de transporte, ante la imposibilidad de importar repuestos para los pocos helicópteros con que cuenta el Estado destinados a salvataje, hoy más necesarios que nunca a causa de las intensas lluvias y la escasez de diésel (principal insumo en la cadena productiva), el Gobierno atribuye a la falta de dólares la dificultad de importarlos. Señor presidente, ¿no era que el dólar norteamericano no tenía mayor gravitación en la economía?
El que en otro tiempo fue calificado por su antiguo jefe como el mejor ministro de Economía del mundo y merecedor del premio Nobel, debe saber, hoy como presidente, que el dólar tiene incidencia en todos los ámbitos de las finanzas mundiales y mucho más en economías como la nuestra, marcada por una inseguridad jurídica que hizo que hasta hace poco todas las transacciones comerciales fueran en esa moneda, única que podía contribuir al mantenimiento de su valor adquisitivo. Las estimaciones autorizadas señalan que el 54% de la facturación de comercio exterior en el orbe se hace en dólares estadounidenses y la estandarización de su uso, aún en economías fuertes, obedece a varios factores, entre ellos a la minimización de riesgos en su tipo cambiario.
En nuestro país la desaparición de los dólares puede deberse a varios factores, pero todos ellos ocasionados por un “modelo económico” que, discrepando con muchos analistas, no es que esté agotado, sino que simplemente nunca ha existido, y la bonanza económica que el primer periodo de gobierno socialista atribuye a la nacionalización de los hidrocarburos, en realidad debe su auge a los ingentes ingresos que tuvimos por la venta del gas, el cual también ya se evaporó.
Augusto Vera Riveros es jurista y escritor