Salvar a Twitter

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Si Twitter tiene un solo dueño, las posibilidades de discrecionalidad aumentarán a menos que Musk establezca mecanismos para contrapesar su propio poder en las decisiones sobre los contenidos que colocan los usuarios.

A fines de marzo, el multi-billonario Elon Musk dijo y preguntó en su cuenta de Twitter: “La libertad de expresión es esencial para el funcionamiento de una democracia. ¿Crees que Twitter se adhiere rigurosamente a ese principio?”. Respondieron algo más de 2 millones de personas. El 70.4% contestó que no.

Musk no necesitaba coartadas para comprar a Twitter pero aquel cuestionamiento le permitió justificar la audaz oferta, por 44 mil millones de dólares, que convenció el 25 de abril a los directivos de esa firma. Esa cantidad equivale a la quinta parte de la fortuna de 219 mdd que, según Forbes, lo hace el hombre con más dinero en el mundo.

   Twitter cuenta con 422 millones de usuarios. Facebook tiene 2 mil 900 millones, YouTube 2 mil 562, WhatsApp 2 mil millones (datos de Statista para enero pasado). Por número de usuarios, Twitter se encuentra en el sitio 15 entre las redes digitales. Su influencia es mayor a otras porque en Twitter participan periodistas y políticos (o los responsables de manejar sus redes) así como otros personajes públicos. Gracias a su sencillez e instantaneidad, es un instrumento de difusión y propaganda muy eficaz. Allí hay espacio para el debate público, pero también para imposturas y mensajes de odio.

   Aún antes de la operación financiera que, de prosperar, lo hará dueño de Twitter dentro de algunos meses, Musk ha dicho que impulsaría varios cambios en esa red. Ha propuesto un botón para editar los mensajes, pero los creadores de Twitter explicaron que no es técnicamente posible modificar los tuits que ya se encuentran en línea.

   También considera que el algoritmo de Twitter debería ser abierto. Los algoritmos son pequeños programas de cómputo que identifican, clasifican y propagan información. A partir de ellos, redes como Twitter o Facebook nos muestran unos mensajes y no otros. Tales algoritmos se alimentan con las preferencias y la información que proporcionamos nosotros mismos. Abrir el código del algoritmo de Twitter permitiría que los usuarios conocieran los criterios de esa empresa para programar los mensajes en nuestras cuentas. Pero al mismo tiempo aumentarían los riesgos de manipulación de esa información por parte de grupos interesados en difundir mentiras y/o influir en los usuarios. Durante la invasión rusa contra Ucrania el gobierno de Putin ha intensificado la difusión de versiones falsas a través de millares de cuentas fraudulentas en redes como Twitter.

   Musk ha prometido terminar con los bots. Las cuentas falsas son un recurso de simulación e intimidación; sirven para aparentar seguidores y acosar a usuarios. Sin embargo no existe un mecanismo perfecto para reconocer automáticamente a los bots. Twitter podría ser más exigente en los requisitos para identificar a las personas que abren una cuenta, pero quedarían en riesgo usuarios en países en donde se persigue a los disidentes.

   Musk dice que garantizará la libertad de expresión en Twitter haciendo más flexibles las políticas de moderación de contenidos. Actualmente, si los algoritmos o las denuncias de usuarios señalan que un tuit tiene contenidos altisonantes o promueve conductas de odio, ese mensaje y la cuenta que lo difundió pueden ser suspendidos. Pero el rastreo de los algoritmos puede tener errores y hay denuncias de usuarios que son orquestadas para impedir que circule un mensaje políticamente incómodo para algunos.

   Todos los días se producen aproximadamente 500 millones de tuits. Los recursos de Twitter para atajar la violencia, los delitos y las mentiras que pueda haber en ellos son débiles y Musk los quiere limitar más. Dice que promueve una Internet sin controles. Pero toda plataforma digital, igual que todo espacio de comunicación, tiene y necesita reglas.

   En Twitter se dicen las verdades más crudas y, también, las injurias y falsedades más ominosas. La libertad de expresión se ejerce, incluso con excesos. Tienen que existir normas para sancionar la propagación de embustes, pero eso únicamente se puede hacer con mecanismos de evaluación colegiados e independientes. Si Twitter tiene un solo dueño, las posibilidades de discrecionalidad aumentarán a menos que Musk establezca mecanismos para contrapesar su propio poder en las decisiones sobre los contenidos que colocan los usuarios. El mismo Musk ha dicho mentiras en esa red. En marzo de 2020 tuiteó que “los niños son esencialmente invulnerables” al Covid.

   Ese empresario no ha indicado cómo manejará los datos de los usuarios, que son el principal negocio de las redes digitales.  Se ha comentado que ahora Twitter podría cobrar una cuota cuando un sitio web reproduzca un tuit destacado. Tal medida afectaría a los sitios de medios de comunicación.

   Musk se queja —con razón— de los mensajes de odio pero considera que los liberales en Estados Unidos se han radicalizado y él tiende a simpatizar con posiciones conservadoras. Sin embargo una investigación reciente encabezada por el profesor Qi Yang, del ITM de Massachusetts, mostró que los republicanos son más propensos a propalar mensajes agresivos y falsedades en Twitter que los simpatizantes demócratas. 

   En Twitter, como en otras zonas del espacio público, son muchos más los que escuchan que quienes dicen algo. Un estudio del Pew Center encontró que, en noviembre de 2021, 97% de los tuits en Estados Unidos fueron producidos por el 25% de usuarios más activos. Siempre hay audiencias que escuchan mucho y dicen poco. Lo importante es que, quienes quieran expresarse, puedan hacerlo. Por otra parte, pretender que todas las posiciones tengan la misma difusión y audiencia implicaría que Twitter les diera el mismo peso a las versiones comprobadas que a las mentiras.

   Gracias a un manejo inteligente de tecnología y finanzas, Elon Musk ha tenido notables logros con los autos eléctricos que fabrica o en sus aventuras espaciales. Twitter es una red cimentada en una tecnología digital relativamente sencilla pero funciona gracias a las personas interesadas en utilizarla. Si esas personas dejan de confiar en Twitter, se marcharán a otra red. Más que salvadores, Twitter y otras redes necesitan reglas transparentes, moderación cuidadosa y respeto a los derechos de los usuarios.