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Quiero ser Steve McQueen

Pablo Cingolani

O más precisamente Virgil Hilts, su inolvidable personaje en La gran evasión. Lo pienso a veces y me regodeo en los detalles, me permito doblegarme y sumergirme en el perfil menos académico de la metaficción, adormecer la consciencia hasta creerla clarividente y fértil, terapéutica. Entonces me veo atravesando el túnel sobre el carrito de madera y aparecer al otro lado de la vida, coger la Triumph de 650 cilindros y huir a toda pastilla por los campos, hacia la frontera final, al otro lado del infranqueable alambre de espino. Y quiero que me atrapen dieciocho, diecinueve veces, como a él, regresar a la celda con una sonrisa insolente y la certeza del próximo intento de buenas a primera. No necesito hacer un gran esfuerzo intelectual para imaginar estas situaciones, después de todo. Yo también he llegado a conocer muy bien la celda de castigo, he prosperado en ella, me dicen algunos con la palmadita al hombro. Nos han dado un folletín para jugar a ser libres en La gran jaula, criar cuervos en ella y decir gracias. A los sesenta y siete, según la ley, me tocará abandonarla, mirar alrededor, contemplar el paisaje, rehacer los despojos de varias vidas truncadas, todos los yos que quedaron en el camino y además dar las gracias con pompa incluida.

Pero a mí ya no me la cuelan. Al fin y al cabo, tengo la misma edad que tenía MacQueen cuando se hizo inmortal, casi veinte años después de la proeza. Creo que medio siglo son más que suficientes para deslindar responsabilidades, tachar para siempre en la memoria sueños anacrónicos, objetivos vacuos que ahora entiendo que únicamente conducen al patíbulo. Supongo que todo viene de ahí. Porque yo también quiero jugar muy seriamente a ser libre hasta que me paren los pies, pillarme un buen moco en el campo de concentración, intentar salvar a alguien, bailar en el estercolero, permanecer indemne a todas las tormentas, llevar con orgullo los grilletes hasta nuevo aviso.

 Y que la famosa acrobacia de Virgil Hilts con la moto a 100 km por hora saltando por encima de la cerca hacia la libertad sea, una vez más, la mejor de las banderas en tiempos de aborregamiento y discordia a ritmo de reguetón, que recuperar esa antigua sensación de vértigo hacia el futuro no acabe en melancolía. Sería una frivolidad en tiempos de guerra. Pero esa ya es otra película.

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