Sal y pimienta; coma y punto y coma

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Felices seríamos si hablando de sazones nos quedáramos con estas dos. Pero es tanto más amplio el espectro que, como en los libros, las palabras y la dinámica entre ellas definen un texto… o un plato.

Crear en literatura o en culinaria viene a ser algo similar. Puede el maestro de cualquiera de estas artes seguir las normas y fundar un resultado clásico, esperado. Otro, si arriesga, si combina, mezcla sin nada más que una idea acerca de lo que pueda resultar. ¿Poner ajonjolí en la ensalada de atún? Y por qué no. ¿Quitar la puntuación al estilo Bolaño? Y por qué no. El riesgo ya está en escribir o cocinar. Lo demás es aditamento. Las letras se queman como los aceites, y verbos se agrían igual a leche expuesta a ácidos. Pero no es que probar no cuesta; sí lo hace, y el resultado podría deparar satisfacciones pero también fracaso. Hay que intentarlo. En el desafío duerme la belleza.

Un diccionario se asemeja a una despensa. Se debe elegir material, trabajarlo, experimentarlo, sufrirlo, mixturarlo, apreciar tintes y color, olor y presencia. A un tropo, mejorana; a la metáfora, el comino; al argumento, la harina; y al producto terminado, la cúrcuma. Eso en medio de una caldosa de muchos más instrumentos y estilos. La mesa de la cocina llena de especias, verduras, carnes, salsas, en aparente caos, supongo que se parece a una página en blanco. La presencia material de una es subjetiva en la otra y viceversa. Se escribe a mano o en ordenador pero primero se piensa, imagina, juega. Lo mismo para preparar un teqo aymara: luego del primer chorro de agua y trozos de carne martajada, viene la elucubración de la densidad del caldo, su matiz, la penetración del aroma, etcétera. Placer sensual y objetivo intelectual.